Opinión

El caso W

Mauro Icardi y Wanda Nara en una visita al Papa Francisco en el Vaticano.

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En Despojos, quizás el libro más bello y más triste que leí sobre la pareja, la familia y el divorcio, Rachel Cusk habla del matrimonio como un imperio civilizatorio. Cusk compara los despojos de un matrimonio con una nación sin bordes ni fronteras, con un conjunto de territorios dispersos carentes de esa “fuerza motriz unificadora” que ella identifica con lo masculino. El matrimonio, en cambio, se figura como un imperio, como la unión y la potencia mismas. Pero toda unión supone una frontera, una muralla: el camino a la civilización se forja en detrimento de lo diverso, del florecimiento de lo múltiple: “el matrimonio es un modo de manifestación. Absorbe el desorden y lo manifiesta como orden. Reúne cosas distintas y las convierte en una sola. Recibe caos, diversidad y confusión y los convierte en forma. (…) El matrimonio es civilización, y ahora los bárbaros están retozando entre las ruinas”.

Me propongo hablar de Wanda sin nombrarla. Porque, como todo asunto banal y ordinario, el caso W toca una dimensión sublime y extraordinaria, y, por esa razón, desborda los nombres particulares. Quiero hablar del caso W como hecho social. Como la expresión ficcionada de un drama muy humano, el drama del amor, la pareja y el matrimonio. No casualmente, el sitio deportivo francés Sports.fr tituló: “Icardi-Nara, le coup de théâtre se confirme”. El caso W como golpe teatral

Quiero hablar del caso W como hecho social. Como la expresión ficcionada de un drama muy humano, el drama del amor, la pareja y el matrimonio.

La vida de W es pura ficción, su matrimonio y su familia son una puesta en escena mediática. Pero no es necesario recurrir a las fotos de boda, a los rituales fundacionales y a los mitos originarios de las parejas para notar que, en el fondo, todos los matrimonios, hasta los más comunes, se estructuran como una ficción. Por estos días, casi en paralelo a la explosión del caso W, se estrenó la serie Escenas de un matrimonio. Leí muchas críticas sobre el guion y sobre el argumento de la serie, pero creo que la verdadera hipótesis de la obra queda planteada en los primeros dos o tres minutos. Los episodios abren con un recurso cinematográfico desconcertante: la ruptura de la cuarta pared, la revelación de la puesta en escena de la obra. Así, desde la apertura misma, la cámara enfoca el detrás de escena, recorre las bambalinas y deja ver cómo los actores se maquillan, ensayan sus libretos e interactúan con los asistentes. La cámara hace un travelling por el set de filmación, acompaña a los actores por las locaciones (siempre cerradas, como en una obra de teatro) hasta que la no-ficción se fusiona con la ficción propiamente dicha. Como en el origen de todo matrimonio, hay un acto performativo de institución: el director dice “Action!” y empieza la obra. 

Con esto no quiero decir que el amor matrimonial sea falso: la ficción no es lo contrario de la verdad, dice Saer. Hay una verdad profunda en el matrimonio. El amor existe, y no solo –como dice el protagonista de Escenas de un matrimonio– cuando dura y se prolonga en el tiempo; el amor existe porque se materializa en la experiencia social –colectiva y singular– del cortejo, del compromiso, del deslumbramiento, de la entrega, de la pasión y la compasión. Esta misma semana, mientras todos hablaban de infidelidad y desamor, leí la historia de una pareja que renovó sus votos después de 45 años de casados, “por cincuenta años más”, porque la experiencia del matrimonio es también una dislocación del tiempo. Y, aunque es cierto que los divorcios no paran de aumentar, diariamente se renuevan votos de amor y compromiso.

Con esto no quiero decir que el amor matrimonial sea falso: la ficción no es lo contrario de la verdad, dice Saer. Hay una verdad profunda en el matrimonio. El amor existe.

Pero la verdad del amor se cifra menos en lo que se sabe que en lo que no se sabe. En este punto, las lecturas psicoanalíticas convergen con las sociológicas: la pareja es un imposible, un círculo cuadrado, un enigma. El amor de pareja duele y hace sufrir. Y sin embargo, el psicoanálisis y la sociología coincidirían también en este punto: aunque imposibles, las parejas persisten e incluso se multiplican. Desde una mirada sociológica sobre el caso W, es imposible no reconocer que todas las partes involucradas sufren, quedan mal paradas y descolocadas en sus proyectos de vida, en sus imágenes públicas, en sus roles e identidades. La socióloga Eva Illouz se preguntaría: ¿por qué duele el amor, incluso a los ricos y famosos? 

Desde mi punto de vista, atravesado por inquietudes sociológicas y personales, el caso W resalta por las derivas moralistas y conservadoras que desató, por la condena y el escarnio social que impulsó, por los temores y las fantasías que instaló. Hacía tiempo que no miraba programas de chimentos, pero –como me muevo en un ambiente relativamente progre– hubiera apostado que el espíritu antipatriarcal, el Ni una menos y el pañuelo verde habían hecho mella en el sentido común que se forja y se plasma en los discursos mediáticos. Pero, por una vez, creo que la política está por delante de la sociedad: porque tenemos leyes y políticas feministas, pero la institución matrimonial-familiar todavía tiene vigencia y eficacia. Dice Cusk: “Le echo la culpa al cristianismo: en mi opinión, es ahí donde está el origen el problema. La sagrada familia, esa unidad piadosa que succionó hasta la última gota de atención del mundo mientras lo castigaba por su egoísmo, (…) esa familia tiene que responder de muchas cosas”. Parece ser que, incluso en los tiempos del goce, la sagrada familia no puede profanarse. Todavía hay algo sagrado en el matrimonio y en la familia. Basta con ver a Wanda con su marido e hijos posando en el Vaticano, al lado del Papa, fisgoneados por un cardenal que los mira desde atrás, del mismo modo que nosotros los espiamos en sus redes sociales.  

SM

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