Nada fue como esperaba

Trump busca desesperado una salida de Irán tras sembrar el caos y sin rastro de los objetivos con los que justificó la guerra

Andrés Gil

Corresponsal en Washington —

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Por el estrecho de Ormuz pasaba el 20% del comercio del petróleo mundial hasta el 28 de febrero. Desde entonces, día en que empezaron los bombardeos de EE.UU. e Israel sobre Irán, Teherán cerró la canilla de manera selectiva, e incluso hay informaciones que apuntan a que está cobrando a los escasos barcos que deja pasar, con lo que todo eso supone de disrupción en el comercio mundial no sólo de petróleo, sino de fertilizantes. Las consecuencias finales de todo eso se trasladan al estadounidense que va a la estación de servicio y al que tiene unas tierras que cultivar en plena primavera.

Por el camino, murieron 13 soldados estadounidenses, dos pilotos tuvieron que ser rescatados tras ser derribado su F-15 hace una semana. Además, EE.UU. asesinó a 200 personas en un colegio de niñas en Irán el primer día de los bombardeos, el 28 de febrero, y, según la Media Luna Roja, murieron ya 1.900 personas en Irán desde el inicio de los ataques.

El 27 de febrero, Irán estaba sometido a sanciones por sus violaciones a los derechos humanos y por sus programas nucleares, pero a partir de las negociaciones para el alto el fuego anunciado por Donald Trump, se están abordando “el alivio de aranceles y sanciones con Irán”, según el propio presidente, un asunto que hasta la fecha era innegociable.

Antes de los bombardeos de Trump y Benjamin Netanyahu, había una relativa paz en Líbano. Pero, desde entonces, murieron más de 1.800 personas a manos de un Ejército israelí que está invadiendo el sur del país con la justificación de combatir a Hezbollah, milicia aliada de Teherán.

Del mismo modo, hasta el 28 de febrero, los países del Golfo Pérsico vivían sin grandes temores a ser alcanzados por misiles iraníes, y desde aquel día se registraron ataques diarios a sus países por ser aliados de EE.UU. y albergar incluso bases militares estadounidenses en sus territorios.

Argumentos cambiantes

Trump fue cambiando de argumentos a medida que avanzaba una guerra que se encuentra en un frágil alto el fuego de dos semanas, y fue, también, agriando su discurso hasta llegar a amenazas apocalípticas de carácter genocida, como las de aniquilar “una civilización entera” si Teherán no devuelve el estrecho de Ormuz al estado en el que se encontraba el día antes de que comenzaran los bombardeos de EE.UU. e Israel.

De hecho, el presidente de EE.UU. calentaba la víspera de las negociaciones de este sábado en Islamabad acusando a Irán en un post en Truth Social: “Está actuando de forma muy deficiente, algunos dirían que deshonrosa, con el paso del petróleo por el estrecho de Ormuz. ¡Ese no es el acuerdo que tenemos!”.

En paralelo, el argumento de la “amenaza inminente” de Irán, usado por la Administración Trump para justificar los ataques, se vio desmentido por la falta de aval por parte de algún servicio de información estadounidense que respalde esa tesis. Así, el responsable antiterrorista de EE.UU. renunció el pasado 17 de marzo por la guerra contra Irán. Joe Kent, director del Centro Nacional de Contraterrorismo, afirmó que no podía, “en buena conciencia”, respaldar la guerra de la Casa Blanca. “Irán no representaba ninguna amenaza inminente para nuestra nación y está claro que iniciamos esta guerra debido a la presión de Israel y de su poderoso lobby en Estados Unidos”, decía en una carta pública.

A siete meses de las elecciones legislativas de mitad de mandato, en las que la Casa Blanca se juega el control absoluto que tiene sobre el legislativo con la guerra más impopular de la historia reciente de EE.UU., la ofensiva en Irán contradice dos grandes ejes de la agenda política de Trump: que EE.UU. sea lo primero –America First– y que él fuera a conseguir aumentar la capacidad adquisitiva de la ciudadanía estadounidense haciendo que bajen los costos de vida, como la canasta de la compra y la vivienda.

Y todo eso lo hace estallar de una manera que no hizo ningún presidente anteriormente, lo que demuestra la fragilidad del momento. Así, Trump no sólo amenaza con liquidar “una civilización entera” y habla de “puto estrecho” y de “malditos bastardos” en un lunes de Pascua, sino que pierde los papeles ante las críticas de antiguos trumpistas de primera hora y referentes MAGA por señalar sus excesos verbales y políticos.

