OPINIÓN

Esta vez la guerra de Gaza empezó en Jerusalén... O por qué los supremacistas religiosos judíos son la nueva clave del conflicto

En Jerusalén, en la derecha judía cada son más y cada vez más jóvenes: ya no quieren el Muro de los Lamentos, quieren la Explanada de las Mezquitas.

Yair Wallach

Londres, Gran Bretaña —

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La urgencia de la derecha israelí de tomar el Monte del Templo amenaza con poner patas arriba 2.000 años de judaísmo. El lunes, un video apocalíptico de Jerusalén comenzó a circular en las redes sociales. El fondo de la vista mostraba un gran incendio en el lugar religioso que los musulmanes llaman al-Aqsa o al-Haram al-Sharif o el Santuario Noble, y los judíos el Monte del Templo o Explanada de las Mezquitas ubicado en la ciudad vieja de Jerusalén. Un árbol ardía en llamas junto a la mezquita de al-Aqsa.

Algunos culparon a la policía israelí por las granadas cegadoras; otros, a los palestinos por disparar fuegos artificiales, tal vez dirigidos a los fieles judíos. Debajo, la gran plaza del Muro Occidental -el Muro de los Lamentos- estaba colmada de jóvenes judíos israelíes, identificados con la derecha religiosa sionista, celebrando el “Día de Jerusalén”, la conmemoración de la “reunificación y unificación” de Jerusalén -que comenzó con la ocupación de Jerusalén Este- en la Guerra de los Seis Días en 1967.

Mostraban su aprobación al fuego con entusiastas vítores y cantando un himno de venganza popular en los círculos de extrema derecha. La letra repite las palabras que pronunció Sansón -el hombre más fuerte de la Biblia, que siendo prisionero le habían quitado los ojos- justo antes de derribar los pilares del Templo en Gaza liberando a los judíos de los filisteos: “¡Oh Dios, que de un solo golpe pueda vengarme de los filisteos por mis dos ojos!” Los adolescentes israelíes, visiblemente extasiados, saltaban y gritaban: “¡Que se borre su nombre!”.

No es la primera vez que los lugares sagrados han sido el punto cero de una importante escalada de la violencia en un conflicto y, por lo tanto, es tentador interpretar este frenesí vengativo simplemente como la última erupción de una devoción atávica por las piedras antiguas que produce un espiral fuera de control.  Sin embargo, esta es una información engañosa: el significado político de estos lugares y su propio significado, han cambiado dramáticamente durante el siglo pasado, particularmente para los judíos israelíes.

El judaísmo, tal como se desarrolló en la antigüedad y la Edad Media, es una religión moldeada por la ausencia del Templo, destruido por Tito siguiendo la orden de su padre, el emperador romano Vespaciano, en el 70 d.C. Y mientras que las oraciones judías hablan sobre el anhelo de su restablecimiento, las prácticas bíblicas asociadas con el Templo (como el sacrificio de animales) son contrarias a la praxis y el espíritu del judaísmo. El Muro Occidental (parte del muro de soporte del Templo terminado por Herodes, el Grande) es un residuo sagrado y también un símbolo de la destrucción que dio forma al judaísmo. El sitio actual ha sido venerado por los judíos desde el siglo XVI. En el siglo XIX, era el lugar judío de peregrinaje y culto más importante. A la vez, para el movimiento político sionista que propuso desde sus inicios el establecimiento de un Estado para el pueblo judío -preferentemente en la antigua Tierra de Israel- representaba un enigma ideológico.

El movimiento nacional judío moderno, que pedía el regreso a Sión -la ciudad de David o la ciudad de Dios en la Biblia- quería recuperar el Muro. Desde principios del siglo XX, los líderes sionistas llamaron a “redimirlo” comprando las casas de sus alrededores y pavimentando una plaza para los fieles. Buscaron transformarlo en un monumento de revitalización de un sentimiento nacional. Sin embargo, el Muro en sí, como un residuo del complejo cuya causa se encontraba en el sentimiento ligado al Templo destruido, era un símbolo de ruina, y nada podía cambiar ese hecho. Para el judaísmo, el Muro era un recordatorio constante del exilio de Dios, un exilio que la promesa sionista moderna de “reunir a las diásporas judías” no pudo superar. Esta simple e insuperable contradicción nunca ha dejado de acechar al compromiso sionista con el Muro.

Esta ambivalencia se advirtió en las primeras actitudes sionistas. El Muro estuvo en gran parte ausente de la iconografía sionista temprana y apareció (si es que apareció) como una metáfora de la destrucción, en contraste con los símbolos del renacimiento sionista como las colonias agrícolas. El movimiento sionista dominado por los laboristas –el ala izquierda tradicional orientada hacia el movimiento obrero judío- buscó aprovechar los símbolos religiosos judíos en favor del nacionalismo secular, pero se opuso firmemente a las ideas de reconstrucción del Templo. Tanto que, como reveló el historiador israelí que estudia las relaciones judío- árabes en Palestina, Hillel Cohen, en 1931 la Haganá, una organización paramilitar de autodefensa judía creada en 1920 durante el mandato británico sobre Palestina, asesinó a un judío que planeaba volar los sitios islámicos del Haram, la Gran Mezquita de La Meca en Arabia Saudita.

