GUERRA EN UCRANIA

El niño herido en el ataque contra la estación de Kramatorsk que ahora sueña con hacer reír a Ucrania

Renat junto a su madre en el hospital infantil donde se recupera de sus heridas.

Gabriela Sánchez

Enviada especial a Leópolis (Ucrania) —

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La cabeza de Renat es un torbellino de ideas como las coloridas espirales que dibuja. Sentado en la cama de una clínica infantil de Leópolis (Ucrania), donde permanece ingresado desde hace cerca de dos semanas, el niño describe acelerado una decena de planes amontonados en su mente mientras espera a recuperarse de las heridas provocadas en su espalda por el bombardeo ruso en la estación de Kramatorsk

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Demasiados proyectos tiene Renat como para que se los arrebate una guerra de la que poco sabe. El pequeño, de nueve años, sufrió quemaduras y heridas por el impacto de metralla en el ataque ruso contra la estación de tren donde decenas de civiles esperaban para ser evacuados a otras zonas más seguras del país. 59 personas, entre ellas siete menores, fallecieron a causa del bombardeo.

Ya casi recuperado, Renat habla, imagina, juega y no deja de moverse. Su mente no para de crear a pesar de las lesiones, a las que resta importancia. Es solo un niño al que su madre quería proteger de la guerra, pero se chocó con su peor cara mientras intentaba alejarse de ella. 

El pequeño quiere ser arqueólogo pero, hasta entonces, será youtuber. Mueve sus manos apasionado para explicar el significado de sus dibujos, centrados en el personaje de videojuegos Sonic. Cuando tenga “diez suscriptores” en su canal de Youtube, publicará la primera ‘película’ de una saga sobre dinosaurios. Su madre le escucha, suspira y mira hacia arriba, acostumbrada a su ingenio.

En sus dos semanas de ingreso, Renat dice haber pensado junto a su hermano el argumento para tres entregas. Serán divertidas, cuenta, sin tensiones ni sobresaltos. Ahora lo importante es mantener a la gente feliz y distraída. En el hospital se ha dado cuenta: “Tuve un sueño sobre ello y se me ocurrió la idea”.

“Quiero que la gente esté contenta, sonriendo y feliz después de la guerra. Me gustan mucho los dinosaurios y Jurassic Park es una película muy seria, de terror, así que hemos decidido hacer películas divertidas sobre dinosaurios”, cuenta el pequeño, entretenido a su vez con una pelota de fútbol firmada por varios jugadores de un equipo de Leópolis. Del bolsillo de su pantalón negro sobresale un tubo transparente. Es el dispositivo de cierre asistido por vacío (VAC), una terapia empleada para la curación de heridas complejas, como la sufrida por Renat el pasado 8 de abril. 

El ataque

A su madre, Olena, le cuesta relatar lo vivido ese viernes. Tardó en tomar la decisión de abandonar su hogar, ubicado en una localidad próxima a Kramatorsk. Allí se quedaban sus padres, pero la mujer dio el paso cuando empezó a escuchar el sonido de los bombardeos cada vez más cerca y las autoridades locales recomendaron la evacuación de las mujeres, niños y ancianos. Su marido trabaja en República Checa y, tras el inicio de la invasión rusa, les pedía que abandonasen el país y se reuniesen con él.

“Estábamos esperando a que llegasen los voluntarios para entender a dónde teníamos que ir. De repente, oímos un ruido muy fuerte. Todo sucedió muy rápido”, dice Olena, de 42 años. “Miré al cielo y vi que los escombros venían hacia nosotros. Pedí a Danilo [su otro hijo] que se alejasen y comenzamos a correr”. Segundos después, se dio cuenta de que el pequeño Renat ya no corría con ellos. 

“Aún no entiendo ese momento. No entiendo el momento. Cómo resultó herido. Corrí hacia él, estaba tirado en el suelo. Gritaba que estaba asustado, que le dolía”, recuerda su madre, sentada frente al niño en otra cama de la clínica. “Intenté levantarlo y cogí todas las cosas que tenía. No sabía hacia dónde correr porque un coche cercano empezó a explotar. La gente corría hacia diferentes lugares y yo no sabía qué hacer”, continúa Olena. Un militar se acercó a ellos, vio que el niño estaba herido, y les ayudó a trasladarse al hospital de Kramatorsk.

