Economías

Dólares y empleo: los desafíos ¿contrapuestos? de 2021

La economía argentina entrará al 2021 con dos grandes faltantes: dólares y empleo registrado de calidad

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La economía argentina entrará al 2021 con dos grandes faltantes: dólares y empleo registrado de calidad. Desde que comenzó la crisis en mayo de 2018, el tipo de cambio oficial acumula una suba de 300%, casi duplicando a la inflación del período (180%). A la vez, se destruyeron alrededor de 400.000 puestos de trabajo formales en los últimos dos años y medio. Si bien la recesión fue adoptando distintas características y las políticas para revertirla cambiaron sustancialmente, la escasez de divisas y la destrucción de empleos de calidad fue una constante desde mediados de 2018.

El gran dilema que enfrenta nuestro país es que las políticas que ayudarían a recomponer la oferta de dólares no generan trabajo formal y, por el contrario, las políticas que servirían para recuperar los niveles de empleo “en blanco” suelen agravar el déficit de moneda extranjera. Por caso, algunas señales de austeridad fiscal que podrían reabrir el crédito externo y atraer divisas financieras en el corto plazo, profundizarían los problemas en materia de actividad. En sentido opuesto, las políticas expansivas y de estímulo a la demanda suelen conllevar un costo creciente en materia de dólares, ya que una parte de la recuperación de las ventas exige, necesariamente, mayores importaciones. 

Por lo tanto, las herramientas disponibles para enfrentar la crisis se presentan (casi) siempre incompletas. Como si fueran una sábana corta, solucionan un problema, pero agravan otro. ¿No hay salida entonces? Afortunadamente, la respuesta es que sí, pero que hay que priorizar.

Como toda gran crisis, la que empezó en 2018 deberá resolverse de manera secuencial: ante problemas múltiples, corresponden soluciones múltiples. No obstante, el gran desafío es que muchas de estas soluciones pueden ser contradictorias entre sí. Habrá que elegir si primero fortalecer la actividad, para luego dinamizar la oferta de dólares o, por el contrario, primero recomponer las reservas del Banco Central y a partir de ahí impulsar a la demanda.

Sin dólares no hay recuperación de la actividad posible. Sin dólares, la inflación se acelerará más temprano que tarde, reduciendo el poder adquisitivo del salario y profundizando el retroceso de la demanda. Por lo tanto, mejorar la oferta de divisas debería encabezar las prioridades. No obstante, no se puede dejar de lado la difícil situación social: cualquier intento de corrección fiscal que no tenga en cuenta el complejo escenario que atraviesa el entramado social fracasará de manera casi asegurada.

En este sentido, una opción sería un plan de consolidación fiscal paulatino, no abrupto, que se esfuerce por atenuar los aspectos regresivos de nuestro sistema tributario -por caso, que la principal fuente de recaudación sea el impuesto al consumo-, a la vez que la reducción del gasto debería empezar por aquellas porciones que se destinan a los hogares de mayores recursos -subsidios al consumo de luz y gas en los barrios de la zona norte de la Capital-. Este plan actuaría como una señal de consistencia hacia los mercados financieros, pudiendo reabrir el acceso al crédito en divisas en el mejor de los casos. Además, las menores necesidades fiscales implicarían menores necesidades de emisión y, en este contexto, un menor exceso de oferta de pesos, contracara del exceso de demanda de dólares. Por lo tanto, de manera indirecta, la consolidación fiscal serviría para atenuar las necesidades cambiarias.

Si en este plan se tienen en cuenta las necesidades de los sectores de menores recursos, habrá una “buena” noticia adicional: esta capa social consume una mayor porción de sus ingresos en relación con los hogares de mayor poder adquisitivo, quienes tienen además de su capacidad de consumo, poder de ahorro. Por lo tanto, cuidar los ingresos de los sectores más desfavorecidos no sólo es justo desde el punto de vista de la equidad, sino también desde la óptica de la actividad. 

A la vez, por la configuración de los patrones de compras, los sectores más desprotegidos demandan bienes con menores requerimientos importados. Por lo tanto, sus necesidades de dólares también son menores que la de los hogares de mayores ingresos. Claro está que cuando la rueda de la economía se pone en marcha puede hacerlo para todos, y reactivar también el consumo de la parte superior de la pirámide social; sin embargo, para ese momento, las necesidades de divisas deberían ser menores. 

La consolidación fiscal que reabra el acceso a los mercados de crédito no es la única alternativa para apuntalar la oferta neta de dólares. También se podrían mejorar las exportaciones netas e incluso alentar la entrada de inversiones productivas. Estas dos opciones son más atractivas desde un punto de vista teórico, porque no necesitan de repago en el primer caso -dólares genuinos- o sus salidas, a través de utilidades y dividendos, son más paulatinos en el tiempo en la segunda alternativa. Además, sus repercusiones directas en materia de actividad suelen ser mejores también, ya que tienen un crecimiento asociado en la producción o la inversión. Sin embargo, y lamentablemente, demandan mayores plazos de los que la economía argentina puede tolerar hoy y, no menor, parecen bastante lejanos en medio de este mundo pandémico. Por lo tanto, la salida fiscal-financiera se presenta como la alternativa más rápida, posible y concreta.

La economía argentina entra a 2021 golpeada y con problemas tan múltiples como diversos, que no se pueden resolver todos a la vez. El margen de error es bajo y se va achicando, tanto como las reservas del Banco Central o los puestos de trabajo de calidad. Todavía hay tiempo para revertir la crisis: ojalá el orden de prioridades y de respuestas elegidos sea el correcto. Nos merecemos bellos milagros, ¿y ocurrirán?

MR

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