CINE
¿Juntará coraje la Academia de Hollywood para darle a “Sinners” el Oscar al Mejor Film?
Cómo se le nota al director Ryan Coogler el placer apasionado –por no decir alocado– con que filma esta película tan zarpada y compleja. Tan empapada de negritud, de amor y apego hacia su comunidad que –en las dos horas y cuarto que emplea para contar el transcurrir de un día en Clarkdale, Mississippi, 1932– logra concretar meritoriamente sus ambiciones: dar la vivencia del dolor de la experiencia histórica negra en Norteamérica, evocar las raíces africanas que dejaron su marca indeleble en la música y el baile, en el sincretismo de las creencias religiosas. Además, afirmar el orgullo y la resiliencia de su gente… Y aunque el director escribió el guion dos años antes de que Trump retomara el poder, Sinners, estrenada en 2025, aparece en tiempos en que, deplorablemente, arrecia en los Estados Unidos la discriminación hacia las minorías de casi cualquier origen que no el blanco caucásico.
Es verdad que en Una batalla tras otra hay dos personajes de negras bravías, estupendamente interpretadas, pero su color de piel no remite a sus ancestros, tampoco a la esclavitud como institución legal que perduró dos siglos y medio, a partir de 1619, explotando y maltratando a trabajadores negros del tabaco y el algodón (base de la próspera economía sureña) hasta finalizada la Guerra de Secesión. Luego de la abolición, persistió larguísimas décadas la segregación y la restricción de derechos elementales.
Pero nunca hubo un pedido oficial de perdón desde el gobierno estadounidense, nunca alguna forma de indemnización por haber sufrido cientos de miles secuestro y maltratos despiadados. Ni para las personas perjudicadas todavía con vida en la segunda mitad del siglo XIX, ni para ninguno de sus descendientes a través de las generaciones, justo en el país que ha presumido de ser cuna de la democracia moderna representativa.
La pantalla discriminadora
En el cine estadounidense, se tardó en darles lugar como intérpretes, directores, en otros rubros técnicos. En 1915, David Griffith pintó de negro a actores blancos para caricaturizar negativamente a intérpretes de personajes afrodescendientes, mientras que enaltecía el supuesto heroísmo de integrantes del Ku Klux Klan durante la Guerra Civil, contribuyendo al resurgimiento de la siniestra organización. Ya en el sonoro, el primer Oscar (premio creado en 1929) fue para la actriz negra que hacía de Mammy, la criada maternal, en Lo que el viento se llevó, de 1939. Cinta racista que defiende a los honorables caballeros sureños, casualmente también durante la Guerra de Secesión. Pues bien, en la ceremonia de entrega, la rolliza morena Hattie McDaniel no pudo sentarse junto al elenco del muy taquillero film porque su color de piel desentonaba. Fue segregada a una mesa marginal luego de casi quedarse afuera, porque el Hotel Ambassador no permitía el acceso de personas negras a sus instalaciones. Tampoco se invitó a la actriz al estreno en estados del sur.
Pasaron las décadas, Sidney Poitier se convirtió en el negro (guapo) oficial de Hollywood y su Oscar como protagonista le llegó en 1964; en 2002, le tocó –por fin– a Denzel Washington; en 2007, a Forest Whitaker; y en 2021 –previo escándalo por la famosa cachetada al animador Chris Rock– a Will Smith. Todos en la misma categoría. En cuanto a actores de reparto afro, fue distinguida una quincena de ellos a lo largo de ¡94 años!
Ellas, las actrices negras, obviamente menos favorecidas: solo Halle Berry ha obtenido el Oscar como protagonista, mientras que las que ganaron a mejor actriz de reparto no llegan a la decena, incluyendo a la propia Hattie: Whoopi Golberg, Jennifer Hudson, Lupita Nyong’o y Viola Davis figuran entre las afortunadas. Dorothy Dandridge quedó solo como nominada en 1954 por el musical Carmen Jones, versión contemporánea y estilizada de la ópera de Bizet, con la rebelde heroína devenida obrera de una fábrica de paracaídas durante la Segunda Guerra, el soldado Joe reemplazando a Don José y el torero convertido en boxeador. Con la rareza para la época de proponer un reparto totalmente negro, bajo la dirección del notable cineasta Otto Preminger. Quien también realizó pocos años después, la ópera Porgy and Bess, de Gershwin, con Poitier y Dandridge. Vale poner en valor el coraje y desprejuicio del autor de Laura, que debió luchar con los productores por causa de esos elencos. DD fue la primera mujer negra considerada una estrella en la llamada “fábrica de sueños”, pero su carrera resultó breve: ya estaba en la ruina cuando murió 10 años después de un ACV.
Ya en este XXI, en 2016, Spike Lee y Jada Pinkett Smith boicoteron la entrega de ese año por la falta de personas negras en las candidaturas. Ante la cantidad y calidad de artistas afroestadounidenses ligados a la pantalla cinematográfica durante casi un siglo, espanta la permanencia del racismo.
Un voto para que Pecadores gane el cielo
Son muchas y muy contundentes las razones por las que la cercana entrega de los Oscars puede resultar atractiva y emocionante para gente cinéfila. Casi que se le podría adjudicar algo de fe y esperanza a la Academia al fijarse en algunas candidaturas. Entre las cuales, las referidas a largos y cortos documentales ponen de manifiesto un auspicioso cambio en las ideas conservadoras hasta el presente de la mayoría de los miles de votantes, y una elevación de las exigencias artísticas. Como sería el caso del doc de origen iraní de 2025, Cutting Through Rocks, crónica de trabajo en pro de la emancipación de mujeres jóvenes en un pueblito por parte de una consejera de la comunidad. Otras producciones de este género en la lista exhiben una visión crítica de la sociedad norteamericana: la tensión racial, las masacres en centros de estudio, la alarmante situación con respecto al derecho al aborto, el estado actual del sistema carcelario en films decididamente políticos sobre cuestiones urgentes.
