Guerra en Ucrania

Tijuana, la puerta rumbo a EEUU que se abre solo para los ucranianos

Familias de refugiados ucranianos en la Unidad Deportiva Benito Juárez en Tijuana (México).

Jo Napolitano

Tijuana (México) —

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En el zigzagueante camino del cruce fronterizo de Tijuana, a un kilómetro y medio de los puestos de tacos y churros que sirven comida tanto a los lugareños como a los turistas, se encuentra un campamento improvisado para refugiados ucranianos que huyen de la invasión y para rusos que huyen de su país para no apoyarla.

Desde febrero, México ha sido su penúltima parada en un periplo de semanas. Tijuana supone un respiro de dos o tres días en el camino hacia un destino mejor, un destino más seguro, donde sus hijos e hijas puedan iniciar un largo proceso hacia la normalidad después de que la guerra haya puesto sus vidas patas arriba.

Estas familias de refugiados, a las que ya solo les separa un viaje en avión para llegar a los estados de Washington, Illinois o Carolina del Sur, en Estados Unidos, se están instalando a lo largo y ancho de Estados Unidos, se alojan en casa de amigos y parientes, solicitan cupones de alimentos y tarjetas de la seguridad social y matriculan a sus hijos en la escuela. Aunque han llegado más lejos que los solicitantes de asilo mexicanos, centroamericanos y haitianos que llevan años esperando esa misma oportunidad, lo cierto es que estos recién llegados a Estados Unidos se enfrentan a muchos obstáculos.

“En Estados Unidos todo es muy diferente”, explica Anastasiia Puzhalina, una refugiada ucraniana que llegó a Estados Unidos a principios de abril junto con su familia. “Nos queda mucho por aprender. Espero que podamos tirar para adelante”.

Más de 5,2 millones de personas han huido de Ucrania desde el inicio de la invasión; otros 7,7 millones han abandonado sus hogares, pero permanecen dentro del país. Según cifras de la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios, las fuerzas rusas han atacado más de 1.000 centros educativos. Es probable que una escuela de arte que daba refugio a 400 personas haya sido incluida en el recuento.

La invasión rusa ha sido caótica, sorprendentemente inepta e insoportablemente brutal, y a menudo la población civil se ha convertido en el blanco de ataque. Han muerto miles de personas. La cifra exacta de muertos es objeto de debate y es posible que no se conozca hasta dentro de unos años. Se están descubriendo fosas comunes con cientos de cadáveres. Las mujeres y las niñas han estado particularmente expuestas a las agresiones sexuales. Por todo ello, las familias que han podido han optado por huir.

Los refugiados que llegan a Tijuana entran en el campamento con expresiones de dolor, tratando de mantener el control tanto de sus hijos como de sus pertenencias, y su ansiedad se hace patente en el tono cortante y la falta de paciencia con los niños agotados que llevan a cuestas. Una vez dentro, su estado de ánimo cambia. Docenas de voluntarios de habla ucraniana y rusa, muchos de los cuales han volado desde Estados Unidos para ayudar, les entregan una botella de agua y un helado, y los acompañan hasta un mostrador de registro donde una risueña mujer asigna a cada persona, pareja o familia un número al que llamarán cuando sea el momento de partir.

Otros trabajadores humanitarios los llevarán a su próxima parada: a menudo el aeropuerto internacional de San Diego.

De hecho, esta es la llamada que espera Puzhalina. Escucha cada número con atención, ansiosa de que llegue el suyo: 2.567. Sentada bajo la sombra de una palmera, explica que su familia se siente segura en el campamento, aunque les recomendaron no aventurarse en la ciudad. Tijuana, con 1,3 millones de habitantes, registró 1.972 homicidios en 2021. En comparación, Nueva York, que tiene más de seis veces el tamaño de Tijuana, registró 485.

La familia no se quedó mucho tiempo en México: a los pocos días, se fueron a Tacoma, una ciudad portuaria situada en el estado de Washington.

No todos saben dónde se mudarán

Anatoli Bassarskii, de 37 años, originario de la ciudad de Chernivtsi, situada en el oeste de Ucrania, aún no tiene claro dónde se mudará con su familia. Independientemente del lugar en el que se instalen, tienen la intención de matricular el en el colegio de inmediato a su hijo Artur, de 10 años, para que pueda aprender inglés y que su educación se vea alterada lo menos posible. A Bassarskii le preocupa que el niño se adapte. “Con la barrera del idioma y las distintas pandillas de niños, me preocupa que sufra acoso”, explica con la ayuda de un intérprete.

