Los cuadernos de primavera Opinión

La leyenda del punk triste

Fabián Casas Cuadernos de primavera

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César Vallejo, el super poeta peruano, tuvo la mala suerte de escribir un poema sentimental que dejó entre los inéditos después de morir y que su mujer Georgette publicó después en un libro que se tituló Poemas humanos. El poema se llama Piedra negra sobre piedra blanca y narra una premonición que se cumplió: “Me moriré en París con aguacero,/ un día del cual tengo ya el recuerdo/Me moriré en París –y no me corro- tal vez un jueves, como es hoy, de otoño./Jueves será porque hoy, jueves, que proso/ estos versos, los húmeros me he puesto/ a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto, / con todo mi camino a verme solo./César Vallejo ha muerto, le pegaban/ todos sin que él les haga nada;/ le daban duro con un palo y duro/ también con una soga; son testigos/ los días jueves y los huesos húmeros, la soledad, la lluvia, los caminos…”. La imagen de un Vallejo triste y apaleado es la que más prendió como recuerdo postal. ¿Quién sacará a Vallejo de ese lugar de mierda?

Hay determinados escritores o escritoras que quedan presos de ciertas interpretaciones canónicas que terminan siendo poco productivas para entrar en sus obras. Le pasó a Sylvia Plath cuando las feministas ortodoxas se apropiaron de su obra y salieron a perseguir a Ted Hughes hasta abajo de la cama. La obra de Plath, una poesía genial, onírica, atávica y que tenía una deuda grande con los poemas de Life Studies de Robert Lowell, terminó produciendo una acumulación de papers académicos abominables. Para volver a leer a Sylvia había que bajarse del mito, porque el mito sólo permite la repetición fractal. A Friedrich Nietzsche le pasó lo mismo hasta que llegó Gilles Deleuze y lo sacó del lugar típico en el que se lo había tranquilizado: un vitalista precursor del nazismo, un semifilósofo fragmentario, poco conceptual, un aristócrata salvaje de derecha. Entonces el francés publica Nietzsche y la filosofía y el maestro alemán se convierte en un filósofo del amor fati, un poeta anti llorón, un hombre que aún con sus cadenas puestas puede ayudar a otros a emanciparse. 

Es probable que algo similar pase ahora con el documental de Peter Jackson sobre Los Beatles y ese viejo tema de que cuando los músicos grabaron y filmaron Let It Be la pasaron pésimo y estaban por matarse entre ellos. Jackson dio con un montón de horas de grabación y se sorprendió con lo que vio: sí, había peleas, situaciones incómodas, aburrimiento, pero también mucho compañerismo, humor y alegría. Al final los Beatles se separaron pero no se llevaban tan mal, lo cual era ya un cliché sobre el que se solía volver una y otra vez. Es como esos cónyuges que cuando se divorcian ven a su matrimonio como un infierno sin matices. 

El viernes 15 de abril, cuando César Vallejo iba a morir, amaneció como él lo había previsto en su poema, lluvioso. Vallejo había entrado en coma, era un hombre joven al que los médicos no le encontraban de qué se estaba muriendo. Daniel Titinger –que ya ha escrito un libro hermoso sobre Julio Ramón Ribeyro- ahora dedica varios años a orbitar la vida del poeta de Santiago de Chuco y da cuenta de ese trabajo en El Hombre más triste, de las ediciones UDP, de Chile. Salvo el título, que es un lugar común sobre Vallejo, el libro tiene –mientras Titinger investiga- un tono de comedia negra que se agradece. Tenemos un perfil narrado por los amigos de amigos que aún están vivos y que conocieron a César Vallejo o a su viuda Georgette. Titinger consigue los informes médicos de Vallejo y se los lleva a un médico peruano que es una eminencia para que éste conjeture sobre de qué murió Vallejo. Ya sabemos cómo escribe Vallejo. ¿Cómo escribe Titinger? Cuando decribe a Alverto Aznarán, un fan de Vallejo que suele visitar la tumba del poeta en Montparnasse, lo hace de esta manera notable: “Tiene un abrigo oscuro encima de dos chompas y apenas un par de camisas debajo, como si llevara ropa de repuesto. Usa una gorra que ha perdido su forma de gorra  y sólo es una cáscara marrón que cae sobre sus ojos y los oculta. Su barba es blanca y su respiración está alterada como un buffalo”. Mucha gente cree que si uno se paga su propia edición del libro, eso está mal. Daniel Titinger muestra que esto es una estupidez: Vallejo se pagó la edición de Los Heraldos Negros y después volvió a hacer lo mismo con esa obra maestra que es Trilce. ¿Qué significa Trilce? Los que quieren el Vallejo triste y sufrido dicen que el poeta, cuando estuvo preso, se la pasaba bajo un rayo de sol –como en el neorrealismo italiano- que entraba por la ventana de la celda, repitiendo ”tres soles, tres soles” invocando a febo, que se propiciaba escaso. Pero otros hablan de una idea juguetona vallejiana, que el precio de los ejemplares de venta del libro era de tres soles y Vallejo unió las dos palabras y creó un neologismo, “Trilce”, algo muy común en él. ¿Habrá alguna chica que se llame Trilce? ¿Habrá algún chico que se llame Trilce? Les parece alguien depresivo e infumable el que empieza el poema número trece de Trilce con estos versos: “Pienso en tu sexo/simplificado el corazón pienso en tu sexo/ Palpo el botón de dicha, está en sazón/Y muere un sentimiento antiguo/degenerado en seso”.

Y que elige terminar este poema con esta frase lírica a la que le da la vuelta: “Oh, estruendo mudo/ Odumodneusrtse”. 

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En una época trabajaba en una revista de información general. A veces los títulos de las notas salían solos: si el artículo era sobre un productor de palta, poníamos “Palta en el cielo”. Pero cuando no sabíamos qué poner y queríamos resaltar la excelencia de alguien, como, recuerdo, un jugador de polo, poníamos “El Messi del polo”. Y si era un productor de alcaparras “El Messi de las alcaparras”. Y nos reíamos. Cuando alguien que no lee poesía y trata de leer Trilce y me pregunta, estupefacto, por qué me gusta tanto César Vallejo, le digo que porque es el Messi de la poesía latinoamericana. Y si el que me inquiere es un psicobolche progre gelmaniano, le digo que Gelman le afanó todo a Vallejo y le sugiero que compare el poema que Vallejo escribió sobre Pedro Rojas con el que Juan escribió sobre Emilio Jáuregui (poemasos los dos). 

Daniel Titinger dice que los testigos que entrevista cuentan que Vallejo era un llorón. Que era, como Ricardo Darín, de mandíbula de cristal. ¿Eso lo hace un  hombre triste? ¿Llorar no es una catarsis genial, liberadora? Escribe Vallejo en un poema muy divertido: “Un hombre pasa con un pan al hombro/ ¿Voy a escribir después sobre mi doble?/ Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su axila, mátalo/ ¿Con qué valor hablar del psicoanálisis?”. Cuando lees a Vallejo te dan ganas rápidamente de copiarlo. Escribí esto. “Cada vez que veo la película Billy Elliot , de Stephen Daldry, en la televisión, me emociono y lloro a granel/ ¿Soy por eso un hombre triste?”. 

FC

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