Opinión

Argentina, efecto rebote y salto a la clasificación

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En los aprontes para leer de antemano los atributos futbolísticos de Polonia, figuraba que tenían jugadores blancos, altos y en general torpes con la pelota en los pies, con un juego similar al de una selección europea de básquet. Digamos Serbia por decir algo. 

Al tener como mandato el ejercicio de la modestia, y no cualquiera sino la polaca, que tiene listas de grandes hitos de sacrificio y entrega, entró a jugarse la clasificación del grupo con un refuerzo sobrenatural de su identidad. Si con un empate podía pasar, ¿para qué asomar la cabeza afuera de la trinchera? El técnico Czesław Michniewicz, admirador desinhibido de José Mourinho, tomó como referencia principal de la disputa la necesidad que Argentina tenía de ganar para no prestarse a ninguna lotería, y armó el esquema de resistencia. 

El dibujo, totalmente fijo, como de estatuas vivientes a las que después de cumplir sus tareas no se les permite volver a sus casas, se vio perfecto. Eran ya no dos líneas de cuatro o una de cuatro y otra de cinco, sino un scrum de nueve jugadores, liberando o confinando a Lewandowski al ostracismo del goleador incomprendido tomador de mate, volatilizado por Romero y Otamendi, quienes le aplicaron con aspereza los conceptos say no more cada vez que bajó a pivotear o marcó con el brazo en alto el cabezazo.    

Polonia agregó, además, un detalle técnico, que fue el de tener esas líneas de contención no sólo muy retrasadas sino angostas, para obligar a Argentina a llegar por afuera y lanzar centros con la ventaja de defenderlos con saltadores de dos metros.  Parece un hecho insignificante, pero durante el primer tiempo el plan de Polonia era bajarle a Argentina sus niveles de juego interior, que es el recurso que le da confianza y atemoriza a sus rivales. Pero al intentarlo marcando en zona, conteniendo sólo posicionalmente sin arriesgarse a interrumpir, Argentina creció en chances y en intimidad con la pelota. 

Como el cántaro que sabe que la fuente se rompe si va muchas veces (esta frase es bastante boluda, pero la dejo porque estoy apurado), Argentina comenzó a alternar llegadas por los laterales con Di María cambiando los ángulos de ataque y los ascensos cotidianos de Acuña y Molina. Mientras, seguía machacando por adentro, de arriba hacia abajo, con retrocesos de Julián Alvarez y llegadas de Mac Allister, sin dejar de bordear el área con una tenencia de asedio.

Las estrategias y el estado mental de los dos equipos estaban tan consolidados que el penal que Szczesny le atajó a Messi, de rarísima sanción (tan rara como cobrar en el partido de hoy un penal del mes que viene), no alteró la conversación de un partido en el que siempre habló uno solo.

El gol de Mac Allister instaló un parámetro realista, y Polonia pasó de la lucha estratégica, que nunca llegó a ser física -ni siquiera territorial- porque para que eso ocurra hay que pasar más o menos cerca de la pelota, a un extraño protagonismo inspirado en la inanidad. No se podía creer semejante concesión a la Argentina, que siguió con la misma tenencia, en la misma geografía, pero en un formato a medio camino de la humillación y la indiferencia.

El gol de Julián Alvarez ocurrió en un instante de esas vacaciones. Había que pasar el hilo por el ojo de una aguja del diámetro de un tanque australiano, y listo. La justicia poética quiso que la conexión fuese entre él y Enzo Fernández, que en el primer tiempo ya se habían movido con el conocimiento mutuo de una pareja de tenis.

La clasificación ya estaba asegurada. Michniewicz, con menos Plan B que Javier Milei, apostó a la piedad de Argentina, que sin duda la tuvo, y a invertir en un sufrimiento que le deparará un futuro de stents. Pero, ¿el sufrimiento no es también un mérito, aunque sea de los secundarios? 

El único que parecía querer tomar un poco más sangre era Messi. Bajó con frecuencia a hacer el primer pase de composición, gambeteó, giró para uno y otro lado centrifugando polacos pegadizos, definió contra Szczesny una escapada de Enzo Fernández por la izquierda. ¿Y todo para qué? Para sacarle una infracción a Lewandowski y hacerle el esquinazo a la disculpa. Es decir que ya entonces, con el drama concentrado en ese puterío, lo que había que entender era que el partido ya había muerto. Faltaba saber si con él moriría también Polonia, cosa que al no ocurrir lo instala en la memoria de los mundiales como el Clasificado de la Nada.

Al contrario de lo que ocurrió con los otros equipos que llegaron a Qatar como candidatos, Argentina fue el de la parábola ascendente más pronunciada de la serie de grupos. En principio, se trata de una curva que no significa nada en sí misma, excepto que el inicio del trazo comenzó tan abajo que tiene algo del efecto rebote. 

En el horizonte, amarilla, ardua y sólida, con buenos índices de represión defensiva, sin posesión pero racional en el uso de sus bienes, se asoma Australia. Hay que jugarle como si enfrente estuvieran Francia, Inglaterra y Brasil juntos. Lo demás, viene solo. 

JJB

En los aprontes para leer de antemano los atributos futbolísticos de Polonia, figuraba que tenían jugadores blancos, altos y en general torpes con la pelota en los pies, con un juego similar al de una selección europea de básquet. Digamos Serbia por decir algo. 

