Opinión

Sobre el Anticristo entre nosotros: una respuesta a Juan Grabois

El Papa Francisco

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El 20 de junio, elDiarioAR publicó un artículo en el que Juan Grabois identificaba a los críticos de Jorge Bergoglio con el Anticristo, que busca “apartar al Pueblo del camino estrecho de la peligrosa búsqueda del bien común y la justicia”. El texto concluía con un llamamiento a los fieles para “actuar en consecuencia”. Mi primera reacción al leer semejante denuncia fue la sorpresa. Por mi profesión de historiador, he frecuentado argumentos propagandísticos y filosóficos formulados durante las guerras de religión en Europa y, con toda honestidad, algunos pasajes permiten remontarse a esas lecturas, lo cual se tradujo en una sensación de extrañeza, reacción seguramente habitual ante el anacronismo. 

Por otro lado, resultaba probable que detrás del artículo existiera un convencimiento profundo y genuino, que ha de ser fuente de satisfacción para quien lo experimenta. Una persona que cree que el Anticristo camina entre nosotros debe estar pensando en la Bestia del Apocalipsis (13, 1-18) o en el Anticristo de la segunda epístola de Juan (1, 7), lo que significa que el Juicio está cerca. Será entonces que el verdadero creyente obtendrá la visión de Cristo en su Gloria para toda la eternidad, mientras que quienes nos hemos apartado de ese camino o nunca lo hemos seguido nos veremos privados de ella. Es posible que, para quienes creen, la certeza de tal inminencia sea fuente de solaz o, quizás, de gozo.

Temo además que puedo, con toda legitimidad, verme comprendido entre los señalados por Grabois. Muchas veces en privado, y ahora en público, critiqué a Jorge Bergoglio. Sería ridículo que a Bergoglio o al papado les preocupara mucho esa crítica, pero la he formulado. La última vez fue cuando el actual papa expresó que “es el momento de liberarnos definitivamente de la herencia de la Ilustración, que llevaba la palabra cultura a un cierto tipo de formación intelectual o pertenencia social”. Soy contumaz en tal comportamiento, pues ya había sido crítico hace dos años, cuando el papa llamó a las universidades católicas a “sobreponerse al legado de la Ilustración” para promover en cambio “una visión correcta de la humanidad y del mundo”. Me opuse a esas ideas de Bergoglio por cuatro motivos. Primero, difícilmente pueda sostenerse hoy que haya una sola visión correcta de la humanidad y del mundo. Segundo, pienso que la Ilustración tiene todavía mucho para darnos: por supuesto, siento una gran distancia con muchas expresiones del pensamiento ilustrado, pero igual compromiso con un componente fundamental de ese movimiento, que es el desafío de saber más y de criticar racionalmente ese saber siempre provisorio. Tercero, muchos estamos todavía a favor de la separación de la Iglesia y el Estado, también hija dilecta del movimiento ilustrado, seguramente en la versión radical que tan bien estudió Jonathan Israel y que sin dudas el papa rechaza. Cuarto, las expresiones de Bergoglio muestran una comprensión muy sesgada de qué fue la Ilustración. Cualesquiera fueran los motivos del desacuerdo, el artículo de Grabois desnudó que, para algunas personas, quienes así pensamos podríamos ser identificados con el Anticristo. 

Pero no quiero concluir estas líneas con una respuesta al autor del artículo que tanto me sorprendió, sobre todo porque es dudoso que nada que pueda escribirse esté en grado de hacerlo cuestionar su convicción. Sí intentaría, en cambio, dirigir apenas unas pocas líneas de respuesta a quienes leyeron el argumento de Grabois y no lo encontraron inquietante, sino incluso simpático. A esas personas quisiera, si me lo permiten, presentarles un argumento muy breve. La política está hecha de acuerdos y de conflictos. Entre los conflictos, quizás uno de los más relevantes de nuestro tiempo sea la disputa contra la opresión y la desigualdad, que muchos compartimos. Pero el texto en cuestión presenta esas luchas no ya solamente como una guerra, sino como una guerra santa, que enfrenta a los benditos y los condenados, a “los seguidores de Jesús” y “los personeros de un sistema abyecto”. Esa forma de ver el mundo es propia de un fanatismo religioso que, por definición, debe expresarse a ambos lados de la contienda y solo encuentra consuelo en dos posibilidades: la conversión del otro y la destrucción de quienes no se convierten. Por mi profesión, como dije, aprendí algunas cosas sobre los siglos XVI y XVII, tiempos aquellos de guerras de religión en Occidente. Una de las conclusiones más importantes que pude extraer de esos estudios es que las guerras de fe no terminan cuando uno de los bandos vence, sino cuando se decide dejar de pelearlas en esos términos. Por nuestro bien, en este mundo ya que no creo que haya otro, espero que no volvamos a olvidar esa particularidad, que se había vuelto dolorosamente obvia hace largo tiempo.

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