Lo cierto es que Artur, un niño muy simpático de ojos azules, ya ha encontrado compañeros de juego en el campamento desde que llegó en abril y cree que hará amigos con la misma facilidad en Estados Unidos. También espera que la escuela en Estados Unidos sea una mejora respecto a la que tenía en Ucrania, con instalaciones mejores y más modernas. Es un chico deportista que sueña con ser dentista, y no está preocupado por su integración. “Estoy seguro de que todo el mundo me saludará”, afirma, con su mochila Nike colgada de los hombros: “Me haré amigo de todos”.

Su padre espera que su hijo esté en lo cierto, porque la familia tiene previsto quedarse. “Queremos quedarnos a vivir en Estados Unidos”, explica Bassarskii.

A los solicitantes de asilo de otras nacionalidades no se les ha dado la misma prioridad. Los refugiados mexicanos, centroamericanos y haitianos, que huyen de las atrocidades de la violencia de las bandas y la pobreza en sus propios países, no pueden acceder al proceso acelerado previsto para los ucranianos, a pesar de que hace años que esperan una oportunidad en la frontera.

Ellos han sido retenidos por una medida fue promulgada en marzo de 2020, en plena irrupción de la pandemia de COVID-19 en Estados Unidos, y llamada Título 42, que, permite a Estados Unidos denegar la entrada por motivos de salud pública. Sus condiciones de vida son atroces: tiendas de campaña endebles, inundadas por las fuertes lluvias y arrastradas por los fuertes vientos, se encuentran sin vigilancia y vulnerables en lugares con un elevado índice de delincuencia como Reynosa, al otro lado de la frontera de la ciudad texana de McAllen.

Un tratamiento desigual para otros solicitantes

Las organizaciones de defensa de los inmigrantes ponen de relieve este trato desigual y señalan que todos los solicitantes de asilo deberían recibir el mismo trato.

“En mi opinión, todos los solicitantes que tienen una reclamación legítima y temen por su vida deberían tener derecho a entrar a Estados Unidos... No debería importar el país de procedencia”, explica al sitio de noticias sin ánimo de lucro 74 la hermana Norma Pimentel, directora ejecutiva de Caridades Católicas del Valle del Río Grande, en el sur de Texas. Su organización ha atendido a cientos de miles de personas que han cruzado la frontera en los últimos años.

Sin embargo, la realidad es muy distinta. La semana pasada, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, que ya se había comprometido a acoger a 100.000 refugiados ucranianos, anunció ‘Unidos por Ucrania’, un programa de inmigración acelerada que permitirá a los que huyen del país llegar a Estados Unidos directamente desde Europa, sin pasar por México. Deben haber estado en Ucrania hasta el 11 de febrero; tener un patrocinador que pueda apoyarlos económicamente (puede ser un individuo o una organización), tener las vacunas administradas y cumplir con otros requisitos de salud pública, así como pasar la verificación de antecedentes. La nueva política entró en vigor el lunes.

La mayoría obtendrá dos años de residencia y autorización para trabajar en Estados Unidos. Los que sigan intentando entrar a Estados Unidos desde Tijuana estarán sujetos al Título 42, pero eso podría no durar mucho. La restricción se levantará el 23 de mayo, aunque a los legisladores de ambos partidos les preocupa que la frontera sur no esté preparada para la afluencia. Pimentel señala que hay decenas de miles de personas esperando entrar, incluidas 9.000 sólo en Reynosa.

A estas preocupaciones se suma el hecho de que el Tribunal Supremo de Estados Unidos ha celebrado esta semana una vista sobre los intentos del Gobierno de Biden de poner fin a los Protocolos de Protección de Migrantes de 2018, que exigen que algunos solicitantes de asilo permanezcan en México mientras se tramita su solicitud en Estados Unidos.

El Servicio de Aduanas y Protección de Fronteras de Estados Unidos ha informado de casi 15.000 identificaciones de refugiados ucranianos y rusos desde principios de año. En ese mismo periodo, registró más de 349.008 encuentros de este tipo con solicitantes de asilo de México, El Salvador, Guatemala, Haití y Honduras.