Después de la ocupación israelí de Jerusalén Este en 1967, los funcionarios israelíes tenían el control directo de los lugares sagrados. Se comprometieron a mantener el statu quo en el Haram, que permaneció bajo un efectivo control musulmán palestino. Respecto al Muro Occidental, finalmente se logró el deseo de convertir el sitio en un monumento nacional judío. En cuestión de días, el barrio de Mughrabi, un barrio medieval marroquí que se encontraba junto a la muralla, quedó completamente despoblado y arrasado y esa tierra baldía se destinó para una enorme plaza. Desde un muro oculto, visto solo de cerca, se convirtió en un escenario monumental, utilizado no solo para la oración sino también para ceremonias estatales y militares.

Sin embargo, la transformación no resolvió las contradicciones básicas incrustadas en el Muro y, de hecho, solo ha servido para acentuarlas. Ahora, mucho más que antes, se hizo visible la posición liminal del Muro como una marcada frontera entre judíos (abajo) y musulmanes (arriba), entre la ruina (el Muro) y la redención (el inalcanzable Monte del Templo). El Muro sigue siendo un monumento de destrucción, un lugar de ausencia, mientras que los lugares musulmanes se vislumbran desde arriba.

Después de 1967, el movimiento obrero secular perdió su posición como vanguardia sionista. Los colonos religiosos reclamaron el lenguaje del sionismo mientras encabezaban la colonización de los territorios ocupados. El proyecto secular-sionista de “normalización” - hacer de los judíos una nación territorial “como cualquier otra” - fue superado desde adentro por aquellos que continuaron la misión colonizadora, pero interpretaron las palabras bíblicas  de “la tierra prometida” literalmente como un destino manifiesto. En ese contexto, los lugares sagrados, ahora bajo control israelí, asumieron un nuevo significado y se convirtieron en una nueva frontera. Algunos sionistas religiosos ya no estaban contentos con el Muro Occidental, dado que el Monte del Templo estaba a su alcance.

En la década de 1980, hubo dos intentos por parte de grupos militantes judíos de volar los sitios islámicos en el Haram. Desde entonces, los files del Monte del Templo que piden a Israel que afirme el control judío del Haram, han pasado de ser un pequeño grupo marginal a un movimiento con respaldo político. El Instituto del Templo en la Ciudad Vieja, financiado en parte por el gobierno israelí, produce objetos rituales para el Templo, con previsión a su reconstrucción, mientras que las representaciones de sacrificios rituales, que sacerdotes con túnicas blancas simulan, se llevan a cabo anualmente antes de la Pascua, muy cerca del templo Haram al-Sharif. Estas prácticas representan nada menos que una reinvención del judaísmo, dado que ha sido moldeado durante 2000 años por la destrucción del Templo. Estas actividades siguen siendo actividades minoritarias; más populares son las frecuentes visitas grupales de judíos religiosos al Monte, a pesar de las protestas palestinas. Los rabinos ortodoxos habían prohibido durante mucho tiempo las visitas al recinto debido a su carácter sacro. Sin embargo, cada vez más autoridades rabínicas han levantado la prohibición, y estas visitas adquieren un significado ritual, aunque, formalmente, la oración judía sigue estando prohibida, de acuerdo con el status quo vigente.

En los últimos años, el supremacismo judío ha surgido como una ideología hegemónica que legitima el control israelí sobre todo el país, desde el río hasta el mar. Para la derecha radical israelí, la incapacidad o la falta de voluntad de Israel para tomar el control total del Haram es un síntoma de una “soberanía débil”. Esta frustración acentúa la insuficiencia teológica del Muro, como el sitio de ruina permanente y de ausencia. Consecuentemente, dirige la atención al Monte del Templo.

Por lo tanto, la presencia palestina en curso en la mezquita de al-Aqsa aparece como el último obstáculo significativo para la dominación israelí - el sitio tiene una enorme fuerza de movilización entre los palestinos comunes que vienen a defenderlo por miles en momentos como este, y no sorprende que Hamas trató de asociarse a su defensa, mediante el lanzamiento de cohetes desde Gaza.

Los palestinos mantienen el control del lugar más sagrado del país para musulmanes y judíos, no a través de la fuerza militar o negociaciones diplomáticas, sino simplemente continuando allí, con la autoridad moral que su asentamiento les confiere.

El Haram al-Sharif representa un desafío simbólico a la hegemonía judía-israelí que es mucho más importante que la debilitada autoridad de Palestina o los cohetes de Hamas. Esto puede explicar no solo la violencia de la policía israelí al asaltar la mezquita y el alto número de heridos entre los fieles musulmanes esta semana, sino también la multitud de jóvenes israelíes que cantan canciones genocidas de venganza mientras suceden los incendios en Haram al-Sharif. Sin embargo, la magnitud de estos eventos, que en gran parte han pasado desapercibidos, señalan el surgimiento de una versión del judaísmo que fetichiza la roca y el suelo, y persigue una fantasía de redención en la toma de posesión física del sitio del Templo. Por ahora, un escenario tan apocalíptico todavía es poco probable. No obstante, los eventos de esta semana, con el país envuelto por una ola sin precedentes de violencia en nombre de la  autodefensa que amenaza con estallar en una guerra civil, son una demostración de cuán peligrosa ya se ha vuelto esta tendencia.

* Yair Wallach es profesor titular de estudios israelíes y director del Centro de Estudios Judíos de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos(SOAS) en la Universidad de Londres

Traducción de Alfredo Grieco y Bavio

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