Sahara
Los campamentos de refugiados saharauis, casi sin médicos en medio de la guerra

Una mujer espera su turno en la consulta del hospital de Rabuni

Sandra Vicente

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Mohammed fue dado por muerto en 1977. “Tenía el cráneo abierto, cubierto de sangre. Pero estaba vivo”, recuerda el anciano saharaui, que perdió completamente la memoria durante tres meses. Cuando lo encontraron, lo trasladaron al Hospital Nacional de Rabuni, la capital administrativa del Frente Polisario en los campamentos de refugiados saharauis. Allí lo operaron de urgencia diversas veces. “Esa guerra fue muy diferente a esta. Entonces estábamos dolidos, pero comprometidos. Hoy, después de casi cuarenta años, no hay muchos que resistan”, se lamenta Azman, su hijo. La atención sanitaria en los campamentos también es ahora distinta.

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Muchos saharauis han dejado los campos de refugiados y han buscado una vida mejor en Europa. Entre ellos, varios médicos. En el hospital donde operaron a Mohammed, el más importante de los campamentos, dejaron de tener servicio de cirugía tras el regreso de la guerra al Sáhara Occidental a finales de 2020. No se ha reestablecido hasta hace apenas 15 días. Esto ha afectado no solo a los soldados heridos, sino también a personas de a pie, como la hermana de Azman e hija de Mohammed.

Ella contrajo cáncer de mama en 2018 y, al no poder operarla en la región, fue trasladada al hospital de Tindouf, donde los recursos no son suficientes. La familia pidió al Frente Polisario que la trasladaran a España, pero la mujer no soportó tantos viajes y pereció en un hospital de Cádiz, a más de 2.000 kilómetros de su hogar. “Es inaceptable que una región que acoge a más de 170.000 refugiados solo cuente con 50 médicos, más ahora que hay una guerra”, se lamenta el doctor Omar Ochoa, uno de los responsable del Hospital Nacional de Rabuni. Y médico cubano.

En este centro hay 13 compatriotas suyos, mayoría en el equipo. “Si podemos tener cirugía y atención 24 horas, es gracias a la brigada cubana”, dice Ochoa quien, a pesar de haber trabajado en todo el mundo, reconoce no haber visto nunca una situación tan precaria como la saharaui.

Él está aquí debido a un convenio que une la República Árabe Saharaui Democrática (RSAD) con otros gobiernos como el cubano o el venezolano. Gracias a estos acuerdos, los saharauis pueden ir a esos países a formarse, y médicos como el doctor Ochoa gozan de un permiso de tres meses para ejercer en los campamentos.

Condiciones precarias

“Si no venimos nosotros, no viene nadie. Es normal que no haya médicos en esta zona y que todos se vayan fuera a ejercer, porque las condiciones no son nada dignas”, dice este médico habanero, quien reconoce que, si en lugar del Gobierno cubano le pagara el saharaui, no sabe si estaría allí.

La RSAD paga a sus médicos un total de 350 euros cada tres meses. La precariedad es uno de los motivos que lleva a los médicos a irse de los campamentos. Uno de los que quiere marcharse es Mohammed Abi, nacido en los campos de refugiados y formado en Venezuela. Tiene 28 años y hace dos meses que ha empezado a trabajar. Todavía no ha percibido su primer sueldo, pero sabe que no va a ser bueno.

El hermano del doctor Abi también es médico y hace tiempo que ejerce en España. Él espera seguir sus pasos y, por eso, ya ha empezado a tramitar la convalidación de su título. Trabaja turnos de más de 48 horas seguidas para luego descansar dos días y volver a empezar la rueda.

“Esto no es vida. Quiero ayudar a mi pueblo, pero no a costa de mi propia salud”, sostiene Abi. Trabaja en el hospital del campo de Smara y atiende a más de 40 personas cada día. Es el único médico en su turno, que comparte con dos enfermeros.

De curar al pueblo a jugarse la vida en la frontera

Hasta hace dos años, Azman era uno de esos enfermeros. Él se formó en Argelia y en la escuela de enfermería de la RSAD. “Quería ayudar a los míos. Que estuvieran sanos para luchar por nuestra tierra”, asegura el saharaui, de 32 años. Pero dejó la medicina por dinero. Si el sueldo de médico es bajo, el de enfermero es peor: 60 euros cada seis meses. “No da para alimentar a mi familia”, se lamenta este joven que, además de a su mujer e hijos, debe mantener a sus padres, a los hijos de una hermana viuda de guerra y a los de su hermana fallecida, el padre de los cuales está en el frente. “Sin más hombres en la casa, 20 euros al mes no dan para nada”, asegura.

Y mucho menos ahora. Debido a la inflación, los precios han subido, también en el Sáhara. Las tiendecitas que salpican los campos de refugiados obtienen sus productos de Argel, cuyo gobierno acaba de aprobar una subida del salario mínimo. Con eso, los precios han subido, así que en los locales saharauis también se venden más caros los productos básicos. A ello se suma la crisis socioeconómica derivada de la pandemia ha hecho que muchas ONG y gobiernos recorten las ayudas que destinan a los refugiados saharauis. Según el Consorcio de ONG de la región, la financiación se ha reducido un 20% en los seis primeros meses de 2022.