Ryan Coogler viene trabajando con el talentoso actor Michael B. Jordan (por añadidura, gran defensor de la causa feminista desde su Instagram) desde su primera realización en largos, Fruit Station (2013), Gran Premio del Jurado y asimismo del público en Sundance. En este film toma un hecho real, el asesinato en 2009, a manos de la policía del tránsito, de Oscar Grant, negro de 22 años, en un procedimiento semejante al que sufriría George Floyd en 2017, pero sumándole un disparo por la espalda, boca abajo. Luego de una investigación prolija, RC reconstruye las últimas 24 horas de Grant.
Posteriormente, Coogler dirigió, con muy positivos resultados artísticos y de taquilla: Creed (desprendimiento de la saga Rocky, pero con personaje principal negro), de 2015; Black Panther 1 y 2 (2018, y 2022), films que le dieron suficientes alas para encarar el rodaje de Sinners con su productora Proximity Media, fundada en 2021 junto a su esposa Zinzi Coogler y a Sev Ohanian, escritor y productor. Aunque el -dicho sea a favor- alocado guion no convencía del todo ni a sus socios ni a la Warner Bros -que luego se haría cargo de la distribución, sin cederle los derechos de propiedad-, RC fue para adelante con el mismo brío con que dirigiría la cinta. Se rodeó de colaboradores que estimaba ideales en la faz técnica -como el músico sueco Ludwig Goranssön y la directora de fotografía filipina Autumn Durald Arkapaw que no se achic-o frente a la diversidad y tamaño de los formatos requeridos- y dio el visto bueno a un numeroso elenco soñado, encabezando Michael B. Jordan y el increíble debutante -como actor- Miles Caton, un músico de apenas 20 años en ese entonces.
En palabras de varios de los participantes de esta maravillosa aventura, fuera de todo lo previsible, Coogler supo crear y sostener una mística infrecuente durante todo el proceso de filmación y posproducción de Sinners. Una cinta que desconoce límites de géneros, de recursos técnicos, de convenciones y tabúes al contar la historia de dos gemelos Smoke y Stack que regresan al pueblo que los vio nacer luego de andanzas gangsteriles en Chicago, con la idea de instalar un lugar de encuentro, comida, bebida y música para la gente negra de Claksdale, en el local de un viejo aserradero que compran a un blanco que transpira supremacismo, reanudando relaciones y contratando a dos músicos afro.
Una película que comienza con una voz en off que, ilustrada por dibujos con una estética de la década de 1930, dice: “Existen leyendas acerca de personas con el don de crear una música tan pura que atraviesa el velo entre la vida y la muerte, conjurando espíritus del pasado y del futuro. En la antigua Irlanda se los llamaba filidh. En tierras choctaw, guardianes del fuego y en África Occidental, griots. Tienen el don de sanar comunidades, pero también de atraer el mal”.
Entre esas leyendas se nombra en el film a Charley Patton (1891-1934), mestizo negro y choctaw (una importante tribu que llegó a ser reconocida como nación en Oklahoma), guitarrista del Delta Blues que tocaba en plantaciones y tabernas. Patton habría sido el dueño de la guitarra que tiene el personaje de Sammie Moore, hijo de un pastor severo y sermoneador que trata de alejarlo del blues y atraerlo a los cánticos y epístolas de Pablo en su modesta iglesia en medio de la nada. Otra leyenda aludida, cuyos discos envió Coogler al compositor Göransson, es la de Robert Johnson (1911-1938), un guitarrista del que se dice que habría vendido su alma al Diablo en un cruce de caminos cerca de Clarkdale, a cambio de una pericia absoluta para tocar blues (hay doc en Netflix, Devil at the Crossroads).
Por otro lado, el hoodoo que emplea Annie, ex mujer del gemelo Smoke, es un sistema de magia y adivinación con uso de hierbas al que recurrían los afro esclavizados. Las leyes Jim Crow impusieron la segregación en espacios públicos y la exclusión en la vida política de la gente negra, de 1877 hasta la Ley de los Derechos Civiles, en los años 60. La Nación Choctaw existe en la actualidad, es la tercera tribu originaria con más de 200 mil ciudadanos. En 1847, los choktaw se enteraron de la gran hambruna que sufrían los irlandeses en su país, y ellos -que había pasado por el mismo trance 15 años antes- juntaron con gran esfuerzo 175 dólares (de aquella época) para enviarlos vía los inmigrantes de ese origen que había llegado a los Estados Unidos.
Es decir, la alusión a los choctaw por parte del vampiro irlandés no es azarosa en Sinners donde, por otra parte, a través del proyecto del personaje de Sammie de irse a Chicago, se alude a la gran cantidad de negros que migraron hacia el norte, cerca de 2 millones en tres décadas, para encontrarse -como comenta uno de los gemelos que vienen de esa ciudad- con que el racismo estaba arraigado en otras zonas del país.
Para cerrar, una Academia de Hollywood que nunca le dio un Oscar a un Spike Lee pero si a directores mediocres como Paul Haggis (Crash, 2004), lo mejor que podría hace el15 de marzo es aggiornarse y darle casi todos los premios posibles a este thriller-comedia musical, con vampiros plebeyos, parientes pobres del conde Drácula. Dejándose arrebatar por estos pecadores, por su música, su baile, su coraje, su capacidad de disfrute y de amor. Es hora de hacerle justicia al gran aporte de los afroestadounidenses al cine y, más vale tarde, al enorme sacrificio con que contribuyeron -forzados- a la riqueza económica del país.
MS/MG