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soy gorda (esegé)
Opinión

Fuera de línea

Es interesante recordar que el sistema de talles y medidas no es algo que está inscripto en la naturaleza, escribe Haimovichi.

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Hasta tanto la ley de talles sea una realidad de cumplimiento efectivo en todo el país, es decir que los comercios dispongan de ropa para todos los cuerpos que habitamos el suelo argentino, en una gama amplia de medidas, sin exclusiones, una de las actividades menos atractivas para las personas gordas es salir a comprar ropa.

El Congreso aprobó la norma en 2019, en 2021 se reglamentó, pero todavía siete de cada diez personas tienen dificultades para encontrar prendas de su talle. Es la expresión de una sociedad no inclusiva, que no considera las diversidades corporales.

No sólo es una frustración intentar encontrar la ropa que deseamos y que sólo se ofrece para cuerpos pequeños, sino que muchas veces, además, nos encontramos con que detrás del mostrador hay alguien que, gratuitamente, nos trata mal. Es humillante.

Para quien no tuvo la desdicha de experimentarlo, la escena típica suele ser así: ingresás a un local para comprar, es decir, tenés la intención de desembolsar tu dinero a cambio de una prenda que querés lucir y por la que vas a pagar, lo que de por sí constituye un esfuerzo para la mayoría de las personas, e inmediatamente sos bochada con la frase de la vendedora o el vendedor de turno: “Para vos, no tenemos nada”, mientras con total impunidad, esa persona que debería atenderte con respeto te inspecciona el cuerpo desde la cabeza hasta la punta de los pies, como si te estuviera sacando una placa radiográfica y vos te quedás muda y absorta.

Nunca, por supuesto, te sentís lo suficientemente curtida para soportar ese examen que no quisiste rendir, hasta tener que hacer malabarismos para quitarte tus propias prendas y probarte la que te fascinó en la vidriera, sin que tires el cortinado del probador al piso porque el probador es diminuto y no podés moverte con comodidad adentro de ese frágil cubículo.

Es interesante recordar que el sistema de talles y medidas no es algo que está inscripto en la naturaleza. Es parte de una construcción histórica y geográfica también, que aparece en un momento concreto, durante la Revolución Industrial en Inglaterra y de la mano de la antropometría, una disciplina destinada a medir huesos y cráneos en esos otros territorios -la Terra Incógnita de los mapas antiguos- que la Europa expansionista invadía para conquistar y colonizar. Esta misma antropometría, inventada para justificar la inferioridad racial y aplicar desde ahí el racismo científico, es la que también va a medir cuáles son los cuerpos correctos, es decir va a inventar las medidas correctas de un cuerpo, que se parece mucho más a la supremacía blanca de los países conquistadores y expansionistas que a la diversidad de la gente de la periferia.

No sólo se han escrito cantidad de volúmenes supuestamente científicos sobre el tema. También se convirtió al gordo en el centro de un espectáculo televisivo sádico sin darle al gordo espacio para que despliegue su voz propia.

Felizmente, la ficción ha recreado la problemática incluso en géneros narrativos impensados, dándole lugar a quienes suelen ser (mal) representados por la única verdad de la cosmética y la medicina. Me lo advierte un lector, Gabriel Wainstein, quien conduce el programa radial El dulce veneno de la novela negra, por Mestiza, que emite la Universidad Nacional Arturo Jauretche los martes a las 21 y me envía un fragmento del libro Mujer equivocada, de la escritora uruguaya Mercedes Rosende.

“Hola Úrsula, bienvenida al mundo de los gordos, donde todos los espejos te dan malas noticias. Pienso: el sobrepeso llegó sigilosamente, casi sin que me diera cuenta. No, no es cierto que no me diera cuenta, un día te aprieta un botón, otro dia te cuesta un poco cerrar el cierre, y ninguno de esos datos tomados en forma aislada significan nada: la menstruación te hincha, son gases, retención de líquidos, ¿no tendré un fibroma? Hasta hace poco tiempo el médico encontraba equilibrada mi relación peso-altura; está en un percentil saludable, decía. ¿Cuándo fue que la salud empezó a ser más importante que la belleza? ¿Después de los setenta, setenta y cinco kilos? ¿Desde cuándo a alguien le importa tener cintura, piernas, caderas saludables? 

-¿Cómo le quedó? -escucho gritar a la vendedora-.

-No me entra, ¿me traés un talle más?

-No, no tenemos, ese era el más grande.

Paf, recibo el sopapo. Un calor súbito trepa por mi pecho y la cara, las orejas me arden. El vestido, que no bajo más allá de la cintura, queda trabado entre las axilas y la cabeza al intentar sacarlo, y la tela espesa me sumerge en una oscuridad sin aire. Hago fuerza, tiro hacia arriba, trato de liberarme, agito los brazos, mis codos empujan, la puta que la parió a la vendedora, ¿cómo que no hay otro talle?, las nalgas golpean contra las paredes de madera del probador que de pronto me aprietan, me comprimen, me ahogan. No logro sacarme el vestido, no veo nada y me falta el aire, la transpiración me moja la espalda, el pecho, este trapo de mierda no sale, por Dios, ¿por qué no sale?, tironeo con más fuerza y ya sin pensar en las costuras, pero pensando en la mujer que está ahí fuera, la bronca, las ganas de llorar y salir y tirarle el vestido en la cara, hago fuerza, tiro y tiro, me lo arranco, cruje el hilo roto, la tela desgarrada.

Emerjo y respiro. Respiro.“ 

Sin piedad ni justicia para los diferentes, el control social de los cuerpos se filtra en cada gesto cotidiano, una realidad a la que todos estamos forzados para estar en línea, un mecanismo para disciplinarnos y mantenernos en la jerarquía inferior de las variadas corporalidades, que nos convierte en víctimas y muchas veces en repetidores del maltrato.

LH

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