Así, el presidente de EE.UU. busca una salida de forma desesperada a una situación que agrieta a sus bases, que lo enfrenta con líderes de opinión de su familia política y que empobrece a su ciudadanía en pleno año electoral. Y, todo esto, redoblando los enfrentamientos con sus supuestos aliados europeos y de la OTAN, que no quisieron embarcarse en una guerra ilegal ni en la gestión de los efectos no previstos por la Casa Blanca de sus bombardeos: el cierre del estrecho de Ormuz.

Un plan inflado

Según publicó The New York Times, el presidente de EE.UU. tomó una decisión que contaba con muchas resistencias en su equipo. El diario neoyorquino reveló cómo Trump decidió entrar en guerra tras una presentación israelí y a pesar de las profundas divisiones dentro de su equipo. En una reunión celebrada el 11 de febrero en la Sala de Situación, Netanyahu presentó un plan de cuatro puntos para un cambio de régimen, que incluía un montaje de video con posibles líderes sustitutos, como Reza Pahlavi. JD Vance estaba en Azerbaiyán.

Acompañado por el jefe del Mossad, David Barnea, y por militares, Netanyahu argumentó: el programa de misiles balísticos de Irán podría ser destruido en cuestión de semanas; el régimen estaría demasiado débil para cerrar el estrecho de Ormuz; las protestas callejeras, fomentadas con la ayuda del Mossad, podrían desencadenar un levantamiento; combatientes kurdos de Irak podrían abrir un frente terrestre en el noroeste. La respuesta de Trump, según el NYT, fue: “Me parece bien”.

Al día siguiente, el director de la CIA, John Ratcliffe, calificó el escenario de cambio de régimen de “ridículo”, y el secretario de Estado, Marco Rubio, añadió: “Es una tontería”. El general Dan Caine le dijo al presidente: “Según mi experiencia, este es el procedimiento habitual de los israelíes. Exageran, y sus planes no siempre están bien desarrollados”.

El 26 de febrero, en una reunión final, la oposición era clara, pero estaba dividida, según The New York Times. El vicepresidente, JD Vance, advirtió de que la guerra podría agravarse y agotar los recursos de EE.UU., pero dijo: “Sabés que creo que es una mala idea… pero te apoyaré”. Rubio dijo que el cambio de régimen era poco realista, pero que destruir el programa de misiles de Irán era factible. El secretario de Guerra, Pete Hegseth, fue el mayor defensor de la guerra. Los mandos militares expusieron los riesgos, entre ellos el agotamiento de municiones y la amenaza para Ormuz, pero ninguno llegó a oponerse.

El NYT destaca la ausencia de miembros de la Administración clave, responsables de gestionar las consecuencias de la guerra, como el secretario del Tesoro, Scott Bessent, y la directora de Inteligencia Nacional, Tulsi Gabbard. Trump fue preguntando a sus asesores cuál era su opinión y luego tomó la decisión: “Creo que tenemos que hacerlo”. Los ataques comenzaron dos días después.

Kent, exdirector del Centro Nacional de Contraterrorismo, decía en una entrevista con Tucker Carlson: “A un buen número de los principales responsables de la toma de decisiones no se les permitió acudir y expresar su opinión ante el presidente. No existió un debate sólido”.

“Fueron los israelíes quienes impulsaron la decisión de llevar a cabo esta acción”, le dijo Kent a Carlson. Kent señaló que Netanyahu y otros dirigentes israelíes presionaron a Trump, muchas veces con información que los funcionarios estadounidenses no podían confirmar: “Cuando escuchábamos lo que decían, no se correspondía con lo que indicaban los canales de inteligencia”.

Y ahora seis semanas después, Trump ve que, efectivamente, el plan israelí estaba inflado: el régimen de los ayatolás sigue al mando en el país incluso después del asesinato del líder supremo; Irán aún posee cientos de kilos de uranio enriquecido y sigue teniendo misiles, con los que incluso derribó un F-15 la pasada semana; tiene capacidad para controlar el estrecho de Ormuz; no hay ningún levantamiento provocado por supuestas protestas callejeras; los kurdos iraquíes tampoco están abriendo un nuevo frente; y los aliados de Irán, como Hezbollah, siguen operativos. Además, el combustible está por encima de los cuatro dólares el galón en EE.UU., cuando Trump aseguraba, de forma exagerada, en todo caso, que con su mandato había bajado de dos dólares.