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“Yo me considero productor de una puesta en escena. Para mi es más importante eso. Yo siempre fui más editor que periodista. Cuando yo digo productor de noticias hablo del seguimiento diferenciado de una noticia. Buscarle la vuelta, los motivos. Yo no estoy tan obsesionado con la noticia. Me interesa en la radio llegar primero, pero a mi me interesa más lo que tiene que ver con la puesta, cómo sale al aire, cómo se produce. Porque a veces la noticia es frustrante: vos querés algo más importante y no pasa nada”.

El que habla es Samuel “Chiche” Gelblung, 77 años. Está sentado apenas afuera del estudio de Crónica TV en el que todos los días conduce un programa de dos horas, apenas después de hacer radio y horas antes de su segundo programa diario, Polémica en el Bar, en América. Y lo dice antes de hablar de Mauro Viale. Cuando todavía no pasó una semana de la muerte de Viale, la asociación de dos referentes de un tipo de televisión y producción se repitió entre los revisadores de medios. No sólo compartieron el olfato por una narración con impacto que abordara la actualidad tangencialmente, también brillaron en la televisión en la misma década y pasaron mayormente al cable en los últimos años. Se querían: Mauro llamaba a la casa de Chiche tres veces por día cuando el año pasado una infección lo dejó internado en terapia intensiva por una semana y Chiche lloró al aire viendo a su amigo partir en un cajón hacia el cementerio de La Tablada. Pasaban muchas, muchísimas horas por día en los medios. Algo así como una presencia constante. “Fue el mejor productor de noticias de la Argentina, es un tipo que no dormía nunca, te llevaba ventajas siempre. No hay ni va a haber otro como él”. 

A diferencia de Viale o Marcelo Araujo, periodistas judíos y más o menos contemporáneos, Samuel Gelblung nunca quiso cambiarse su nombre y apellido. Se fue de su casa a los 14 años, harto del clima que se vivía: su padre era un judío comunista y su madre era una judía más vinculada a lo religioso; su hermano cometió el sacrilegio de empezar a salir con una chica católica y el escándalo doméstico fue tal que todos los días venía su abuela materna a recriminarle a su padre que su comunismo había sido una mala influencia en el chico. Gracias al contacto de un amigo, aterrizó en el altillo de una fábrica de huevos podridos -con los que se hacía vainilla- y vivió ahí un año y medio. Dejó también el secundario y comenzó una larga carrera autodidacta que incluyó el legado paterno de la formación marxista. Pero a pesar del corte drástico que hizo al abandonar la casa familiar siendo casi un nene, nunca se le pasó por la cabeza tener otro apellido. Incluso cuando entró a trabajar a editorial Atlántida en 1966: “Yo entiendo que era más digerible para ciertos medios. No es fácil el tema de ser judío en Argentina. En ese momento menos. Yo estaba en una empresa que era totalmente antisemita. Atlántida era una empresa de militancia antisemita (no reconocida). Pero nunca lo pensé, no se me ocurrió. Tampoco tuve problemas, eh”. Optó por escribir con el pseudónimo que usaba para cantar tangos, Mariano Ovejero, cuando cubrió la Guerra de los Seis Días en 1967: “Que un judío cubriera la guerra daba como cierta subjetividad. Entonces el dueño de la editorial me dijo ‘sí, andá a cubrir pero no te vas a llamar Samuel Gelblung’”. 

Sí aceptó Chiche el apodo que le inventó Oscar Gómez Castañón y lo usó en unos cuantos programas: desde Edición Chiche hasta Hola Chiche. Punzante y cacofónico, es inevitable no resignificarlo a la luz del abordaje lúdico con el que encaró la galería de notas que poblaron sus programas de televisión desde su debut en 1994. Pero también a su rol en la gráfica: una de las anécdotas más repetidas del periodismo local es cuando viajó a Atolón de Mururoa, en la Polinesia Francesa, a cubrir un desastre ecológico después de una prueba nuclear que había terminado con la vida de miles de peces que se acumulaban en la orilla. Pero cuando llegó, ya se los había llevado la marea, así que fue a la pescadería para producir la imagen. No iba a volver sin la imagen que había ido a buscar.