Al tener como mandato el ejercicio de la modestia, y no cualquiera sino la polaca, que tiene listas de grandes hitos de sacrificio y entrega, entró a jugarse la clasificación del grupo con un refuerzo sobrenatural de su identidad. Si con un empate podía pasar, ¿para qué asomar la cabeza afuera de la trinchera? El técnico Czesław Michniewicz, admirador desinhibido de José Mourinho, tomó como referencia principal de la disputa la necesidad que Argentina tenía de ganar para no prestarse a ninguna lotería, y armó el esquema de resistencia. 

El dibujo, totalmente fijo, como de estatuas vivientes a las que después de cumplir sus tareas no se les permite volver a sus casas, se vio perfecto. Eran ya no dos líneas de cuatro o una de cuatro y otra de cinco, sino un scrum de nueve jugadores, liberando o confinando a Lewandowski al ostracismo del goleador incomprendido tomador de mate, volatilizado por Romero y Otamendi, quienes le aplicaron con aspereza los conceptos say no more cada vez que bajó a pivotear o marcó con el brazo en alto el cabezazo.    

Polonia agregó, además, un detalle técnico, que fue el de tener esas líneas de contención no sólo muy retrasadas sino angostas, para obligar a Argentina a llegar por afuera y lanzar centros con la ventaja de defenderlos con saltadores de dos metros.  Parece un hecho insignificante, pero durante el primer tiempo el plan de Polonia era bajarle a Argentina sus niveles de juego interior, que es el recurso que le da confianza y atemoriza a sus rivales. Pero al intentarlo marcando en zona, conteniendo sólo posicionalmente sin arriesgarse a interrumpir, Argentina creció en chances y en intimidad con la pelota. 

Como el cántaro que sabe que la fuente se rompe si va muchas veces (esta frase es bastante boluda, pero la dejo porque estoy apurado), Argentina comenzó a alternar llegadas por los laterales con Di María cambiando los ángulos de ataque y los ascensos cotidianos de Acuña y Molina. Mientras, seguía machacando por adentro, de arriba hacia abajo, con retrocesos de Julián Alvarez y llegadas de Mac Allister, sin dejar de bordear el área con una tenencia de asedio.

Las estrategias y el estado mental de los dos equipos estaban tan consolidados que el penal que Szczesny le atajó a Messi, de rarísima sanción (tan rara como cobrar en el partido de hoy un penal del mes que viene), no alteró la conversación de un partido en el que siempre habló uno solo.

El gol de Mac Allister instaló un parámetro realista, y Polonia pasó de la lucha estratégica, que nunca llegó a ser física -ni siquiera territorial- porque para que eso ocurra hay que pasar más o menos cerca de la pelota, a un extraño protagonismo inspirado en la inanidad. No se podía creer semejante concesión a la Argentina, que siguió con la misma tenencia, en la misma geografía, pero en un formato a medio camino de la humillación y la indiferencia.

El gol de Julián Alvarez ocurrió en un instante de esas vacaciones. Había que pasar el hilo por el ojo de una aguja del diámetro de un tanque australiano, y listo. La justicia poética quiso que la conexión fuese entre él y Enzo Fernández, que en el primer tiempo ya se habían movido con el conocimiento mutuo de una pareja de tenis.

La clasificación ya estaba asegurada. Michniewicz, con menos Plan B que Javier Milei, apostó a la piedad de Argentina, que sin duda la tuvo, y a invertir en un sufrimiento que le deparará un futuro de stents. Pero, ¿el sufrimiento no es también un mérito, aunque sea de los secundarios? 

El único que parecía querer tomar un poco más sangre era Messi. Bajó con frecuencia a hacer el primer pase de composición, gambeteó, giró para uno y otro lado centrifugando polacos pegadizos, definió contra Szczesny una escapada de Enzo Fernández por la izquierda. ¿Y todo para qué? Para sacarle una infracción a Lewandowski y hacerle el esquinazo a la disculpa. Es decir que ya entonces, con el drama concentrado en ese puterío, lo que había que entender era que el partido ya había muerto. Faltaba saber si con él moriría también Polonia, cosa que al no ocurrir lo instala en la memoria de los mundiales como el Clasificado de la Nada.

Al contrario de lo que ocurrió con los otros equipos que llegaron a Qatar como candidatos, Argentina fue el de la parábola ascendente más pronunciada de la serie de grupos. En principio, se trata de una curva que no significa nada en sí misma, excepto que el inicio del trazo comenzó tan abajo que tiene algo del efecto rebote. 

En el horizonte, amarilla, ardua y sólida, con buenos índices de represión defensiva, sin posesión pero racional en el uso de sus bienes, se asoma Australia. Hay que jugarle como si enfrente estuvieran Francia, Inglaterra y Brasil juntos. Lo demás, viene solo. 

JJB

En los aprontes para leer de antemano los atributos futbolísticos de Polonia, figuraba que tenían jugadores blancos, altos y en general torpes con la pelota en los pies, con un juego similar al de una selección europea de básquet. Digamos Serbia por decir algo. 

Al tener como mandato el ejercicio de la modestia, y no cualquiera sino la polaca, que tiene listas de grandes hitos de sacrificio y entrega, entró a jugarse la clasificación del grupo con un refuerzo sobrenatural de su identidad. Si con un empate podía pasar, ¿para qué asomar la cabeza afuera de la trinchera? El técnico Czesław Michniewicz, admirador desinhibido de José Mourinho, tomó como referencia principal de la disputa la necesidad que Argentina tenía de ganar para no prestarse a ninguna lotería, y armó el esquema de resistencia.