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Opinión Medio ambiente

El agujero del mundo

“Extractivismo verde” o “colonialismo energético” son los nombres de esa nueva dinámica de extracción capitalista y de apropiación de materias primas, bienes naturales y mano de obra para llevar a cabo la “transición energética verde”.

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Estamos atravesando una profunda crisis civilizatoria (multidimensional y multiescalar) que afecta la vida en el planeta Tierra. Aquí, el componente ambiental es uno más entre otros, en una conjunción sinérgica de las fallas de la racionalidad/modernidad: crisis económica y financiera; de seguridad y justicia; ecológica, ambiental, climática, epidemiológica, bélica, ontológica, moral y existencial.

En este marco, los poderes corporativos, estatales, multilaterales e incluso científico-tecnológicos, vienen construyendo respuestas a la crisis sin alterar los patrones de dominación que articulan en el sistema mundo: capitalismo, colonialismo y patriarcado. Centrados en la métrica de la descarbonización, proponen una transición energética corporativa bloqueando dinámicas de transiciones justas, populares y democráticas.

Luego de décadas de debates, acuerdos internacionales, informes del Panel Intergubernamental de Cambio Climático y COPs, la situación relacionada con el cambio climático no sólo no ha mejorado sino que empeora minuto a minuto. Las soluciones propuestas siguen siendo las mismas: crecimiento sostenido en un marco neoliberal y antropocentrista, sin plantear la histórica deuda ecológica del Norte Global.

La transición energética corporativa tiene una impronta netamente mercantilista, colocando la energía en la esfera de la mercancía capitalista y adoptando abordajes estrictamente físicos y tecno-económicos. Es decir, de cómo intercambiar recursos naturales no renovables por renovables para diversificar la matriz energética persiguiendo la acumulación de capital por descarbonización (Argento & Kazimierski, 2022) y la adaptación para articular la nueva red de poder global.

Para que China, Estados Unidos y Europa transiten hacia la desfosilización se crean nuevas zonas de sacrificio en las periferias mundiales. Este proceso empieza a conocerse en el activismo y en la academia crítica como “extractivismo verde” o “colonialismo energético”: una nueva dinámica de extracción capitalista y de apropiación de materias primas, bienes naturales y mano de obra, especialmente en el sur global (aunque no de modo exclusivo), con el propósito de llevar a cabo la “transición energética verde”.

Sostener este nuevo ciclo de acumulación capitalista energívoro y encapsulado en la descarbonización requiere deglutir más materiales, más cuerpos, territorios y biodiversidad. En este sentido, la neocolonialidad de América Latina continúa su expoliación.

Hace solo unos meses se publicó el “Reporte de la economía circular”, un trabajo realizado por la Fundación Economía Circular en colaboración con la CEPAL, el BID y el PNUMA (Circle Economy Foundation, 2023).

El informe aporta información sensible producida por fuentes insospechadas de ser parte de una propuesta ecologista radical, información que nos permite observar el contexto en el cual se está dando el incremento de presión sobre los territorios para abastecer de materiales al norte global. Si bien los datos son de 2018 (ya que según los autores no hay información consolidada más reciente), los mismos brindan una referencia ineludible para pensar en la actitud de la región frente al crecimiento de la demanda de materiales por parte de la Unión Europea a partir de sus nuevas y agresivas políticas en este sentido, en particular el requerimiento de los llamados materiales críticos para la transición energética.

Como sabemos, América Latina es una región rica en naturaleza, en “recursos” y desde la época de la conquista es fuente de materiales de todo tipo. En un principio, lo movilizado era básicamente biomasa y minerales metálicos (oro y plata, por ejemplo); a esto se sumaron con el tiempo combustibles fósiles y minerales no metálicos.

Tal es la riqueza material de América Latina que es una de las regiones que menos materiales importa, pero proporcionalmente es la región que más materiales extrae y exporta.

En este caso no hablamos de dinero, sino de cantidades físicas de “cosas”, de toneladas de “cosas” que se generan o se extraen de nuestro continente y se van a otros. Por eso el análisis de la extracción y circulación se mide en toneladas, toneladas de cosas.

La estadística analizada contempla cuatro tipos de materiales: biomasa que incluye desde la soja, el trigo, la caña de azúcar, el aguacate, la palma, la madera balsa y muchos más; combustibles fósiles, petróleo, gas y carbón básicamente; minerales metálicos como el oro, la plata, el cobre, el zinc y el hierro y minerales no metálicos como el azufre o la estrella mayor el litio.

En los últimos 50 años, América Latina y el Caribe cuadruplicó la extracción doméstica de materiales. En el año 2018, la región tuvo una extracción doméstica de materiales de 10.684 millones de toneladas de “cosas”. De ese total, la biomasa extraída es un 48% del total, los minerales metálicos un 24%, los minerales no metálicos un 21% y los combustibles fósiles un 6%.

Por supuesto, en todas las regiones del mundo se extraen materiales para ser procesados de alguna manera, que luego se utilizan básicamente para viviendas e infraestructuras, alimentación, productos manufacturados, movilidad, servicios, sanidad, educación y comunicación. Si bien todas las regiones extraen materiales, en América Latina y el Caribe se dan dos particularidades.

