La melodía a la noche, con vos

La melodía a la noche, con vos, podría ser el título de un standard. De una de esas canciones que nacieron en otra parte, casi siempre en viejas comedias musicales, y de las que el jazz se apropió como su material esencial. Pero no. Es, en cambio, el nombre de un disco extraordinario en el que Keith Jarrett, de vuelta de uno de sus brotes psicóticos –él los llamó “fatiga crónica”– dejó de ser quien había sido para convertirse en una versión más profunda –e inasible– de si mismo. Lo grabó en su casa. Lo registró a solas. Y fue, de alguna manera, una obra conceptual.
Allí (se) respondía varias preguntas, una de ellas acerca de lo que el título enunciaba. La relación con la melodía. Y, la otra, sobre qué era –o qué podía ser– el jazz. Era, por otra parte, una obra que, como algunos cuadros de Yuyo Noé, se escapaba de su marco. Era un disco cuya escucha resultaba totalmente diferente si se ignoraba quién era el que tocaba que si se sabía que se trataba de Jarrett. El refugio en la melodía –su aparente ausencia de improvisación– de quien había edificado un tratado sobre la variación y sus límites. Un álbum que, como ida, podía ser irrelevante pero, como vuelta, era deslumbrante.
Adrián Iaies acaba de publicar un nuevo disco, que ya puede escucharse en las plataformas y que próximamente tendrá su edición en vinilo. Es, también, un conjunto de canciones a solas, en su casa y con su piano, que plantea, ya en su título (también un nombre largo y con un inciso final, en este caso entre paréntesis y no después de una coma), la idea de las preguntas y las respuestas que el jazz (se) hace. Y, desde ya, la relación con la melodía. Sur (como respuesta a todas las preguntas) es, también un regreso. Como en Nostalgias y otros vicios, su primer disco, que vio la luz hace ya 27 años, editado por Acqua Records –en ese entonces un sello también muy joven–, su material es el tango y su lenguaje es el jazz. Como entonces, su auténtica sustancia es la memoria, algo esencial para la nostalgia, para el jazz y para otros vicios. También, en este caso, no se trata de cualquier tango sino de algunos de los melódicamente más inspirados –“Nieblas del Riachuelo”, “Nunca tuvo novio”, “Nada”, “Sur” (claro)–. La mirada, o la escucha, si se prefiere, es, no obstante, otra. Es la construida a lo largo de tres décadas de trayectoria ejemplar durante la cual Iaies, ese pianista porteño, cinceló la reconcentración como una de las bellas artes. Y construyó un lenguaje pianístico con una clase propia de virtuosismo, cimentada en fuentes reconocibles –Bill Evans y John Lewis, un artista a cuyos encantos al principio se había resistido, pero también Lucio Demare, en sus formidables versiones de tangos a solas, grabadas a fines de los 60s–, pero con un estilo que sólo le pertenece a él.
La melancolía entendida como estilo emparienta a Iaies con otro gran pianista, Gerardo Gandini, que también abordó –y bordeó– al tango desde otras tradiciones. Ambos partieron de la noción de que el jazz, mucho más que un género, podía ser un manual de operaciones. Y que, en ese sentido, tomar como materia prima a determinados tangos –en el caso de Iaies ese universo se amplió naturalmente a Charly García o a Joan Manuel Serrat–, lejos de ser una operación ajena al jazz, profundizaba su esencia. La de ser, parafraseando a Atahualpa Yupanqui, “sombra en la sombra”; la de referirse, permanentemente, a algo que está siempre –el tema– pero nunca acaba de estar del todo. Algo que funciona en sus juegos con la memoria. Y que necesita, para completarse de manera virtuosa, de un fondo conocido contra el cual dibujar su figura. Para el jazz, originalmente, fueron los standards, cuya constitución en tales, a partir de mediados de los 40s, tuvo que ver, casi siempre, con lo que grababa y popularizaba Frank Sinatra. Para los oyentes estadounidenses, eso es lo que estaba en la memoria. Y contra esa imagen era como se perfilaban esas extraordinarias variaciones y, a partir del be bop, de variaciones de las variaciones, que edificaban, nota sobre nota y acorde sobre acorde, Coleman Hawkins, Charlie Parker o Bud Powell. Para Iaies, lo que está en el recuerdo –o en el ADN– es todo eso pero, también, el tango. Esas melodías bellísimas, casi operísticas pero, también, su gesto. Su nostalgia y sus otros vicios. Esas preguntas a las que, tal vez, sólo el Sur es capaz de responder.
DF/MF
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