Análisis

El día que Trump mantuvo al mundo en vilo con sus amenazas apocalípticas sobre Irán

Corresponsal en Washington —

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“¿Qué crees que pasará esta noche, Andrés?”. Era una pregunta recurrente que me hacían amigos desde España este martes. “¿Qué va a pasar hoy? ¿Te ha contado Donald sus planes?”, preguntaba otro. “¿Sensaciones, my friend?”, me decía uno más.

“Yo creo que ampliará el plazo con la excusa de la propuesta paquistaní”, contestaba a unos y otros. Y más o menos eso terminó pasando: Trump anunció un alto el fuego de dos semanas, algo a lo que siempre se había negado, e Irán afirmó que permitiría el “paso seguro” por el estrecho de Ormuz.

En realidad, uno nunca sabe qué puede decidir el presidente de EEUU, porque Trump se desenvuelve sin límites; a diferencia de los demás, juega sin reglas, lo que hace que sea más difícil de predecir para quien aún mantiene cierta confianza en los equilibrios de poderes y en la condición humana.

Pero con Trump hemos terminado aprendiendo que es aficionado al plazo de “dos semanas”, aunque pueda ser prorrogado indefinidamente, y que a menudo no cumple con sus amenazas, como se ha podido comprobar, sobre todo, en las negociaciones comerciales y los ultimátums sobre aranceles. Por eso, muchos lo han bautizado como TACO, es decir, Trump Always Chickens Out —Trump siempre se raja—, un mote que no gusta nada al presidente de EEUU.

El TACO se cocinó inicialmente el 2 de mayo de 2025. Aquel día, el columnista del Financial Times Robert Armstrong escribía: “El reciente repunte económico tiene mucho que ver con que los mercados han llegado a la conclusión de que la administración estadounidense no tiene un umbral muy alto de tolerancia al dolor económico y de los mercados, y que se echará atrás rápidamente cuando los aranceles empiecen a causar estragos. A esto se le ha llamado la teoría del TACO: Trump Always Chickens Out —Trump siempre se acobarda—”.

El concepto, escondido en medio de un análisis sobre la coyuntura económica, comenzó a crecer hasta estallar en la Casa Blanca días después, cuando la periodista de CNBC, Megan Cassella, le preguntó a Trump por ello. “¿Que me echo atrás? ¿Que me acobardo? Nunca había oído eso —responde Trump enfurecido—. Y tú vienes con una pregunta tan desagradable como esa... Se llama negociar. No vuelvas a decir eso. Es una pregunta muy desagradable. Es de las más desagradables que me han hecho”, respondió un Trump enfurecido.

Pero lo cierto es que a menudo ocurre que Trump se sube tanto al monte que nadie le sigue, y luego busca la manera de desandar la escalada y encontrar una salida a la desesperada.

Trump, dos días después de llamar a los gobernantes iraníes “malditos bastardos” y decir que pronto estarían “viviendo en el infierno”, este martes los elogió como “una clase diferente, más inteligente y menos radicalizada”.

En este caso, Trump recula durante dos semanas en sus amenazas apocalípticas, que pasaban por aniquilar “una civilización”, lo que habría supuesto cometer un genocidio en Irán. Y es mejor que así haya ocurrido, pero vuelve a ser una muestra de cómo ejerce el poder y del modo caótico de negociación.

Mientras, Washington DC ha vivido el día en que el presidente de EEUU se disponía a cometer un genocidio sin grandes sobresaltos, más allá de que ese era un asunto de conversación habitual. Apenas había convocada una concentración frente a la Casa Blanca a partir de las seis de la tarde, media hora antes de que Trump publicara su anuncio de alto el fuego.

Más allá de eso, televisiones como el canal LiveNow, de Fox, tenían sobreimpresionada en sus pantallas una cuenta atrás para ver si, al final, el presidente de EEUU cumplía su amenaza de matar “una civilización entera”.

Numerosos congresistas demócratas se fueron manifestando públicamente a lo largo del martes sobre la falta de idoneidad de Trump para ocupar el Despacho Oval y la necesidad de que las órdenes ilegales sean desoídas.

La progresista de Nueva York Alexandria Ocasio-Cortez, por ejemplo, ha afirmado: “Esto constituye una amenaza de genocidio y justifica la destitución del cargo. Las facultades mentales del presidente se están deteriorando y no se puede confiar en él. A todas las personas que forman parte de la cadena de mando del presidente: tienen el deber de desobedecer las órdenes ilegales. Esto incluye llevar a cabo esta amenaza”.

La amenaza de un Trump fuera de sí muestra la desesperación del presidente de EEUU por encontrar una salida. El Washington Post explicaba este domingo que Amazon está aplicando un recargo por combustible a sus entregas de comercio electrónico, mientras los intereses hipotecarios están alcanzando su nivel más alto en siete meses, al tiempo que los consumidores se preparan para ver cómo se encarecen los precios de las botellas de refrescos y de los detergentes.

En efecto, el impacto de la guerra en Irán sobre la economía estadounidense ya se está notando en los bolsillos de la ciudadanía estadounidense, a pesar de que el Departamento de Trabajo informó el viernes pasado de la creación de 178.000 puestos de trabajo en el mes de marzo.

Sin embargo, el incremento de las facturas energéticas, los tipos de interés y la escasez de suministros son señales de que se avecinan tiempos peores. En este sentido, los estadounidenses, por un margen del 56% frente a un 7%, prevén que la guerra tenga un “impacto principalmente negativo” en su situación económica personal, según una encuesta de Ipsos realizada el 31 de marzo.

Un conflicto en Oriente Medio que se prolongue varios meses más extendería el alza de precios y las interrupciones en las cadenas de suministro más allá de Asia y Europa, llegando hasta las costas de Estados Unidos.

Una interrupción de tres meses en el comercio marítimo habitual elevaría los precios del petróleo a 170 dólares por barril, según Bloomberg. Si la guerra se prolonga durante seis meses, la economía mundial —privada de 13 millones de barriles de petróleo diarios— caería en una recesión, según Oxford Economics.

Publicado por Andrés Gil, corresponsal en Washington de elDiario.es, para su blog “Crónicas desde trumplandia”