Opinión

Balada para una prisionera

Martin Rodríguez rojo Perdón que interrumpa

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Te exijo en nombre de tu piel

Litto Nebbia

¿Qué se puede hacer salvo comentar películas? Una de la que hablan todos: “Una casa sin cortinas”, de Julián Troksberg. El documental va hacia el “enigma” de Isabel Perón. Decirle figura “maldita” repetiría en ese supuesto aura un modo de decir sin decir. Sacarse de encima la particularidad y envolver a Isabel en lo que están envueltas otras estelas mórbidas como su amigo López Rega, esa suerte de “peronismo sin pueblo”, espiritista, etapa inferior del “peronismo sin Perón” de Vandor. El documental se apoya en el rumor, las dudas y subestimaciones de casi todos los que testimonian y ven lo que se ve: un personaje secundario, decorativo, o, en tal caso, potente sólo para la intimidad de Perón, cuya presidencia inesperada, tras la muerte del General, fue horrible; y que no hablará. Isabel pertenece al pasado. Vive en el pasado. El viaje en auto es el plano que abre y que cierra la narración. Troksberg finalmente lo comprueba: no se puede viajar en el tiempo. 

Entre los muchos entrevistados (amigos, vecinos, allegados, compañeros; ¿más enemigos que amigos?) aparece Carlos Ruckauf, otro incombustible argentino. Ruckauf en un momento es como si se les fuera de foco, la cámara sigue sus pasos: desenfocarse. Ruckauf propone una discusión semántica sobre el decreto de aniquilación, y queda ahí. Fuera de foco. Ruckauf no se acuerda casi de nada y no le preguntan más. Silencio. Sigue. Lo que aparece fuera de foco es lo que más le cuesta a la película mirar de frente. El sismo que sostiene el huracán. ¿Quién está a salvo de esa Ezeiza? O, tal vez, la verdadera pregunta es: ¿cuánto poder tenía? Estado en estado de sitio: sitiado por las Fuerzas. 

Juan Manuel Abal Medina sostiene el foco más notable, ubica mejor el lugar de Isabel en un tiempo indigerible. Nilda Garré la critica. Eva Gatica y su marido la cuidan. La guapísima Haydée Padilla la recuerda como parte de esa generación de mujeres de los cincuenta que ella también encarnó. Oraldo Britos la defiende. Octavio Aceves cuida sus espaldas. Y así. Pero Troksberg archiva, junta, pregunta y permanece, a la vez, afuera: mantiene la línea de tiempo progresiva (del anonimato al amor, del amor a la presidencia, de la prisión al exilio, de la democracia al silencio) y sostiene a Isabel en esa superficie plástica: como una niña mala del bosque justicialista que vive en su extranjera torre de marfil, donde quizás aún peina el cadáver de Evita. Hay en esa mecánica fantasmal de niña peinadora una de las apuestas menos novedosas, o quizás involuntarias, de Troksberg: construir la versión del anti peronismo, reponer la “antropofagia peronista”, frontera abierta entre vivos y muertos, un museo de cera de fantasmas, kimonos, quintas abandonadas, piletas con moho, bustos llenos de polvo, cadáveres embalsamados con insectos. El viaje a una religión pagana hecha de retazos de integrismo católico, videntes gays, ortodoxias ideológicas, sindicalistas de bigote finito y fierros largos, pasos de baile, cartas robadas y sexualidades rotas. De lo oscuro se sale por lo oscuro, parece decirnos el documental, aunque su luz final nos fulminará. Como dicen esos versos de Belén Nahuz: “Nunca se sabe qué hacer cuando la sangre se apaga”. Así está la sangre del film: apagada, seca, tras el misterio de esta “Isabelita” con la que, tampoco, (así ataja al final) sabe qué hacer Troskberg más que fugarla hacia adelante. Escurridiza. El documental se cruza, por momentos, con lo que el anti peronismo espera del peronismo: su verdad de brujería, su civilización bárbara. Pero “Una casa sin cortinas” repone en última instancia una cuenta pendiente que no es del peronismo, es de la Argentina: Isabel vive. Hay una casa en las afueras de Madrid. Hay un timbre que tocar. Hay una olvidada que vive

