Raíces Entrevista

Santiago Arias y un bandoneón que mama del NOA y gira por el mundo

Estuvo unos años de gira por Asia y Europa con Dominic Miller, el guitarrista de Sting. Pero en plena pandemia el bandoneonista Santiago “Tarco” Arias volvió a su Jujuy natal, en concreto a Tilcara, para centrarse en su música y terminar su segundo disco solista, Evocación de carnaval (2021), que lo consagró como una de las grandes revelaciones de la música argentina.

“Retoma una tradición muy presente en el Noroeste, que asocia al bandoneón a los géneros locales de origen rural, y lo relee desde el universo post Dino Saluzzi –de quien fue alumno– con un llamativo énfasis en la expresividad del propio aire (las maneras de abrir y cerrar el ”fueye“) y en la apertura de las formas tradicionales que le ofrece la improvisación”, decía en este mismo diario el crítico Diego Fischerman. “Evocación del carnaval es la summa de su estilo personal: una música única, aérea en todos los sentidos posibles”. 

La postpandemia encuentra a este músico de casi 35 años, llevando adelante varios proyectos que gestiona con un pie en el NOA y otro en Buenos Aires: el Dúo Arias Castro, junto al guitarrista Seva Castro, con el que grabó en 2016 el disco Criollo, el grupo La Cangola Trunca, con Mariano Agustoni y Hugo Maldonado, con el que publicó los exquisitos Calisaya y Sajra, y Barracán, un grupo nuevo que formó allá en Tilcara y que presentará su primer disco en junio.

Además, claro, sigue adelante con su carrera solista, que muy pronto lo llevará a cruzar el Atlántico otra vez. Aprovechamos una de sus visitas a Buenos Aires para tener esta charla.

-Empecemos por el final. ¿Qué es Barracán, tu proyecto más nuevo?

-Yo me volví a Jujuy hace dos años, más o menos. Fines de 2020, principios de 2021. Y allá me reencontré con un músico amigo, Elio Gutiérrez, y conocí a otro que se llama Mauro Alemán. Con ellos tres armamos el trío. Cuando vi que me iba a quedar allá dije: bueno, ¿qué podemos hacer? Y estos dos músicos, además de ser muy buenos instrumentistas, tienen una cosa muy intuitiva con la música. Son tremendamente intuitivos y muy musicales. Entonces al principio yo tocaba y siempre los invitaba. Y salió una beca del Fondo Nacional de las Artes. Y dije: voy a presentar un proyecto, ¿se copan? Sí. La idea era componer música propia, todo un disco, juntarnos a componer. Nos dieron la beca y lo empezamos a hacer. Armamos un repertorio, pusimos una fecha de grabación y grabamos. Básicamente fue así. El disco ya está masterizado, está todo terminado pero no está publicado aún. Saldrá a mediados de junio.

-¿Y qué música están haciendo?

-Es música de raíz andina. Elio toca charango y ronroco, Mauro toca vientos andinos, sikus, quena, anata también. Y yo toco bandoneones. Un bandoneón normal y otro bandoneón que es de estudio, es chiquito, y tiene un sonido muy diferente. Entonces tengo un poco el rol de bajista en el grupo, porque cubro ese registro. Hago la armonía, los bajos. Y los temas son ideas basadas en ritmos andinos como el tinku, la cueca, el huayno. Pero más que nada el tinku.

-¿Se puede vivir de la música sin estar en Buenos Aires?

-No (risas). O sea, en Jujuy pasa que los músicos viven del turismo. Tocan para el turismo. Por lo menos en Tilcara y en toda la Quebrada. La música ahí tiene el rol de entretener al turista. No existe casi eso de ir a escuchar un proyecto, un concierto. Y yo no quiero tocar para el turismo. De hecho empecé a trabajar en una sala que se llama CApEC, un centro cultural. Hice un ciclo de música local todo el año pasado, todos los jueves. Y la onda era venir a escuchar la música y solo había vino en damajuana, cerveza, empanadas. Era: si querés, comé, pero la prioridad es la música. Fueron 30 encuentros de música local. Músicos de Tilcara, de la Quebrada, de Jujuy. Y estuvo buenísimo porque los músicos de repente decían: ah, pero la gente viene a escuchar. Para mí estuvo buena esa experiencia porque también quedó como re expuesto que no hay nada de eso. Son pocas las oportunidades en las que los músicos tocan en esas circunstancias. Y este año lo voy a hacer de nuevo al ciclo. Pero, bueno, vivir de la música en Tilcara significa tocar en un montón de peñas, bares, restaurantes, festivales y de una forma bastante desgastante. 