Llegó a la tele a los 50 años: Hugo Moser lo llevó a una entrevista con Alejandro Romay en canal 9. Ya lo habían tentado antes: cuando no apenas pasaba los 30, lo llamó Carlos Montero para conducir 60 minutos en el flamante ATC. A Gelblung no le interesó para nada un programa en el que él leyera noticias que habían producido y escrito otros y no él. Veinte años después, Romay pretendía un programa retro para usar unos buenos archivos históricos que morían por ser emitidos. Pero a Chiche le interesaba el presente o, a lo sumo, la historia reciente. “Hugo Moser me hizo el gesto de que me callara, que Romay se iba a ir todo el verano a Punta del Este y que no iba a ver el programa. Pero ese año Romay se quedó”. En la primera emisión, Gelblung y su producción consiguieron a Emilie Schindler, la viuda del hombre que salvó la vida a unos 1200 judíos e inspiró la película de Steven Spielberg en 1993, que, para sorpresa de todos, estaba viviendo en Argentina. A Romay, recuerda Chiche, no lo entusiasmó demasiado y al día siguiente se lo comunicó: “Fue un desastre, fue buena la medición pero vos vas a hacer televisión”. También en el inicio apareció una de las grandes figuras del programa: Martha Susana Holgado, que dirigía una “iglesia electrónica” en Boston, según cuenta Chiche. Holgado decía ser la hija no reconocida de Juan Domingo Perón, aunque dos ADN distintos negaron esa aseveración. Él no lo cree: 

–La hija de Perón era la hija de Perón, no te quepa ninguna duda. No solo su parecido físico. El tipo que más conocía a Perón que era Jorge Antonio sabía que tenía no una hija: dos. A una le siguió el rastro que era la Holgado y la otra aparentemente le perdió el rastro en un convento franciscano en Milán. Pero además la madre superiora de Nuestra Señora de la Misericordia de Belgrano, cuando empieza toda esta historia, un día me llama me dice yo tengo que hablar con usted: ‘Es la hija de Perón’. Y yo le digo: ¿usted cómo sabe?. ‘Yo estoy en este colegio hace 40 años. Acá venía Perón a ver a su hija'. Pobrecita. Murió sin poder probar eso, pero que era la hija no te quepa ninguna duda.¡Se trucharon los ADN! 

Chiche confía más en su programa que en las pruebas. En Memoria recreó una autopsia a un marciano para competir contra un documental que supuestamente lo hacía en serio. Auscultó dólares para ver si por ahí había pasado cocaína. Puso al aire a un cirujano filipino y sus "operaciones psíquicas" presentadas por Claudio María Domínguez. Enfrentó a John Bobbitt, a quien su ex pareja Lorena le había cortado el pene después de una violación, al detector de mentiras, una máquina inspirada en Bajos instintos que hizo delirar el rating de los 90. Pero más cerca en el tiempo, esta semana, un médico en su estudio ejemplificó con una especie de burbujero y sus respectivas burbujas cómo se producía la dispersión del Covid por aerosoles. 

Es decir, con un chiche. 

No es momento para las grandes producciones, y Gelblung lo asume con desazón: “Mi deseo era ir a Wuhan. Yo quería saber dónde nació, si realmente nació ahí, si es todo un invento. Primero no nos dejaban ir. Cuando fui a pedir autorización a la Embajada me dijeron que no, de ninguna manera. Y ahora que podés ir te cuesta casi un millón de pesos. Es inviable desde el punto de vista de lo que cuesta la televisión”. 

–¿Hoy se podría hacer lo que hacían en Memoria o cambió el estilo? 

–Lo que nosotros hacíamos entonces no lo podemos hacer ahora. Ahora tenés que hacer actualidad pero porque no hay plata. Yo quiero ir a Wuhan, que sería una nota que hubiera hecho tranquilamente en Memoria y no te dan los números. La televisión es pobre. Hacer televisión es muy caro, la publicidad no es tan cara, entonces se hace difícil. Hay muchas cosas que haría y no las puedo hacer. No es un tema de estilo, es un tema de producción. Yo por ejemplo si tuviera plata hubiera bajado a buscar al Ara San Juan, pero es un operativo que cuesta mucha plata y los medios no te lo bancan. Yo hubiera hecho esas cosas, pero hoy no lo podés hacer. Te tenés que limitar a mirarlo de arriba.