Cantar la marcha 

En el final de la película hay un plano que parece salido del arcón de “Volver” en el que todos cantan la marcha peronista. Escoltada por los muchachos, al lado de ella está Ubaldini. Llorar es un sentimiento, mentir es un pecado, le respondió a Alfonsín cuando lo acusó de llorón. Pero en esa escena todo es verdad: es la vuelta de Isabel Perón a una Argentina ya gobernada por los radicales. El peronismo perdió donde menos sabía perder: en las urnas. (Esos muchachos se cantan los ochenta encima: “salta, salta, salta, pequeña langosta, milicos y radicales son la misma bosta”). La pregunta: ¿hay una Isabel para la democracia? Sus fotos con Alfonsín, con Frondizi o con la dirigencia peronista son lo que se ve: una amabilidad final, el brindis, la cara de quien ya pidió el taxi que la lleve de vuelta a Ezeiza (una Ezeiza pacificada) y de Ezeiza a Madrid. No había chance para su peronismo castizo. Pero si no tiene un tiempo, tendrá un lugar. Se va y no volverá. Isabel se está sacando a la Argentina de encima. No tiene el impulso celoso de María Kodama, guardiana de esa otra gran obra argentina. Ni el mérito ideológico de Yoko Ono: haber convertido a Lennon de rebelde sin causa a rebelde con causa (¿hay Lennon sin Yoko?). Tres imperios, tres viudas, tres guardianas. Las tres viven. ¡Las tres viven! Isabel, oriental, era de todas la única que era una hija del pueblo, aunque amó a Perón antes que el pueblo. 

La dignidad de su prisión (acaso su mayor o, quizá, única dignidad que varios le reconocen en sus testimonios, su negación a la renuncia y su silencio durante la dictadura), su silencio irrompible después y las sonrisas de alivio que reparte en esa visita del 83 van destejiendo su relación con la Historia. Isabel son sus aviones. Vuela, espectral, en el avión de vuelta una mujer libre. Libre de patrias, libre de sí misma en su mutismo final. Frente a la reinvención de Evita (la Evita montonera que soñaron los maravillosos, la Evita enjoyada o santa de los más pobres, la leyenda negra para el antiperonismo) Isabel tuvo la chance de ser, ¿qué? Casi nada… peinar su cadáver. 

Un salto. En los extraordinarios videos sobre los años argentinos de Néstor Montalbano se ve la previa del golpe. Año 1976. Mujeres de la rama femenina marchan la noche del 23 de marzo por las calles. “Seguí luchando, Isabel seguí, luchando, seguí luchando que te vamos a respaldar”. “Soy peronista y defiendo a Isabel, y si la tocan va a haber guerra sin cuartel”, cantan las muchachas que apenas se ven por la iluminación de la cámara. Hay hombres pero se las escucha a ellas. También se ve a un preocupado Lorenzo Miguel que sale, saluda y se sube a un auto, se pierde en la oscurana. 00:50 del 24 de marzo, el helicóptero que iba a Olivos se desvía y aterriza en Aeroparque. De allí a Neuquén. Isabel Perón va presa. Pero se ve lo que ya nadie quiso mostrar: el puñado de militantes, mujeres, hombres, chicos, que rodean ese minuto final. Y que es el primer minuto de la larga noche, como le dicen a la dictadura. Pero ahí, el bajo pueblo, los pocos, ahí, mirando para arriba. El fin de otra era geológica argentina. En las paredes que rodean la sede de la Unión Ferroviaria en San Cristóbal, hasta hace pocos años, se leía una consigna escrita con aerosol: “Isabel jefe, leña a los rebeldes”. Julián Troksberg es hijo de un rebelde: su padre desapareció en la ESMA. La película, por momentos, tiene algo de querer fisgonear en las partes de una historia familiar que no te contaron. Esos setenta rotos. Crudos. Juntar esos pedazos. La parte del destrato a la señora última de Perón. La ñata contra el vidrio sobre ese “resto”, ese peronismo irrepresentable. Ese agujero estético. Cloacal. La parte confusa, sombría. Un cuento de terror sin literatura argentina. Troksberg agarró una parte nuestra que no tenía cuento y la contó. La quiso contar incluso al precio de que les guste demasiado a los que les gusta poco y nada el peronismo.

1983. Un Aníbal Fernández auténtico, de fuste, se lo ve en el recibimiento cerca de Tula en Ezeiza. Isabel estaba aún en el vocabulario de fondo de muchas familias pobres. La vitoreaban. Volvamos a esa imagen final del acto con la que termina la película. 1983: los peronistas cantan la marcha, pero ella mira hacia abajo. Yo adivino la tristeza. No canta la marcha. Baja la vista. ¿No sabe la letra? Podría pensarse: la marcha peronista no le pertenece. ¿Y qué le pertenece? Quizás una interioridad: la interioridad secreta de Perón. Lo que ella escuchó puertas adentro, entre caniches, en la risa doméstica, ahí. El secreto. ¿Qué pensaba Perón exactamente? Ella lleva encima el final del peronismo del siglo XX y la hora final de sus líderes: el velorio de Perón y la repatriación del cadáver de Evita. Isabel, la última. Isabel, la última cara de la Argentina que la dictadura rompió. 

