Opinión

¿Qué lector?

@elchara

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Me gusta volver sobre esos asuntos que insisten, sobre esas dicotomías que se presentan siempre de este modo: como si las cosas solo pudieran ser de una manera  o  de la  otra, como si no hubiera menjunjes, enchastres, contaminaciones, infecciones. Adiós matices, porque hoy a eso se lo llama tibieza. Me gusta ver de qué están hechas las discusiones, con qué hilos se traman los argumentos, qué enunciación se pone en juego. Por eso vuelvo, esta vez, sobre ese asunto que cada tanto aparece en las discusiones: divulgación: ¿sí o no?

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Algunas preguntas donde sólo había respuestas, por Alexandra Kohan.

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Más allá de cómo se defina el género divulgación, la cuestión pasa por esa falsa dicotomía que se produce alrededor: del lado de la divulgación, la supuesta simplificación y la inclusión de muchos en el saber; del otro lado, el elitismo de ese saber que deja afuera a muchos. Esa dicotomía es falsa porque a veces hay exclusión del lado de la divulgación, y a veces hay inclusión del otro lado. O es falsa de esta otra forma: a veces se hace divulgación sin simplificar, una especie de divulgación involuntaria que no pretende omitir la dificultad de los conceptos, que incluye al otro en esa dificultad; y a veces la jerga se disfraza de saber, produciendo un efecto de falso elitismo -es saber solo para pocos, para un “nosotros”- cuando en realidad es vulgata. La cuestión pasa, según creo, por qué consideración se tiene del lector, del interlocutor, de la audiencia. El elitismo se cifra, según creo, en considerar que el lector es medio tonto, que hay que explicarle todo con palabras sencillas, que hay que degradar lo que “se sabe” para que lo entienda bien; que hay que hablarle como si fuera estúpido, que hay que guiarlo y llevarlo de la mano porque si no se va a perder. Es eso que Brecht llama “popular desde arriba”, que cobra la forma de la palabra pronunciada de arriba a abajo: “parece contener una pretensión de máxima simplificación. Hay que hacer algo por el pueblo, ¡fuera el caviar! Algo que el pueblo comprenda, puesto que es algo lerdo. El pueblo es una cosa atrasada (...). Le cuesta aprender, no es accesible a lo nuevo”. Y entonces pienso en esos docentes de secundario que se auto perciben inclusivos con los estudiantes y no les dan a leer, por ejemplo, a Borges, porque suponen que no lo entenderían, “hay que darles lo que los pibes leen, lo que les gusta”. En ese gesto de supuesta inclusión, se guardan a Borges para ellos y a “los pibes” les dan mala literatura, eso es puro elitismo. O pienso en esos docentes que consideran tontos a los estudiantes de la universidad y les dan sus propios libros de introducción a la materia porque, por ejemplo, “Lacan es difícil”. La vulgata a través de la jerga se disfraza de saber y produce un efecto de elitismo, un “nosotros” excluyente, un “esto es solo para entendidos” -en los pasillos de la facultad de psicología se habla en un lacanés de corrido, casi como lengua materna-. Es que la exclusión disfrazada de inclusión es moneda corriente en muchos ámbitos. El elitismo entonces no está en el saber, sino en la posición enunciativa de aquel que pretende ser el que sabe, considerando a los demás un poco estúpidos.

