Opinión

China y su desarrollo tecnológico

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El futuro no existe. Es una proyección, un relato. Pertenece entonces al mundo del lenguaje y de sus reglas. Pero no es libre, no cualquier futuro es posible: llega montado en tendencias presentes, fenómenos materiales que no sólo condicionan al futuro sino también a nuestra capacidad de imaginarlo. El futuro está en algún lugar de esa triple frontera entre lo posible, lo imaginario y lo real. Espejo rojo (Edhasa, 2021), el libro de Simone Pieranni, participa de esta noble tradición de buscar el futuro excavando en un recorte preciso y bien documentado del presente, en este caso, China y su desarrollo tecnológico.

Pieranni es un periodista italiano que vivió en Beijing entre 2006 y 2014. Es decir, el periodo en el que China lentificó su crecimiento y modificó su estrategia: de ofrecerse como fábrica del mundo imitando tecnologías a imponerse como potencia tecnológica aprovechando el capital físico y humano acumulado. Es el momento en el cual la ensambladora Foxconn fue eclipsada por los nuevos campeones: WeChat, la mega app que aprovecha extensiva e intensivamente al smartphone para registrar casi toda la vida de su usuario; o Hikvision, la empresa de videovigilancia que abasteció a las fuerzas armadas y de seguridad de los Estados Unidos por sus bajos costos y por una ventaja técnica: a diferencia de la norteamericana, la tecnología china de reconocimiento facial, testeada en África y Sinkiang, funciona en rostros no blancos.

Detrás de esta epopeya de mercado está el Estado comunista chino, cuya simbiosis con las empresas reposa en la tecnología: las empresas desarrollan bienes y servicios de control social, y el Estado financia esos desarrollos y capitanea la puja global por el 5G y la computación cuántica que requieren aquellos bienes y servicios para funcionar. El aporte de Pieranni es presentar un gran volumen de información sobre esa simbiosis y especular sobre su posible rebote en Occidente, fantasmas chinos que nos acechan desde el futuro. Veamos algunos.

1) Ghost in the machine: robots y precarizados

Si hasta 2008 el efecto chino sobre el trabajo occidental era bajar los salarios globales mediante el dumping social, hoy China aporta un modelo de trabajo desigual y combinado: “A las nuevas tendencias del mundo del trabajo en el estadio más avanzado del capitalismo hay que buscarlas en China―señala Pieranni―tanto aquel tradicional que deberá enfrentar la avanzada de la automatización, cuanto aquel ultraprecario y desregulado de la economía digital”. Robotización y precariedad, el yin y el yang del capitalismo 4.0.

El plan estratégico Made in China 2025 incluye un proyecto de automatización masiva de título sincero: “Plan para reemplazar humanos por máquinas”. Ante la ola de huelgas y suicidios entre empleados de Foxconn desde 2010, así como la decreciente legitimidad del modelo 996 (trabajar de 9 am a 9 pm, 6 días a la semana), muchas empresas avanzaron en la robotización y el uso de big data para sustituir a los perezosos chinos. Pero en el seno de esos robots late el precariado: los data-taggers, empleados mal pagos que etiquetan pavlovianamente miles de imágenes por día para alimentar a la Inteligencia Artificial que sostiene a la automatización. Movilizar un enorme volumen de trabajo barato para hacer funcionar la infraestructura digital que por otro lado desplazará trabajo calificado, un principio que en Occidente ya aplica Amazon: precarizar aquí para automatizar allá.

2) El crédito social no existe pero...

Todos hemos leído algo sobre el Sistema de Crédito Social (SCS) de China: un mecanismo de vigilancia y calificación de cada individuo que hace realidad las más distópicas fantasías orientalistas. Pieranni cuestiona esa imaginería con dos datos. Primero, no hay un SCS, sino una batería de experimentos no integrados (rankings de ética empresarial y reputación financiera, proyectos pilotos municipales, listas negras estatales) que el gobierno monitorea para quedarse con el mejor. Segundo, el SCS no es un tabú en China: el gobierno blanqueó sus intenciones en otro documento de título poco sutil (“Planificación para la construcción de un sistema de crédito social”) y los ciudadanos, dice Pieranni, no le ven nada de malo. 

