Opinión

Manejar con otros

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I.

De viaje por las rutas patagónicas, por kilómetros y kilómetros de estepa y meseta árida, pensaba en cuánto me gusta manejar y en lo difícil que es hacerlo en esas rutas de mano y contramano, donde no hay autopistas, que es el 90% del territorio del país. Pasar un camión o dos, calcular el tiempo de los autos que vienen enfrente, adivinar el tamaño de sus luces, especular si el vehículo que se ve a lo lejos va o viene, interpretar los ruidos del auto o las señales ambiguas de los camiones (¿el guiño izquierdo significa que podemos pasar o que el camión va a pasar él mismo, o quizás a doblar?), el viento que tuerce el volante, el brillo del cielo o los espejos de agua sobre el asfalto. 

Y me acordé de esta escena: el 10 de diciembre de 2019, el día de la asunción presidencial, Alberto Fernández llegó al acto del Congreso al volante de su propio auto. Todos vimos el auto oficial manejado por el presidente, camino a su unción y rodeado de cámaras. Claro que manejar esas diez o doce cuadras por la Avenida de Mayo dista mucho de agarrar una ruta de doble mano. Pero la imagen era elocuente. La metáfora es casi obvia, y además sobre ese episodio ya se dijo todo: Alberto se mostraba como un presidente autónomo, con iniciativa y poder propios. En otras coyunturas se ha hablado de pilotos de tormentas o de capitanear un barco, pero la idea de manejar el propio auto me parece potente porque, lejos de ser un gesto grandilocuente es un gesto de humildad: no tengo chofer, asumo los riesgos, me pongo al frente. No por evidente la imagen deja de ser significativa, especialmente a la luz de las tensiones dentro de la coalición de gobierno: cada tres o cuatro meses, Alberto tiene que volver a agarrar el volante para decir que el piloto es él, y no Cristina. 

No por evidente la imagen deja de ser significativa, especialmente a la luz de las tensiones dentro de la coalición de gobierno: cada tres o cuatro meses, Alberto tiene que volver a agarrar el volante para decir que el piloto es él, y no Cristina

En el viaje me tocó también ser copilota, sentarme a la derecha y cebar mate, aguzar la mirada o elegir la música. Tampoco es un trabajo fácil: hay una responsabilidad en ayudar a mirar. En definitiva, nunca se maneja solo: se maneja con copiloto, con los que vienen de frente, con los camiones y los motociclistas, con los prudentes y los kamikazes. Tampoco se gobierna solo, y menos en las crisis. Se gobierna con los propios y con los ajenos, con la oposición y con la interna. En diciembre, con el aniversario de los 20 años del 2001, volvió a circular la foto de Duhalde y Alfonsín en los días más álgidos de la crisis. Los dos senadores bonaerenses, uno peronista y otro radical, acordando cómo salir del laberinto. Ya desde septiembre del 2001 se rumoreaba un pacto de gobernabilidad entre ambos: por la negativa, Alfonsín declaró que, aunque en los últimos meses se había encontrado con Duhalde dos veces, no habían hecho “gestiones para un Gobierno de unidad nacional” pero que creía en el diálogo interpartidario, que apoyaba al gobierno en las negociaciones con el FMI y que había que gobernar “con sentido progresista”. No es la primera vez que Alfonsín tuvo que tomar postura frente al FMI. Tampoco es la primera foto de Alfonsín pactando: en muchas ocasiones se lo vio al viejo “ejerciendo” el consenso en acto, hecho cuerpo en una caminata, en una charla, en una mesa redonda. Se habló mucho de la hipótesis destituyente del peronismo, pero menos del poder constituyente de esa alianza ocasional, de emergencia.

II. 

Esta semana Alberto invitó a los gobernadores a dialogar sobre el acuerdo con el FMI. Él conduce, pero sube a los gobernadores al auto: quería “transparentar” los números, conseguir apoyos, mostrar robustez. La reunión, protocolar y descontracturada, fue como un foro abierto y televisado. Guzmán expuso cuál sería la estrategia argentina y luego hablaron los gobernadores. ¿Hay rumores sobre falta de acuerdo acerca del pago de la deuda? Pues bien, las diferencias se expusieron a plena luz: así fue como Alberto Rodríguez Saa habló de “deuda odiosa” y de tomar el camino de la denuncia internacional, Kicillof deslizó que el programa de deuda acordado durante el macrismo fue técnica y políticamente erróneo, Arabela Carreras manifestó apoyo pero pidió limar asperezas con la oposición en relación al tratamiento del pasado. De la opinión de Cristina –que algunos opositores reclaman– se sabe por otros medios, por ejemplo la carta del último 27 de noviembre. Es inevitable imaginar a los acreedores mirando el video del encuentro del miércoles y leyendo las cartas de la vicepresidenta. ¿Pensarán que Alberto conduce o que el acuerdo nacional está descarrilado? Los gobernadores de la oposición, por su parte, no asistieron al encuentro. Larreta dijo: “Es un acto político, no institucional”, y, sin poner en cuestión la pobre conceptualización larretista sobre lo político, Alberto le respondió: “No es un acto político”. ¿En qué sentido podría pensarse que un diálogo sobre nuestra enorme y heredada deuda externa no es político

Algunos dirán que en el 2001 la polarización política era menos acentuada que hoy. Es cierto, en el 2001 estábamos fragmentados, pero ahora vivimos tiempos polarizados: la sociedad, los partidos, los medios están regidos bajo esa “ley de gravedad”, en palabras de Quevedo y Ramirez, que es la polarización. Los autores de Polarizados hacen bien en abrir la mirada y correrse del plano estrictamente político-partidario: la polarización trasciende y desborda los partidos, dicen. En un espacio tan dividido, parecería que las oposiciones tienen menos “incentivos” para colaborar con el gobierno: algo de eso se vio en el debate sobre el presupuesto en diciembre. Como si se clavaran en la ruta a 60 kilómetros por hora, sin avanzar ni dejar avanzar. Un juego imposible, suma cero, bloqueo mutuo. Alguien a quien le gusta la ruta se preguntaría: ¿cuál es el chiste de manejar así, sin aventura, sin dejarse interpelar por los otros conductores? 

En un espacio tan dividido, parecería que las oposiciones tienen menos “incentivos” para colaborar con el gobierno. Como si se clavaran en la ruta a 60 kilómetros por hora, sin avanzar ni dejar avanzar. Un juego imposible, suma cero, bloqueo mutuo

Vivir polarizados significa también carecer de un diagnóstico común, ni siquiera sobre la inminencia o la gravedad de la crisis y mucho menos sobre la salida a tomar. Implica la ausencia de un terreno común, que no puede ser otro que el terreno de lo político, ese que Larreta desdeña. En otras épocas la sociología imaginó la “salida argentina” al juego imposible del empate hegemónico. Hoy, como dijo Galliano en este diario, la única salida parece ser el final apocalíptico de una crisis total, una en la que queden ellos o nosotros. ¿Debemos llamar a eso polarización o acaso esa palabra, que remite al equilibrio físico de dos cuerpos que se atraen y se repelen a la vez, es todavía demasiado suave, demasiado indulgente? 

Yo quería hablar de la belleza de la ruta, de la felicidad de manejar, y terminé hablando del peligro, del riesgo inminente, del miedo a estrolarse, del pánico a la fatalidad. 

SM