La llegada a las escuelas

Los hijos de estas familias ucranianas están empezando a llegar a las escuelas del país. En Carolina del Sur, por ejemplo, hay 101 alumnos ucranianos y 29 rusos más que en la misma época del año pasado. A los distritos escolares de Carolina del Sur que han pedido ayuda al estado para la tramitación de la admisión de los recién llegados sin expediente académico se les ha recordado su obligación legal de matricular a estos estudiantes sin dilación. También se les recomienda que busquen servicios de traducción e interpretación adecuados para comunicarse con las familias de los estudiantes.

Saben que parte de estos estudiantes han sufrido traumas y creen que las escuelas, dotadas de fondos desde la pandemia de COVID-19, están probablemente más preparadas para atenderlos que en años anteriores. Y los distritos escolares de Carolina del Sur que cumplan los requisitos verán incrementada la financiación para todos los nuevos inmigrantes, sin importar su país de origen.

“Queremos que se sientan valorados... y acogidos por toda la experiencia que aportan a nuestras comunidades”, dice Susan Murphy, que atiende a los alumnos multilingües a nivel estatal.

Oksana Bevzenko, que llegó a México desde Kiev con tres de sus hijos, de 17, 14 y 4 años, quiere mudarse a Spartanburg (Carolina del Sur). En una tarde de principios de abril, observaba cómo su hija pequeña comía una naranja y juagaba en un gran parque infantil rojo, azul y amarillo cerca del campamento de Tijuana.

Al preguntarle qué esperaba que Estados Unidos diera a sus hijos solo pronunció una palabra: paz.

Anastasiia Puzhalina, que ahora vive en Tacoma, ya ha inscrito a sus hijos en la escuela. Su hijo de 10 años, Illia, había expresado su preocupación por esa transición, le da miedo que no le comprendan porque no habla inglés.

“Tengo miedo de que alguien sea antipático conmigo porque soy un refugiado”, explica cuando regresa al campamento. “Me gustaría poder tener al menos un chico que hable ucraniano o ruso en mi clase para poder sentirme cómodo. Quiero hacer amigos”.

Su hermana de 6 años, Virsaviia, comparte la inquietud de su hermano, y señala que le gustaría que su primo pudiera estar en su clase. La madre explica que los dos primos se llevan un año.

Los niños comenzaron la escuela el 21 de abril. “El primer día, volvieron encantados”, explica su madre: “Recordaban los nombres de sus profesores, pero no recordaban algunos nombres de sus nuevos amigos porque suenan muy diferentes a los nuestros en ucraniano. Les gustó el almuerzo: hamburguesas y leche con chocolate. Para ellos, ese desayuno es un sueño. Van a clases de inglés la mayor parte del tiempo. Para ellos, esta experiencia es como una película americana”.

Se hace difícil alinear esas imágenes con los momentos de terror que vivió la familia hace apenas unas semanas.

Los alimentos se agotaban y los mercados locales estaban vacíos en Slavutych, la ciudad natal de Puzhalina, cerca de la frontera con Bielorrusia. Finalmente, su comunidad se quedó sin gas ni electricidad. La familia se vio obligada a cocinar toda la comida a la vez, al aire libre, con una llama abierta alimentada por la leña que recogían de un bosque cercano, para que no se pudriera.

No tenían Internet, ni teléfonos móviles que funcionaran, ni forma de ver o escuchar las noticias de lo que ocurría en Slavutych. La región circundante ya había sido bombardeada y las fuerzas rusas habían destruido los principales puentes.

Puzhalina explica que pidió a Dios que le diera “silencio en su corazón” para que ella y su marido supieran el momento exacto para escapar con sus tres hijos. Así que esperó a que dejara de oír las bombas que caían en la distancia. En ese momento, un vecino llamó a su puerta para decirle que algunas familias de su comunidad se estaban preparando para salir.

“En ese momento, hice las maletas y nos fuimos”, afirma, apretando un puño cerrado contra su pecho.

Tras dos días de viaje, cruzaron a Polonia el 15 de marzo. La hermana de Puzhalina los acogió durante una semana antes de pasar a Alemania, donde se quedaron con otro pariente durante casi 14 días.

Finalmente, el cuñado de Puzhalina ayudó a la familia a comprar los billetes de Fráncfort a Ámsterdam, a Ciudad de México y, finalmente, a Tijuana, donde llegaron el 7 de abril. Cuenta que sólo hay una manera para describir que la familia hiciera todo ese recorrido sin problemas: “Fue un milagro”.

Este reportaje es una colaboración de The Guardian y 74, un medio sin ánimo de lucro y no partidista que cubre temas de educación en Estados Unidos.

Traducción de Emma Reverter.

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