La vocación por “coordinar todas las aspiraciones presentes mediante reglas que mantengan el orden” tiene raíces confucianas, la vigilancia de los ciudadanos por los ciudadanos se extiende de la dinastía Qin hasta el maoísmo. La acelerada transición china al capitalismo, sin instituciones ni registros básicos, promovió abusos e ineficiencias empresarias que minaron la confianza de los consumidores. La historia y la vida en China temen encontrarse con el caos en cualquier esquina. Un SCS parece un precio justo para evitarlo. En Occidente muchas empresas ya emplean sistemas de scoring y ranking. Según Pieranni, la diferencia china pasa por la desproporción de los castigos y, sobre todo, por el control estatal del sistema. Allí radica la bifurcación que aún nos separa de China y que define nuestro futuro.

3) Nación cibernética

El capitalismo digital es esencialmente extractivo: mina nuestros datos y los procesa. Ante este hecho inevitable, Pieranni, un hombre vinculado con las izquierdas de Italia, se pregunta por quién preferimos que lo haga: el Estado o las empresas. Una falsa disyuntiva para cualquier liberal y/o progresista: se supone que luchamos por la libertad y la igualdad ante el Estado y las empresas. Desde un punto de vista funcional, son dos modelos de mundo. China es una cucaña de datos: millones de personas conectadas a sus smartphones dejando registro de prácticamente todas sus actividades en un par de plataformas. Pero el destino de esos datos no es solo otro algoritmo publicitario ni una oscura oficina de Inteligencia sino un proyecto de nación. 

En 1954, mientras cumplía arresto domiciliario en Los Ángeles, el físico chino Qian Xuesen escribió Engineering Cybernetics. Habían pasado apenas seis años desde que Robert Wiener acuñara el concepto “cibernética” y uno desde que Stalin muriera, y Qian concibió una ingeniería social basada ya no en el principio mecánico de ordenar energías al estilo soviético, sino en el principio cibernético de retroalimentar una red de datos. Un año después, Qian volvió a China para ser transformado en un héroe científico. Ese modelo de nación cibernética es el destino de los datos chinos. Y, según Pieranni, será el de todo el mundo, sea por imitación de China o por su dominio.

Qubits vs. bitcoins: el blues de la libertad

El libro de Pieranni es un informe del presente y un relato del futuro posible. ¿Qué otra narrativa tenemos para esquivarlo? No esperemos mucho de la izquierda o el liberalismo global: aún duermen en la nostalgia, la negación o el regodeo morboso con cualquier imperialismo que no sea el norteamericano. Quizás una épica alternativa sea la de Bitcoin. Técnicamente, una moneda sin respaldo físico que circula en una red de intercambio directo entre usuarios y se crea minando transacciones validadas en esa misma red y registradas en una blockchain accesible a cada usuario pero protegida por criptografía; estéticamente, una red ingobernable de dinero privado, un nuevo patrón oro capaz de barrer con billetes, bancos, ministros de economía y, quizás, gobiernos del mundo, una fantasía que calza como un guante en la libido libertaria. Nada más opuesto al soberanismo chino.  

China lo sabe. Por eso, más allá de restringir a Bitcoin en su territorio (en donde, por otra parte, se mina el 65% del bitcoin mundial), ataca a la horda criptomonetaria en dos frentes. Uno es el eyuan, su poderosa stablecoin: una criptomoneda atada al yuan, ergo, al gobierno. Otro, más complejo, es la computación cuántica. En una computadora común los bits ordenan información en 1 y 0, es decir, corriente eléctrica que circula o no por un transistor. Así, 2 se escribe 10; A es 01000001 y este emoticón :) es 0011101000101001. Un bit cuántico o qubit puede registrar estados intermedios entre 1 y 0 y así, por superposición cuántica, aumentar exponencialmente su potencia de cálculo. Esa escala es lo temible: una computadora de 2.500 qubits podría romper toda la criptografía actual, y con ella a las criptomonedas. Por lo pronto, la computadora cuántica más potente tiene solo 72 qubits. Pero la ley de Moore vaticina que la computadora de 2.500 qubits va a llegar más temprano que tarde. Y China corre hacia ella. Pieranni describe cómo en 2016 lanzó el satélite Micius de Experimentos Cuánticos a Escala Espacial y el año pasado invirtió 2.000 millones de dólares en un laboratorio nacional de información cuántica en Hefei.

El futuro no está escrito, se sabe, pero la hoja tiene texturas. Quizás la gloriosa juventud libertaria sea el postrero y estúpido grito de una libertad que se nos escapa entre los dedos, así como mayo del '68 fue el último pataleo contra un capitalismo que ya había mutado. Si queremos torcer esa escritura tenemos que conocer aquellas texturas, indagar la materialidad que soportará cualquier relato. El libro de Pieranni es un buen comienzo.

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