En primer lugar, la alta cantidad de extracción por habitante. Mientras la extracción mundial per cápita es de 12,2 toneladas y la de la Unión Europea de 10,3 toneladas, la de América Latina y el Caribe es de 16,6 toneladas. El mismo estudio estima en 8 toneladas per cápita el consumo “sostenible” de materiales.

En segundo lugar, y un dato sumamente relevante, es que de las 10.684 millones de toneladas extraídas en 2018, se exportaron 4.305 millones. Es decir, de cada 10 toneladas de “cosas” que se extraen, 4 se exportan. El 60% de estas extracciones se destinan a la región de Asia-Pacífico y el 13% a Europa. Es importante resaltar que en el caso de los minerales metálicos es casi el doble lo exportado que lo utilizado regionalmente.

Así, Estados Unidos, a través de su Servicio Geológico (USGS por sus siglas en inglés), actualiza regularmente su listado de minerales críticos, que incluye en su última versión 50 minerales. La Unión Europea cuenta con su propio listado, que incluye 34 minerales y otras materias primas, y China posee 28 minerales. Algunos de estos minerales son: zinc, litio, magnesio, manganeso, aluminio, cobalto, cobre, disprosio, acero, níquel, platino, praseodimio, silicio, carburo de silicio, terbio y las llamadas tierras raras (escandio, itrio, lantano, cerio, praseodimio, neodimio, prometeo, samario, europio, gadolinio, terbio, disprosio, holmio, erbio, tulio, iterbio y lutecio).

Las tecnologías para aprovechar las fuentes renovables de energía utilizan muchos de estos minerales. La investigadora Alicia Valero, en su estudio, no solo da cuenta de los minerales que demanda la fabricación de tecnologías de energías renovables, sino también de los limitantes de los mismos para un crecimiento sostenido de la demanda de energía, concluyendo que no hay posibilidad de sostener un crecimiento infinito de la demanda de energía debido a la escasez de estos minerales.

América Latina posee gran parte de las reservas de muchos de estos minerales y bienes energéticos comunes. En este contexto, en el que el Norte Global demanda más energía y más minerales, articulan distintas estrategias para obtener los tan preciados minerales. Desde golpes de Estado a un delicado delineado de normativas internacionales. Recordar el golpe de Estado en Bolivia en 2019, seguido de las declaraciones de Elon Musk en Twitter: “¡Golpearemos a quien queramos! Asúmelo” (“We will coup whoever we want! Deal with it”). Recientemente, el actual presidente de Argentina, Javier Milei, declaró: “Musk está sumamente interesado en el litio, al igual que el gobierno de Estados Unidos y muchas empresas de ese país”.

En el mismo sentido, Laura Richardson, jefa del Comando Sur de Estados Unidos, en 2022 declaró la necesidad de “cuidar” los recursos estratégicos de la región, amenazados por China y Rusia. Además, en una entrevista del Atlantic Council (2023), el 19 de enero de 2023, sostuvo que: “(…) tuvimos una reunión por Zoom con los embajadores de Argentina y Chile, y luego, también el vicepresidente de operaciones globales de Albemarle [empresa que opera en Argentina y Chile] para hablar sobre el litio (…) y cómo podemos ayudar, a quién más podemos traer a la mesa para ayudarnos a resolver este problema y eliminar a nuestros adversarios al formar equipo entre nosotros y con otros”.

Por su parte el Parlamento Europeo en marzo de 2023 votó la Ley de Materias Primas Fundamentales.

La necesidad del poder corporativo mundial es tal debido a que bajo el paradigma energívoro y de crecimiento ilimitado, para lograr emisiones de carbono neutrales a 2040 es necesario multiplicar por 42 veces la extracción de littio, por 25 la de grafito, por 21 la de cobalto, 19 la de niquel y 7 veces las de tierras raras (IEA, 2021).

Esta compleja red de poder articula el Norte Global a partir de la narrativa de transición energética corporativa, permea algunas organizaciones de América Latina. Así la Organización Latinoamericana de Energía (Olade) publicó en febrero de 2024 el documento “Los minerales críticos para las transiciones energéticas de América Latina y el Caribe” (Siroit, 2024). Donde alineándose con las necesidades impuestas plantea: “ALC tiene ante sí grandes retos. Duplicar la producción de cobre si quiere descarbonizarla economía para 2050 (Net-Zero). Multiplicar diez veces la producción de litio en los próximos 20 años”.

En este sentido, el documento plantea una serie de desafíos sociales, ambientales, económicos y de gobernanza. Enuncia también que “la minería se convierta en un nuevo vector de desarrollo socioeconómico”; la pregunta: ¿desarrollo para quienes?

Los modelos implementados hasta el momento solo han profundizado aún más las brechas de desigualdades además de incrementar todos los indicadores que dan cuenta de un colapso civilizatorio inminente. Es necesario pensar transiciones energéticas populares, con justicia socioambiental y democrátizadoras, enmarcadas en una transición ecosocial y en otras epistemologías del desarrollo y la felicidad.

Pablo Bertinat, director del Observatorio de Energía y Sustentabilidad de la Universidad Tecnológica Nacional.

Jorge Chemes, dirigente agropecuario, UNRN - CONICET - Energía y Equidad.

JJD

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