-¿Cómo fue qué naciste en Jujuy?

-Mi viejo es de Tucumán, mi madre, de Buenos Aires, de Villa Ballester. Mi viejo vino a vivir acá en el 76. O sea, no es que eligió venir a vivir sino que se vino en medio del quilombo, mal, medio de exiliado de Tucumán. Y se quedó diez años acá. Se conocieron con mi vieja en la facultad estudiando antropología. Y salió un proyecto de desarrollo en Tilcara. Entonces fueron a trabajar allá. Y se quedaron. En el 86. Cuando Tilcara era un pueblo en el que no pasaba nada. Totalmente diferente a lo que es ahora. Se quedaron y yo nací dos años después. 

-Pero a vos te marcó el haber nacido ahí. Porque te identificás con la música de ahí.

-Sí. Yo me crié ahí. Obviamente venía a ver a mi familia cada tanto acá, a Tucumán también. Pasábamos todas las Navidades en la casa de mi abuela en Tucumán y Año Nuevo acá. Pero el año era siempre allá. Nací en San Salvador y me crié en Tilcara. Hasta los 12 viví en Tilcara. Y después hice la secundaria en San Salvador, hasta los 18. Y de ahí me vine. 

-¿Había músicos en tu familia?

-Sí. Mi viejo y mi vieja, los dos tocan la guitarra y cantan. Mi viejo se ha dedicado un poco más, pero ninguno lo hizo profesionalmente. Pero mi viejo es como una especie de ícono de los cantores norteños. Es muy buen cantor. Mis abuelos tocaban la guitarra y cantaban, entre ellos, así a dúo. Los padres de mi padre. 

-¿Y vos cuándo supiste que querías ser músico?

-No sé cuándo lo supe, pero empecé con la música antes de caminar. Ya tocaba percusión desde bebé. A los dos años tocaba el bombo. Según mi viejo, a los dos años ya tocaba chacareras. No sé si creerle. Ponele que sí. O sea, arranqué con el bombo de chiquito. Después agarré la guitarra a los 7 u 8 años, más o menos. A los diez me puse a estudiar. Después empecé a estudiar bajo eléctrico a los 13 y ahí empecé a aprender más música. Estudié un año de piano también. Y después el bandoneón a los 15. 

-¿Y siempre haciendo música de raíz?

-Empecé tocando temas de rock. Temas de Sui Géneris, de los Beatles. Después tocaba Jimi Hendrix, Led Zeppelin. Pasé por esa etapa. Cuando empecé a tocar el bajo empecé a conocer el jazz, la música brasilera, y ahí se me abrió la cabeza. El folklore me aburría. Porque la verdad es que escuché folklore desde que nací. En mi casa siempre había guitarreadas. Iban un montón de músicos. Entonces nunca le di bola. Y el folklore me empezó a salir cuando me vine a vivir a Buenos Aires. Como que ahí... estando lejos... En realidad ahí me di cuenta que ya lo sabía todo. O sea, no tuve que hacer nada. Sabía las letras. Mil temas. Ahí apareció. Pero no empecé con folklore. 

-¿Y cómo fue que al final te quedaste con el bandoneón?

