QUÉ ESCUCHAR

Elvis Costello trae desde el más allá las melodías de Burt Bacharach

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Toda escucha es ideológica. Se oye (y antes, o durante, se elige o se descarta) de acuerdo con ideas muy firmes (aunque no siempre conscientes) acerca de lo que la música debe ser, de lo que se espera del arte y, obviamente, de lo que lo hace bueno o malo. O, dicho de otra manera, un poco menos favorable, podría pensarse que se escucha desde los prejuicios. Y en 1998, con un disco de bello título –Pintado de memoria– y un contenido de canciones brillantes, el siempre sorprendente Elvis Costello se ocupó de enfrentar a la intelligentsia neoyorquina (y sus satélites en distintas partes del mundo) con lo que no sabían que pensaban. Y los obligó a replantearse seriamente el valor como compositor de Burt Bacharach, en ese momento el casi retirado rey del schmuse, ese subgénero de la canción de amor que tanto se acerca a la cursilería.

Bacharach tenía 70 años y en su haber una larga lista de éxitos cuyas ventas se medían en millones y no en unidades. Su primera cantante artistas fetiche, que había grabado la mayoría de las primeras versiones de sus temas, fue Dionne Warwick, que unió a su hermoso timbre una afinación perfecta y un cierto culto a la inexpresividad entendida como una de las bellas artes. Sus propios discos replicaban esas canciones en versiones instrumentales donde abundaban los solos de trompeta tocados por Herb Alpert, el dueño del sello discográfico que lo albergaba (A & M, iniciales de Alpert y Moss). Y allí fue donde las ventas explotaron, de la mano de otros intérpretes, el dúo The Carpenters. Las letras, de Hal David, tenían hallazgos como el de “A House is not a Home”, escrita para una película de 1964 con Shelley Winters y Robert Taylor: “Una silla todavía es una silla, aunque nadie se siente en ella/ pero una silla no es una casa ni una casa es un hogar/ cuando no hay nadie allí para abrazarte fuerte y nadie allí puede dar un beso de buenas noches./ Una habitación sigue siendo una habitación, incluso cuando no hay nada más que tristeza/ pero una habitación no es una casa y una casa no es un hogar/ cuando los dos estamos lejos y uno de nosotros tiene el corazón roto”.

Pero las músicas, tan aparentemente sencillas, tan engañosamente edulcoradas, estaban llenas de osadía, de intervalos inesperados y hasta de modulaciones en el mismo comienzo, como en el momento exactamente anterior a la entrada de la voz principal es “I Say a Little Prayer”, una canción que fue, por supuesto, estrenada por Dionne Warwick pero encontró su verdadera esencia en otra voz, la de Aretha Franklin.

En 1969, Bacharach escribió la música para un film de George Roy Hill con Paul Newman y un muy joven Robert Redford, Butch Cassidy and the Sundance Kid. Hubo allí también un hit, “Raindrops Keep Fallin’ on My Head”, que cantó B. J. Thomas, pero sobre todo hay una pieza magistral, la que acompaña la persecución latinoamericana, a cargo de los Ron Hicklin Singers (una especie de falsos Swingle Singers). La música fue plagiada en una propaganda argentina de una Pick Up, la Chevrolet Brava, y alterna la desbocada explosión de su primera sección con una parte lenta y en cinco tiempos, que alterna las acentuaciones 3+2 y 2+3 creando una magnífica inestabilidad. Tal vez allí pueda encontrarse la versión más pura del Bacharach más secreto, aquel que estudió música en la Universidad McGill, en el Colegio de Mannes y en la Academia del Oeste en Santa Bárbara, California y que, en sus comienzos, había sido el arreglador y director musical de Marlene Dietrich.

Y Bacharach se eclipsó. El fracaso de un musical en Broadway, demandas por parte de Dionne Warwick y de su antiguo letrista, Hal David, más el divorcio de la actriz Angie Dickinson, lo convirtieron, como en el tango, en parte del pasado. Hasta que un agente secreto que de allí venía, el viejo y bueno Austin Powers, y obviamente Elvis Costello, lo sacaron de allí. El disco, Painted from Memory, fue presentado una tarde de otoño, en 1998, casi en secreto y en una disquería de Times Square. Un pequeño cartel en la vidriera lo anunciaba y el lugar acabó llenándose. En el interior, sobre una pequeña tarima, Bacharach sentado al piano y Elvis Costello con una guitarra, cantaron la mayoría de las canciones del disco aunque, claro, sin los magníficos arreglos. En sus diferentes álbumes, Costello había elegido como objetos el punk, el country, la canción beatle, la canción de cámara (con la genial mezzo soprano Anne Sophie von Otter), el folk, el rhythm & blues, el jazz (con Bill Frisell, o con Hal Willner, en su homenaje a Charles Mingus) y el neocabaret (con Ute Lemper) o el rock’n roll a secas. El enciclopedista Costello, esta vez, se entregaba al lado más pop del pop y, con su lectura, lo convertía en un objeto totalmente distinto. Era una virtual resurrección y ahora, que Bacharach efectivamente ha muerto, vuelve a lograrlo. En The Songs of Bacharach-Costello, un álbum de lujo con cuatro Cds, además de la remasterización de aquel Pintado de memoria incluye las canciones inéditas que escribieron para un musical no estrenado, las versiones que grabó con otros y todas las interpretaciones en vivo. El resultado es extraordinario. Costello, ese que comenzó llamándose Declan Patrick MacManus, es alguien formado, como el personaje de Alta fidelidad, la novela de Nick Hornby, por las listas, los rankings y, sobre todo, la babélica acumulación de información. De miembro de un club de fans de los Beatles, en su infancia, a amigo de Paul McCartney y autor junto con él, de “My Brave Face”, “You Want Her Too”, “Don’t Be Careless Love” y “That Day is Done”, incluidos en el álbum Flowers in the Dirt (1989) de McCartney, y de “Pads, Paws and Claws” y “Veronica”, que forman parte de su propio Spike (del mismo año); de seguidor del saxofonista Lee Konitz a autor de sus solos (en el disco North); de admirador de Diana Krall a su marido; de voyeur de la música clásica (y de todas las músicas, en realidad) a compositor de cuartetos para cuerdas y ballets sinfónicos. Y de lejano fan de Burt Bacharach a su demiurgo.

DF