Aumento de los precios

La canasta básica que recibe el 75% de la población ha menguado drásticamente. “De dos kilos de arroz, aceite y lentejas por persona y mes, ahora se da la mitad”, explica el doctor Abi, quien añade que ya no se incluye proteína animal. Esto ha derivado en un grave aumento de enfermedades crónicas derivadas de una mala alimentación como la hipertensión o la diabetes. “Muchos recurren a productos en conserva, que son más baratos, pero que tienen demasiado azúcar o sal”, dice el doctor, quien también achaca los problemas de salud a un consumo excesivo del agua de los pozos. “Es demasiado salada y, aunque es considerada potable, yo no la bebo”, afirma.

Azman asiente con la cabeza ante esta afirmación del médico y asegura que él tampoco deja que su familia coma procesados ni beba agua que no sea comprada. “Ya no ejerzo como enfermero, pero sigo ayudando a mis vecinos y familia”, dice. Pero los consejos que da cuestan dinero. Y él lo sabe. Por eso, dejó su trabajo en el hospital para aceptar encargos puntuales como albañil.

La compra de productos en Mauritania para venderlos en los campamentos se ha convertido en el negocio más rentable para Azman. Los precios en el país vecino son más baratos que en Argelia, hasta el punto de obtener rentabilidad a pesar de la gasolina gastada en recorrer 1.000 kilómetros de distancia. Lo hace una vez cada seis semanas. Tarda 15 días, durante los cuales duerme en el desierto y cocina con el calor de la arena. “Antes simplemente era cansado, pero ahora me juego la vida”, dice.

Desde que regresó la guerra al Sáhara Occidental, el camino hacia Mauritania es peligroso. Algunos refugiados ya han muerto en el trayecto. Pero Azman no va a dejar de hacerlo. “No me queda otra. Tengo que hacer que mi familia sobreviva y haré lo que haga falta. A quien espera, le llega la sombra”, asegura, recuperando un dicho saharaui y recordando aquel grupo de pastores que lograron encontrar el único árbol a kilómetros para resguardarse del sol implacable.  

Vida en medio de la nada

Hasta donde alcanza la vista, solo hay arena en la hamada argelina. La única cicatriz que cruza esta franja del desierto es una carretera que conecta los diversos campos de refugiados saharauis de la región de Tindouf. A diferencia de otras zonas, aquí no hay casi vegetación que proteja de las inclemencias de un sol que puede llegar a calentar hasta los 50 grados. “Es muy mala hora para salir”, se lamenta Azman, mirando el reloj de su vieja camioneta, que marca las dos del mediodía.

Va camino de ver a su padre, Mohamed, cuando su sobrino le hace notar que hay un camello que vaga por las dunas del desierto. Es raro en esa zona, dice, precisamente por la falta de vegetación. Y, de repente, aparece. Un árbol. Solo. Ni siquiera llega a ser tan alto como un hombre adulto. Pero ahí está, ofreciendo una parca pero necesaria sombra. Y a su resguardo se encuentran tres hombres, en plena preparación del té.

Son pastores de cabras y camellos -el dromedario solitario es suyo- y ahora están esperando a que baje el calor, tal como traduce Azman. Antes trabajaban cerca de la frontera que separa esta zona del desierto con el Sáhara ocupado por Marruecos, pero tuvieron que desplazarse tras el inicio de la contienda. Tindouf está a unos 60 kilómetros del llamado muro de la vergüenza, donde hay muchos más árboles que resguardan a los pastores y animales del calor.

A pesar de que esta sea una zona mucho más seca, han tenido que venir huyendo de las balas perdidas entre el frente Polisario y el ejército de Mohamed VI. El reinicio de las hostilidades -que habían estado paradas desde 1991- ha alterado la vida de los habitantes de los campos de refugiados saharauis, que vuelven a revivir los episodios más crudos de la guerra que precedió a la ocupación marroquí de 1975.

El padre de Azman fue uno de los jóvenes que defendieron sus hogares en aquel entonces. Tenía 26 años cuando salió de su casa, en El Aaiún, en la costa oeste, y llevó a sus padres hasta Tindouf, donde las mujeres se quedaron a construir los campos de refugiados y él regresó al frente. Se enteró de la invasión por un mensaje que apareció en las radios y televisiones que avisaba a los saharauis de que si veían un español, podían acercarse. Pero si veían a un marroquí, debían esconderse o matarlo.

“He perdido a muchos amigos y muchos hombres buenos han muerto. Ellos no volverán a nacer, pero nuestra nación sí puede resurgir”, asegura Mohammed, el padre de Azman. Ahora tiene 73 años y mueve sus manos nerviosamente, preocupado por no seguir bien la conversación. Está ciego de un ojo y sordo de un oído debido a la metralla de una bomba que lo alcanzó en 1977. “Si Mohammed no es uno de esos hombres buenos muertos es porque Alá no quiere”, dice su mujer.

SV

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