Alguna vez hablé también con Carlos Seara, otro que presta testimonio en el film. Un señor. Médico, cardiólogo del Hospital Italiano, que integró el equipo que monitoreaba a Perón. Seara se curtió entonces mirando el corazón de Perón y, por supuesto, al primer contacto con él (un hombre de familia anti peronista) se hizo peronista. La primera vez que lo vio, la primera mañana, lo vio acercarse caminando hacia una de las cocinas de Olivos donde el personal desayunaba. Caminaba junto a López Rega. Allí estaban ellos, los médicos y también los custodios. Perón primero saludó parco a los guardaespaldas, culatas que -según Seara, en su libro- trataba con desdén. Luego le dio la mano al médico y le preguntó qué desayunaba. Juan Domingo Perón le untó la tostada al cardiólogo. Hay en esa imagen el estereotipo conciliador del “tercer Perón”. Luego, se puso a arreglar él mismo una persiana, se dio maña como se da maña una persona criada en los campos del sur y la educación militar: nunca ser un inútil. 

¿Qué pensaba Perón de todo eso, de eso que él mismo hizo nacer? Esa línea que dice Perón en su vieja carta a Evita, estando preso, el 45, un segundo antes de todo, ese momento en el que le dice algo así como “dejemos todo” (“Hoy he escrito a Farrell pidiéndole que me acelere el retiro, en cuanto salgo nos casamos y nos iremos a cualquier parte a vivir tranquilos”). Larguémonos. Es también uno de los colores que está en su paleta vital. El peronismo lo supera. ¿A quién no? No digo: le queda grande. No. Perón, en sus ambigüedades, también tenía la de entrecerrar los ojos para ver su “criatura” con exterioridad, con distancia, Ezeiza, el bosque de sangre, las tendencias. Sus mujeres. La Argentina, sus mujeres. Un hombre es, sobre todo, de quién es capaz de enamorarse.

Fernando Porta, un militante de la izquierda peronista, economista y recordador lúcido, quien fue preso durante el gobierno de Isabel, dice lo lógico cuando el director dice que cada vez “entiende” menos sobre el misterio de Isabel. Porta dice “es eso”. Le dice: no hay nada más. No busques más. ¿El secreto? Que no hay secreto. La verdad simple pero no sencilla. El baile circular de máscaras en el vacío. Hugo Curto, Eva Gatica, el abogado, el financista, la amiga bailarina, el vecino de zona norte, el vidente, el vidente, el vidente… ¿Quién no fue a consultar a un vidente? La policía cuando busca a un extraviado y no tiene pistas también va a consultar videntes. ¿Qué fue Isabel, qué es? Los secretos que se llevará a la tumba: cuentas pendientes, cartas de amor, cartas documento, claves bancarias, las llaves de la caja fuerte. Pero quizás también esa parte corta de Perón. Lo que Perón soñó dejar afuera de la Historia. ¿Quién no se quiso ir de su propia obra? Muerto Perón, muerta la Historia, dijo Isabel. ¿Dónde cargarle la romana? ¿Dónde ponerle las Tres A, o el brutal “Rodrigazo”? La representación sobre Isabel en la representación estética parece, por momentos, casi una profanación en vida (la miramos y decimos: ¿para qué?). Marcia Schvartz no ayuda: ensañada va directo al cuerpo de Isabel. Recrea una genitalidad sangrante, ojos siniestros, vampírica. ¿Qué pasa con los cuerpos de las y los peronistas? La maldición gorila: que no descansen en paz. El secuestro del cuerpo de Eva. Las manos de Perón. El supuesto cajón vacío que, con malediciencia, cargaban sobre Kirchner. El anillo perdido de Menem. ¿Es la fascinación del peronismo con la muerte o la fascinación de los no peronistas con los cuerpos de los peronistas muertos? 

Isabel, la primera mujer presidenta del país y de la región. Una presidencia sin busto. ¿Isabel no estuvo a la altura de la Historia que le tocó? No hacía falta un documental para saberlo. Hacía falta saberlo para hacer un documental. El peronismo es un partido de cabezas parlantes, pero tiene aquellos decisivos que se llevan “eso” a la tumba. Isabel, Firmenich, allá lejos. Los dos caminan en círculo en la madre patria. El silencio al que se condenó Chacho Álvarez. Lo que vio y por lo que no quiso ser Carlos Reutemann candidato en 2002. Y así. 

El video de Horacio Rodríguez Larreta sobre el secuestro de su padre, que incluso interpeló a Cristina, habla de ese imposible “suéltame pasado” que vivimos en la Argentina. Este clima, este 24 de marzo, tocó los silencios. El documental de Isabel nos recuerda que esa mujer está viva. Que se le enciende el mismo sol a la mañana que a todos nosotros. Y que nos dará la espalda porque una parte de Perón le pertenece sólo a ella. Un timbre suena. Nadie responde.

MR

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