–¿Cómo respondías a los que te acusaban de sensacionalismo o amarillismo por lo que hacías en la televisión?  

–No, a mí nunca me interesó eso. Nunca le di bola a eso. Yo empecé viejo en la televisión. En la gráfica hice absolutamente todo. Viajé por todo el mundo, dirigí medios en el exterior y básicamente una de mis pasiones era estudiar los medios ingleses. Lo que se llamaban los tabloides, que comenzó como periodismo amarillo. El tabloide inglés es un modelo de periodismo histórico. Y entendieron exactamente cuál era el gusto de los ingleses. Los ingleses compraban eso, consumían eso. Son productos históricos. Entonces cuando decían sensacionalismo, me parecía una pavada total. Porque además Gente fue sensacionalista. Para lo que era el estilo de periodismo en ese momento nosotros hacíamos sensacionalismo. El periodismo era muy aburrido y nosotros éramos todos pendejos de 19, 20 y 21 años manejando un medio. Los periodistas de policiales estaban sentados en la sala de periodistas. Lo policial no era noticia, el espectáculo no era noticia. Había tanto cambio para hacer que todo lo que hacíamos parecía sensacionalismo.

Gelblung entró a la revista Gente en 1966, año del golpe de Estado de Juan Carlos Onganía. Sus años en la revista coincidieron con sus picos de venta (en 1974, vendió casi 18 millones de ejemplares, según reconstruye Cora Gamarnik), y en esa revista forjó su fama de hacedor de medios, que continúa en el presente con reiterados lanzamientos de portales informativos. Asumió como director de la revista a los 32 años, en 1976, y además del éxito de ventas y unas cuantas novedades en la utilización de mujeres en las tapas, se lo suele señalar como uno de los responsables de una cobertura celebratoria de la dictadura. Entre muchas otras, es de su autoría una entrevista con el escritor y sobreviviente del gueto de Varsovia Marek Halter que antes del Mundial integraba el Comité de Boicot al Mundial ‘78. La tituló “Cara a cara con los jefes de la campaña antiargentina”: “Yo esa nota la reivindico totalmente. Marek Halter era un judío que tenía mucha ignorancia de lo que era la Argentina en ese momento. A mí nunca nadie me dijo tenés que escribir esto. Lo que yo escribí lo firmo y lo vuelvo a firmar ahora. No me siento arrepentido de nada porque creo que hicimos lo que podíamos hacer. Había que hacer periodismo en esa época, eh. No era fácil. Tenías que ir a comer con la 9 mm abajo de la servilleta”. A la vez, él sostiene que Gente no fue una revista que dio una cobertura especialmente positiva de la dictadura: “Mirá, yo te explico lo siguiente. Hice tantas veces el desafío... Hubo episodios en los cuales la revista no se definió, que no me correspondían a mi porque yo ya no estaba o estaba a cargo el dueño… Pero yo la verdad... Nosotros fuimos los primeros que llamamos Montoneros a Montoneros, que al ERP le decíamos ERP, denunciamos la conexión Massera-Montoneros. Yo nunca conocí a Harguindeguy, nunca conocí al jefe de prensa de los militares. Nosotros nos manejamos con total libertad. Entendíamos que era una guerra y lo tratábamos como una guerra”.

La historia de los medios en la dictadura y su relación concreta con las distintas fuerzas aun plantea cuestionamientos irresueltos. En el año 2010, Alejandrina Barry, diputada de CABA por el PTS, demandó a la editorial Atlántida, entonces propiedad de los Vigil, por haber propiciado en 1977 la publicación de información falsa en sus revistas en una operación de prensa que la mostraba abandonada por sus padres en Uruguay a los 3 años: según las publicaciones, la nena había quedado sola porque su madre se había suicidado y su padre había sido asesinado en un enfrentamiento. En realidad, ambos fueron asesinados en un operativo del Plan Cóndor. 

Chiche comenta que supo de ese episodio años después, que no tuvo conocimiento en el momento y que cree que estaba de viaje. También, que se ofreció a ir a declarar como testigo pero nadie lo citó. 