-Tengo un poco una nebulosa de ese momento. Estaba a full con la música, muy copado, tocando, estudiando. A los 15/16 empecé a tocar todos los fines de semana con un trío de jazz, entre mil comillas. Era el único grupo de jazz de Jujuy, así que tocábamos. Y con esa rutina empecé a aprender, a sacar temas. Tocar un poquito mejor cada vez. Pero el bandoneón no me acuerdo si es que yo le pedí a mi viejo que le pida a una familia amiga que tenían un bandoneón o si ellos lo trajeron como: tomá, ahí tenés un bandoneón. Creo que mi viejo les pidió a ellos y un día cayeron con el bandoneón en mi casa y me puse a investigarlo porque me atraía muchísimo. Ya conocía al instrumento. Siempre iban bandoneonistas jujeños -el Negro Velarde, Daniel Vedia- a mi casa a estar con mi viejo. Yo veía ese instrumento y me parecía como hablar otro idioma. Y cuando apareció obviamente me re copé, empecé a sacar temas. Lo primero que saqué, me acuerdo, fue un tema de Hermeto Pascoal. Estaba con la cabeza en algo re lejano en ese momento. Después dije: me voy a poner a estudiar. Y empecé a estudiar en Salta con Juan Carlos Marín, pero años después, tipo dos años después. Toda la primera etapa fue yo solo con el instrumento, desculando un poco eso.

-¿Qué tiene que ver Dino Saluzzi en tu carrera?

-Mucho. Muchísimo. En mi casa se escuchaba a Dino Saluzzi antes de que yo toque el bandoneón. Y cuando empecé con el bandoneón, mi viejo obviamente me hacía escuchar. Y empecé a sacar de oreja temas de Dino. Y ahí empecé a reescucharlo y me voló la cabeza. Y me acuerdo que en un momento dije: quiero tocar así. Ya está. Yo quiero tocar así. Y en un momento, viviendo ya acá en Buenos Aires, le llevé el bandoneón a un luthier que se llamaba Carlos Ferrío, que fue de los viejos capos, y pegamos muy buena onda. Le gustaba el folklore y en esa época había pocos que tocaban folklore acá en Buenos Aires con el bandoneón. En el 2010, ponele. Y se re copó y me dice: “¿Con quién estudiás vos?” “No, con nadie”, le digo. “Porque yo quiero estudiar con Dino Saluzzi y sé que él no da clases”. “Ah”, me dice. “Lo voy a llamar a Dino”. Y un día me llama y me dice: “Hablé con Dino y dice que te va a dar clase”. Y así fue. Yo, imaginate, tenía un miedo tremendo. Duró un año el aprendizaje con él. O sea, el aprendizaje formal. Durante un año y un poco más tomé clases con él y un día me dijo: “Bueno, listo, ya está”. Pero quedamos igual siempre en contacto, como una relación de amistad o, mejor dicho, de discípulo-maestro. Y muchos años después me invitó a tocar y tocamos juntos. Yo creo que él tuvo conmigo una muy buena predisposición en parte porque yo era de Jujuy. Como él es de Salta, sintió algún tipo de afinidad. De hecho, me contaba lo difícil que había sido para él. Y obviamente tengo un agradecimiento tremendo con él. 

-Después hubo un momento importante en tu carrera que fue el de Dominic Miller.

-También fue medio casual. Eso fue más casual. Nadia Szachniuk tuvo que ver. Ella grabó un tema de Dominic en su disco y parece que cuando vino acá lo conoció, le dio un disco. La cosa es que una vez había venido de gira acá Sting y Nadia se había juntado con Dominic. Y era mi cumpleaños justo. Entonces la invité a Nadia. “Che, hacemos un asado, una guitarreada”. “Bueno”, me dice, “estoy con Dominic Miller”. Y yo: “Bueno, decile que venga”. Y vinieron a mi casa. Yo vivía en Villa Santa Rita. Y cuando llegaron estábamos un montón de gente, muchos músicos había ese día. Y el tipo entró. Ni bola se le dio. Me imagino que debe estar acostumbrado a que le pidan fotos y eso. Se sentó en la esquina y estuvo toda la noche callado, escuchando. Tocó un tema también en un momento. Y cuando se fue me dijo: “Vamos a hacer algo”. Eso es lo que siempre se dice. Y a las dos semanas me escribió ya con la propuesta de que yo grabe en su disco. Esa fue la audición, digamos. Pero totalmente de casualidad. O sea, no es que vino, escuchó a todos los bandoneonistas y me eligió a mí. Yo ese día estaba ahí y se dio. Y fue buenísimo después lo que pasó. Grabamos, hicimos gira. La pandemia cortó un poco esa fluidez.

-¿Y qué te aportó a vos esa experiencia para tu música?