El niño oye las palabras de su madre mientras se entretiene con el balón. Evita hacer cualquier mueca de disgusto, solo sonríe. “Yo estoy bien”, dice, sentado con las rodillas entrelazadas en su cama. La herida, cuenta Olena, ya solo le molesta cuando el personal sanitario manipula las lesiones y el sistema de tratamiento, pero deben esperar a su cura para poder viajar a República Checa para reunirse con su marido. 

Desde el inicio de la invasión rusa, al menos 184 niños han muerto y 286 han resultado heridos, según la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. “Es probable que las cifras reales sean mucho más altas. La mayoría de las víctimas civiles registradas fueron causadas por el uso de explosivos con una amplia zona de impacto, incluidos los bombardeos de artillería pesada y los sistemas de artillería pesada y sistemas de lanzamiento múltiple de cohetes, así como ataques aéreos y con misiles”, dice un portavoz del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), que apoya a las autoridades sanitarias con el suministro de equipamiento médico en la clínica infantil regional de Leópolis “Ohmatdit”, donde Renat permanece ingresado.

“Las condiciones humanitarias de los niños en Ucrania son cada vez más graves, especialmente en el este y el sur del país, tras 60 días de guerra. Alrededor de dos tercios de los niños están ahora desplazados dentro de Ucrania o en otros países. Los niños siguen siendo asesinados, heridos y profundamente traumatizados por la devastadora violencia que les rodea”, sostiene un comunicado de Unicef.

El tren de los heridos de guerra

El mismo día del ataque, Renat y su familia fueron evacuados desde Kramatorsk a un hospital de Dnipro. Días después, fueron evacuados a Leópolis en un tren medicalizado gestionado por Médicos Sin Fronteras (MSF), cuenta su madre.

Stig Walravens es uno de los médicos a cargo de las evacuaciones realizadas por MSF. “Las principales lesiones que encontramos después de ese ataque fueron, como se puede imaginar, lesiones por la explosión con metralla y por la onda expansiva. Hubo muchos heridos por los escombros y la metralla. Hay personas que tenían lesiones cerebrales abiertas con metralla en el cerebro. También en el pecho, en el abdomen... ”, relata el doctor. Acaba de regresar de un primer viaje medicalizado desde la región de Odesa y ya se está preparando para volver a partir con el tren vacío hacia Dnipro, donde volverán a recoger a civiles heridos. “La mayoría de lesiones de los pacientes trasladados son heridas en las extremidades, tenemos muchas amputaciones, muchas fracturas abiertas... ”.

A las lesiones físicas, se suman el impacto psicológico. “Sienten que dejan su hogar, en el que han vivido tanto tiempo, que se ven obligados a abandonar a causa de la guerra. A menudo surgen historias horribles, y definitivamente ves que todos estos pacientes, así como todos sus cuidadores, realmente necesitarán atención psicológica más adelante, que intentamos empezar a abordar desde nuestro tren”.

Olena y su familia se sienten más tranquilos en Leópolis, una de las regiones más seguras del país, que acoge a miles de desplazados internos. No se fía, sin embargo, de esa sensación de calma. Ya le traicionó una vez. “Cuando estábamos en la estación de tren en Kramatorsk, nadie imaginaba que pudiese suceder porque pensábamos que era seguro”, dice la madre de Renat. “Por eso ahora tenemos un poco de miedo, pero no solemos oír las sirenas de los ataques antiaéreos, así que estamos menos nerviosos”. 

“Quiero creer que, estando en un centro sanitario, es un lugar más seguro. Pero en realidad nadie está convencido de ello”, reconoce Olena. Las noches son complicadas. “Cuando nos avisan de una alarma de noche, siempre bajamos al sótano”. Y dice una idea repetida por muchas de las personas que se refugian de los bombardeos en zonas más tranquilas del país: “Hoy estamos seguros, pero no sabemos qué va a pasar mañana”.

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