Año 2004. En una mesa de un bar, unos cinco personajes discuten con efervescencia. El tema es la entrega de los Martín Fierro y el bar es una puesta en escena ideada a comienzos de los años sesenta por Gerardo Sofovich que todavía en 2004 y todavía hoy sigue dando rédito. Sofovich lidera y acompañan Gelblung, Luis Pedro Toni (en ese momento presidente de Aptra) y Baby Etchecopar. Chiche Gelblung acaba de ganar el único premio para Radio 10 de la noche anterior por Edición Chiche. La radio es líder, pero no es “reconocida”. Lo premiaron a Eduardo Aliverti, Resistiré la rompió y Pablo Echarri se erige como el galán comprometido del nuevo milenio que tendrá su apogeo con Montecristo -una ficción sobre la apropiación de niños en la dictadura-. Los señores del bar observan: Sofovich le manda un saludo a su amigo Carlos Menem (y subraya el amigo, en un momento en el que Menem era mala palabra), Chiche ningunea la importancia de Aliverti como para ganar un premio y habla de un prejuicio ideológico de Aptra. Sofovich, guionista y productor de programas populares y funcionario sinónimo de la cultura menemista; Gelblung, director de la revista Gente en los primeros años de la dictadura y celebridad televisiva con un programa calificado como amarillo o bizarro. Son los narradores hegemónicos de la década del 90, asisten al nacimiento de una nueva época y se funden con la letra de cortina musical: les toca mirarla de afuera. 

Pero 13 años después, en 2017, Chiche Gelblung es uno de los poquísimos periodistas elegidos para hacerle una entrevista de casi 2 horas a la candidata a Senadora Cristina Fernández de Kirchner en Crónica TV. Chiche dice que la llamó por teléfono después de ver la entrevista que le había hecho Novaresio y ella le dijo que sí. Pero otros comentan que ella lo eligió a él. Gelblung manejó la entrevista con intimidad, humor y (menos) política. Le preguntó por el amor post Néstor, por la militancia y por la cocina. Cristina le dijo que cocinaba asado al horno, pollo a la cerveza, matambre a la leche. Pero también Gelblung aprovechó para enrostrarle la persecución del peronismo de los 50 al Partido Comunista y le contó cómo él tenía que ser campana de las reuniones del PC en la casa de sus abuelos. Cristina estalló en una carcajada cuando él le dijo que tenía formación dialéctica:

–¿Sos marxista? ¡Me estás tomando el pelo! 

En el nuevo milenio, y especialmente en los últimos años, su estilo para contar la realidad es más verbal que visual. Cuando a comienzos del ASPO creyó que tenía que quedarse en su casa de ofuscó. Duró una semana afuera: “Ni loco me pierdo de contar esto”, le dijo a Facundo Pedrini, director de Noticias de Crónica. 

En su programa, ya no hace grandes apuestas espectaculares, pero su marca sigue siendo personalísima. Chiche juega: entrevista a políticos de todos los partidos, habla del Covid, duda de su gravedad, después se desdice, halaga a los médicos, también los critica y se enoja al aire cuando las cosas no salen bien.   

–¿Las audiencias cambiaron ahora respecto de los años 90?

–Las audiencias han cambiado. Creo que la sociedad ha cambiado. Yo no podría definir una audiencia. Es una masa demasiado amplia. Cuando vos hacés televisión tené en cuenta que un punto de rating son casi 300 mil personas. Ahí te miran los pobres, los ricos, los tontos, los inteligentes…. Te mira todo el mundo. No podría decir que hay un perfil. Que la gente cada vez elige peor elige peor. Pero eso es otra cosa. 

–¿Qué significa que cada vez elige peor?

–Hay programas que yo no vería, pero evidentemente tienen 20 puntos de rating y lo hacen bien. Yo veo el éxito de Masterchef y no entiendo qué es lo que ven. Veo un programa divertido, interesante, pero de ahí a hacer 20 puntos de rating en una época en que hacer 20 puntos de rating es tan difícil... es complicado… Si son reales los números, porque a veces los números están disfrazados. 

–O sea que no creés en el ADN de la hija de Perón ni en los números de Masterchef...

–En Argentina yo no creo en nada.

NS

Publicado el
17 de abril de 2021 - 08:30 h
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