-Mucho. Primero que nada la experiencia de trabajar de esa forma, muy profesionalmente, a otro nivel de consciencia. Yo no estaba acostumbrado a hacer música de esa forma, a trabajar y a tomármelo tan en serio. Sobre todo la grabación fue una experiencia de hacer bien, bien las cosas. Obvio que es Europa, hay más plata. Pero es otra cultura también de la valoración del arte. Y eso me quedó. Yo dije: “quiero hacer así la música”. Y con Barracán trataba -obvio que tenía 15 veces menos plata- de transmitirles a ellos que nos involucremos de esa forma. No vamos a tocar en una peña, no es un fortín, no es carnaval. Es un proyecto nuestro. Pongámosle energía. Dediquémosle tiempo, días de estar ahí grabando y tocando, de creérsela. Me dejó básicamente eso. Y, después, valorar mi trabajo, ser consciente del valor de mi trabajo. 

-¿Tu segundo disco, Evocación de carnaval, lo grabaste después de esto? 

- Sí, fue después de esto con Dominic. Lo saqué en 2021. Lo grabé entre 2019 y 2020. 

-¿Cómo se gestó ese disco?

-Empezó a nacer antes de la pandemia. En 2019 grabé una serie de temas en Portugal, en una residencia artística en Serpa, en una institución que se llama Musiberia. Después cuando vine acá y estábamos en la pandemia dije: es ahora o nunca. Porque tenía un montón de tiempo. Justo había vuelto de gira con Dominic y tenía plata. Entonces dije: ya está, grabo el disco ahora. Así que pedí una fecha en el estudio, armé lo que me faltaba y fui a grabar. 

-Y ese disco -el primero fue Fuellisto, en 2014- fue el que te terminó de consolidar. Le fue muy bien. Salió en las listas de mejores discos del año. ¿Cómo lo sentiste?

-Es grato. Yo no quiero quedar encasillado en el folklore. Porque hago folklore, obviamente, pero no soy un folklorista tradicional, no me considero y no me sale tampoco así. Entonces yo sí quería que el disco penetre en otras zonas. Y pasó eso. Como si fuera de otro género. No sé qué género. Pero no es un disco que vos ponés en una peña.

-¿Y cuáles son tus planes para este año?

-Ahora tengo una gira en Europa en mayo y junio. Yo solo. Es una gira totalmente autogestionada. Como para reconectar ahí un poco sobre todo la cosa de laburo. De hecho, no lo voy a ver a Dominic porque él está de gira con Sting. Voy yo solo y muestro mi proyecto. Voy a estar en Suiza, Alemania, Holanda, Bélgica y Francia. Y hay planes para ir a México otra vez (NdR: estuvo a principios de año). 

-Hace poco tocaste con La Cangola Trunca en el Centro Cultural Borges y el Dúo Arias Castro en Café Vinilo. ¿Cómo siguen esos proyectos?

-No tocamos mucho ahora porque yo vivo en Jujuy. Eso frenó bastante la dinámica del grupo, en el caso de La Cangola Trunca. Pero tenemos bastante música nueva. Están un poco complicados los ensayos. Pero nos mandamos la música y vamos tratando de aprenderla. Y el Dúo Arias Castro es un proyecto que hace mucho que tocamos y sigue existiendo. Se frenó por la misma razón. Pero seguiremos tocando.

-¿Creés que la música folklórica está más viva que hace un tiempo porque hay muchos músicos jóvenes que están haciendo cosas?

-Creo que en Jujuy, en el norte, está muy viva la movida. Totalmente viva de verdad. O sea, que es algo que tiene vida. Los grupos hacen la música de ahí sin pensar en lo que hacen. Pero veo más que nada en Buenos Aires que hay como hace varios años una especie de moda del folklore. Es un género que pegó y ahora mucha gente hace folklore y busca reconectar con la cosa más originaria como el canto con caja. A mí me parece un poco snob el lugar desde el que se lo hace. Obviamente no todo. Pero no lo veo como algo vivo. Capaz que en unos años sí.

“Raíces” fue un programa radial dedicado a la música de raíz de Argentina y Latinoamérica que la periodista entrerriana Blanca Rébori condujo durante más de 30 años en diferentes emisoras. Titulamos esta columna con ese nombre en homenaje a su labor.

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