Opinión Ensayo General

Las cábalas, la fé, los mufas y la ansiedad

Las cábalas, la fé, los mufas y la ansiedad

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No creo en la mala suerte. Camino orgullosa por debajo de cualquier escalera en la que no haya una persona trabajando, digo el nombre de Macbeth en el teatro y el de Menem en cualquier parte, saludo a todos los gatos negros que me cruzo y hubiera adoptado uno si hubiera sabido que —debido a la supuesta mala suerte que dan— les cuesta más que a otros conseguir casa. Sí siento que hay rachas, momentos, que las desgracias tienden a atraer desgracias y que hay gente que de verdad tiene mucha mala leche. Cuando empecé a escribir teatro y a rodearme de actores vi que la mayoría son bastante cabuleros: les gusta usar su remera de la suerte, repetir los rituales, si algo se hace todas las funciones hay que hacerlo todas las funciones porque no sea cosa que justamente esta vez no lo hagamos y todo salga mal. Aunque las supersticiones no se traten de la lógica, me parece lógico. Yo escribo. Si no tengo suerte hoy puedo sentarme a hacerlo mañana, o cuando sea. Los actores, como los jugadores del fútbol, dependen del tiempo y de la oportunidad, de cómo se levantaron ese día. Necesitan que las cosas funcionen hoy, no la semana que viene.

No suelo pensar en estas cosas, pero vuelvo a hacerlo, por supuesto, cuando todos estamos hablando de eso. Es gracioso además el uso de la suerte en los mundiales, la mufa y las cábalas de las personas. Me causa gracia cuando un civil habla con un jugador de fútbol profesional y le habla de “ese mundial, que nos volvimos en primera vuelta”, así en primera del plural, a la persona que efectivamente jugó ese partido, lo perdió y se subió a un avión (entiendo perfectamente el uso del nosotros para hablar de la selección nacional, solo me divierte que esté tan instalado que a la gente ni siquiera le choque en esa circunstancia, hablando con la persona que le puso el cuerpo a esa derrota). Lo mismo que la mufa de Macri o de Maslatón o de quien sea: en los destinos de la selección parece participar la suerte de todos de un modo en que no participa nunca, no es solo la de los jugadores sino la de cualquiera que mire el partido o incluso cualquiera que no lo mire, cualquiera que ande cerca. Una podría decir que, estadísticamente, si se trata de la buena suerte o la mala suerte de tantas personas (pongamos, los 40 millones de argentinos y argentinas), no podemos tener mala suerte todos ni buena suerte todos: que lo razonable es pensar que las fortunas se equilibran y estamos en una chance de mitad y mitad —como si la suerte no existiera, básicamente—. Supongo que para quienes creen en la suerte no puede funcionar así, como una ley de grandes números, pero no estoy tan segura; esta semana leí que una curandera dijo que Messi estaba ojeado y convocaba a todas las brujas del país a curarle el mal de ojo al mismo tiempo, así que puede que ellas también crean en alguna versión de la probabilidad.

Hace meses estoy traduciendo una novela que se llama Delfos. La narradora es una académica británica que durante la pandemia se dedica a estudiar las diversas formas de adivinación que practicaban los antiguos griegos; muchas de ellas sucedían en el famoso oráculo que da título al libro. La autora va vinculando estos dos vocabularios, el de la pandemia —cifras, muertes, formas de prevención, esperanzas de vacuna, la “presencialidad”, la “cuarentena”— y el de la predestinación para articular algunas preguntas poéticas y existenciales sobre nuestra relación con el futuro. Hobbes, escribe Pollard, decía que esa urgencia humana por conocer el futuro venía del miedo a la muerte y a la catástrofe en general. Podría ser, dice Pollard, pero no es solo eso. Las adolescentes suspiran por los galanes de las revistas porque desean el futuro, no porque lo teman. Ese juego que se hacía con el número del boleto de colectivo (sumar todos los dígitos que salían y pasar el número resultante por el abecedario para conocer la inicial de tu príncipe azul) se trataba sobre un destino al que queríamos llegar, no uno que quisiéramos evitar. Pollard avanza en su examen sobre las formas de pensar el destino y llega al boom del tarot y la brujería entre las mujeres jóvenes. Pollard (su narradora, en realidad, pero ella tambien) mira a la tendencia con cierta suspicacia: no cree que esas chicas “de verdad” crean que cargar los cristales en la luna llena tenga algún efecto sobre sus vidas. Más bien piensa que lo hacen para posicionarse de alguna manera, para mostrarse femeninas, entendiendo femeninas como mágicas. Supongo que debe ser cierto; lo que yo diría es que eso no es tan distinto de lo que hicieron muchas culturas con sus propias supersticiones. Conozco mucha gente muy religiosa, y no hay nada de pureza en sus convicciones: no es que solo creen porque creen, también creen porque disfrutan de ser parte de algo, de mostrarse de determinada manera, de mirarse a un espejo. Quienes consultaban el oráculo de Delfos, seguramente, lo hacían para saber algo y también para ubicarse socialmente cerca de las demás personas que lo consultaban. Quienes nos hacemos leer las manos en una fiesta lo hacemos para divertirnos y mostrar nuestras sonrisas brillantes, pero también nos quedamos pensando en lo que nos dicen.

Hay gente que idealiza la fe, y piensa que quienes creen en entidades o fuerzas superiores son más humildes, mejores personas e incluso más felices. Me parece simplista y condescendiente con las personas que creen, una especie de falsa humildad del ateo, esos que dicen “ay, ojalá yo pudiera creer como vos”: el ateo frenemy. Yo no creo que nadie sea mejor que nadie, no vengo a proclamar la superioridad inversa, pero no me parece que la creencia en los dioses, los destinos o las supersticiones venga necesariamente de una conciencia de la pequeñez; a veces puede ser lo contrario, las ganas de ser importante, las ganas de que nuestras acciones tengan efectos sobre eventos con los que no tienen ningún vínculo. Yo no miro fútbol casi, pero pienso en la gente que lo hace, lo siente y lo sufre, y empatizo con ellos porque seguro a mí me pasa con alguna otra cosa; es difícil aceptar que sobre algo que nos importa muchísimo podemos no tener absolutamente ninguna injerencia. A algunos la fe y las cábalas los tranquilizan, y está muy bien, pocas cosas más importantes en el mundo que bajar la ansiedad. Otros solo tenemos una forma de paz, un camino del sensei: el de aceptar el sinsentido y la desconexión de todo con todo, abrazar la ausencia de cualquier energía o fuerza superior con una sonrisa de Buda. 

TT

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