Pasa en todos los ámbitos. En la literatura, como sigue Brecht, “que una obra literaria sea o no popular, no es cuestión de forma: no que, para ser comprendido por el pueblo, haya que evitar expresiones desacostumbradas, tomar puntos de vista corrientes tan sólo, en absoluto”. Y entonces me acuerdo de Oscar Masotta en el prólogo a Lecciones de introducción al psicoanálisis cuando dice: “la intención: introducir el psicoanálisis haciendo uso de palabras sencillas, de términos que no fueran «técnicos». ¿Es posible no banalizar las ideas? (...) La dificultad no está en los términos, ni en los desvíos, ni en los accidentes de su significación; sino más bien en las ideas y en los hábitos. Y también en la posición del interlocutor; a saber, la audiencia. Hablar de introducción al psicoanálisis no significa que quien «introduce» es el conferencista, puesto que todo discurso se origina en el lugar del otro”. Seguramente hay otros lugares, pero existen por lo menos dos en los que Freud se refiere a eso mismo, al lugar del otro en lo que él pronuncia, a cómo considera al otro en eso que está diciendo. En el prólogo a las Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis se refiere a que estas conferencias, a diferencia de las anteriores, no han sido pronunciadas oralmente, pero que fueron concebidas y escritas para no abandonar el miramiento por el lector. Y agrega taxativo: “también esta vez me guió el propósito de no sacrificar nada en aras de una simplicidad y perfección y un acabamiento aparentes, de no escamotear los problemas ni desmentir lagunas e incertidumbres (...). Quien ame a la ciencia de la vida anímica, deberá aceptar también tales inclemencias”. Y en Puntualizaciones sobre el amor de transferencia, donde dice, sin titubeos, “no escribo para la clientela, sino para los médicos que tienen que luchar con dificultades serias”. Se está refiriendo a la clínica, a la transferencia y sus escollos, a la transferencia como escollo. Escribir para la clientela: decir lo que se cree que el público quiere escuchar, ser demagógico y condescendiente. Escribir para la clientela: acomodar las complejidades de manera tal de ahorrarle a la clientela las inclemencias de la dificultad. En esos lugares, Freud sienta las bases de su ética en lo que a la posición enunciativa se refiere. Sara Glasman se detiene en esta particular posición de Freud, la de las lecciones introductorias al psicoanálisis, la posición de tratar al auditorio como el médico al neurótico: “no utilizará un tono dogmático ni exigirá adhesión; no impondrá convicciones, sino que le bastará con estimular el pensamiento”. Se trata menos del contenido que de la forma, se trata más de despertar a la audiencia que de convencerla, se trata menos de que comprendan que de “leer en las resistencias de los discursos de algún discípulo el concepto que es necesario trabajar”. Freud escribe las conferencias incluyendo a la audiencia, al oyente crítico. No viene a iluminarnos, viene a hacernos pensar. He ahí el gesto inclusivo y la generosidad. No hay texto sino en la opacidad, en el titubeo, en la zozobra del sentido que no se detiene. Luis Gusmán cita a Borges: “el texto definitivo pertenece a la religión o al cansancio”. Reproducir enunciados como si fueran acabados no es sino un modo de la religión, del dogma. Si seguimos la pista de qué lector estamos concibiendo, surge también la cuestión de la intención: uno nunca sabe lo que dice porque lo que dice se termina definiendo en el otro; la intención está, cuando no perdida, al menos interceptada. No hay texto sino en el lector, y el lector es siempre un efecto, no puede suponerse anticipadamente a la lectura entendida como acontecimiento. La cosa no pasa, entonces, por si algo es divulgación o no, sino por la pregunta acerca del lector que supone un texto. Escribir para la clientela: hacer de un texto algo acabado, transparente, definitivo, intencionalmente claro y sencillo suponiendo un lector anticipadamente, un lector vacío de saber al que hay que llenar.

Juan B. Ritvo tiene, como pocos, una posición enunciativa que incluye al otro en la escena. Carlo Kuri subraya: “el lector de Ritvo [...] es un lector en busca de alguna consideración teórica que resuelva, demarque y se emancipe de las fórmulas intoxicadas de lacanismo”. También en su enseñanza oral, Ritvo asume una posición que no es la del falso “entre nos”. Dice en un seminario: “voy a tratar de ir desplegando el tema,  porque mi modalidad consiste siempre en ir trabajando cosas que me inquietan y no tengo sabidas, es decir, trato de ir sabiéndolas a medida que las voy trabajando, esto me parece que puede dar lugar a un mayor desorden pero también a una mayor frescura”. Ante el cansancio que produce la repetición, el estereotipo, urge el antídoto: “la frescura del lenguaje”, dirá Barthes. Esa frescura es lo otro de la reproducción jergosa que se erige como saber y, a la vez, es lo otro de la pretendida simplificación que asumen los que creen que el interlocutor es tonto. No se trata entonces de divulgación sí o no, sino de la especulación de escribir para la clientela o, en las antípodas, del encuentro con eso que no se busca: la frescura de aquel que piensa con otros.

AK

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