PERFIL

Auge y caída de Ali Jamenei, el implacable defensor de la revolución iraní que gobernó 36 años con mano de hierro

Jason Burke

28 de febrero de 2026 20:24 h

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Hijo de un clérigo de pocos recursos de Mashhad, la ciudad santuario del este de Irán, Ali Jamenei comenzó su proceso de radicalización en los febriles primeros años sesenta, cuando gran parte del clero conservador se unió en su rechazo al importante proyecto de reformas puesto en marcha por el sha Mohammad Reza Pahlaví.

Jomeini era entonces un joven estudiante de religión en Qom, centro teológico del país, donde se empapaba de las tradiciones del islam chií y del nuevo pensamiento radical del ayatolá Ruhollah Jomeini, líder emergente de la oposición conservadora. A finales de los sesenta, Jamenei ya cumplía misiones secretas para Jomeini, que vivía en el exilio, y organizaba redes de activismo islamista.

Jamenei también bebió de otras fuentes. Pese a su amor declarado por la literatura occidental (y especialmente por la obra de Tolstói, Víctor Hugo y John Steinbeck), el joven activista se había empapado de la ideología anticolonialista de la época, con el sentimiento antioccidental que a menudo la acompañaba.

Conoció a pensadores que buscaban fusionar islam y marxismo para crear una nueva ideología. Con un interés especial en las obras que hablaban de cómo su país había sido “contaminado por Occidente”, tradujo al persa las obras del egipcio Sayyid Qutb, una inspiración para generaciones de extremistas islamistas.

Aunque los temidos servicios de seguridad iraníes lo encarcelaron en varias ocasiones, Jamenei pudo participar en las grandes protestas de 1978 que terminaron por hacer huir al sha y permitieron el regreso de Jomeini. Como protegido del clérigo implacable, Jamenei protagonizó un rápido ascenso en la jerarquía del régimen radical que se hizo con el poder. En 1981, y tras un intento de asesinato que le privó del uso de un brazo, ganó las elecciones al cargo de presidente, en gran parte ceremonial.

Jomeini murió en 1989 y Jamenei fue elegido como su sucesor como líder supremo, tras un cambio constitucional que ampliaba en gran medida sus poderes y permitía el acceso al cargo a alguien con menos cualificaciones clericales. Jamenei utilizó rápidamente esos poderes ampliados para consolidar su control sobre el extenso y fragmentado aparato del Estado posrevolucionario.

Un centro clave de poder estaba representado por la Guardia Revolucionaria Islámica, corazón activista del nuevo régimen y una poderosa fuerza militar, social y económica. Además de asegurar su lealtad, Jamenei tuvo cuidado de buscarse otros aliados y protectores con poder.

A lo largo de la década de 1990, reforzó aún más el control sobre el Estado eliminando a los opositores y recompensando a los leales. Los servicios de seguridad llegaron a poner en su mira hasta a los poetas que en su día Jamenei había profesado admirar. Se persiguió a los disidentes hasta en el extranjero y se reforzó la relación con Hezbollah, que la Guardia Revolucionaria Islámica había ayudado a fundar tras la revolución. En todo momento, Jamenei mantuvo la estrategia heredada de su difunto mentor, promoviendo de manera pragmática los principios inflexibles de su gobierno.

En 1997 el candidato reformista Mohammad Jatamí ganó las elecciones a presidente por mayoría aplastante. Aunque Jamenei le concedió cierta libertad de acción, trabajó duro y con firmeza para salvaguardar de cualquier desafío serio al núcleo del régimen y a su ideología. Pese a ello, no impidió que Jatamí le tendiera una mano a Washington en un intento, finalmente fallido, por mejorar las relaciones tras los atentados del 11 de septiembre y, siguiendo el ejemplo de Jomeini, renunció a las armas de destrucción masiva.

Pero con el objetivo de extender la influencia iraní en Irak también respaldó las medidas adoptadas por la Guardia Revolucionaria Islámica para desangrar a las fuerzas estadounidenses tras la toma de Bagdad en 2003. Inauguraba así otra pata en la estrategia de usar a intermediarios para proyectar poder en la región. Una forma de amenazar y disuadir a Israel, el país que los revolucionarios iraníes llamaban “Pequeño Satán” desde 1979, en contraposición al “Gran Satán” de Estados Unidos.

Jamenei se mostró escéptico ante el acuerdo nuclear que los funcionarios iraníes negociaron minuciosamente con Estados Unidos y otros países, pero en 2015 no se opuso a su entrada en vigor. Los expertos no se ponen de acuerdo en torno a su postura sobre la bomba atómica, si ha tratado de frenar o de alentar a los partidarios de la línea dura dentro de la Guardia Revolucionaria que presionan para que Irán desarrolle armamento nuclear.

Las sucesivas oleadas de disturbios y los intentos de reforma se han enfrentado a represiones despiadadas, además de las severas medidas que no han dejado de aplicarse contra mujeres, homosexuales y minorías religiosas. Muchos antiguos partidarios del régimen se han desilusionado por todo ello, así como por el deterioro de la situación económica, que ha agravado el malestar.

Jamenei ha apostado fuerte por el llamado eje de la resistencia en otros países: Hamás en Gaza; Hizbulá en el Líbano; el movimiento hutí en Yemen; y una variopinta selección de milicias islámicas en Siria y en Irak. Lo que podía parecer una táctica inteligente ha terminado derrumbándose bajo el peso de los ataques israelíes, mientras la histórica alianza de Irán con Damasco terminaba en diciembre de 2024 con la caída del régimen de Bashar al Ásad.

En Teherán, Jamenei vivía con su esposa y sus hijos en un complejo residencial de la calle Palestina, subrayando la humildad de su estilo de vida. Aunque hay escépticos que dudan de su ascetismo, su reputación de modestia ha desviado parte de la ira popular, en contraste con la riqueza que ostentan muchos otros funcionarios.

En las más de tres décadas que llevaba en el poder, Jamenei ha sabido sortear las fuerzas en conflicto dentro de Irán, evitar una guerra abierta y preservar el legado de Jomeini. Todo eso mientras mantenía con poder a sus leales más cercanos, y a sí mismo, por supuesto.

Todo eso ha acabado con los bombardeos de EE.UU. e Israel de este sábado, según ha anunciado Donald Trump, y abre una nueva etapa de incertidumbre en toda la región. Mientras tanto, Irán continúa respondiendo con misiles a la agresión de sus enemigos

Traducción de Francisco de Zárate