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QUÉ ESCUCHAR

Músicas y fronteras

Konstantinos Kavafis

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Konstantinos Kavafis, en su poema “Esperando a los bárbaros”, atribuía la inacción del foro y la desazón del pueblo a la inminente llegada de los bárbaros. Los bárbaros, sin embargo, no llegaban y, casi sobre el final, el poeta se preguntaba: “¿Que haremos sin los bárbaros?”. Hay lugares donde esa pregunta es innecesaria. Los bárbaros siempre llegan.

La idea de barbarie, y su otra cara, la civilización, tienen que ver con las fronteras. La civilización –y los civiles– eran quienes vivían en la civis, la ciudad. Los barbaroi, palabra griega que los romanos adoptaron, eran quienes vivían afuera. Los extranjeros. La palabra “civilización”, sin embargo, no es tan antigua. Comenzó a utilizarse en Francia en el siglo XVIII y lo hizo acarreando consigo otro concepto, el de cultura, nombrada como la entendía Europa, con un término que venía de la misma raíz que cultivo. Trabajar en lo virgen y lograr que fructificara.

El mundo, como se sabe, ha cambiado. Es decir, lo hace permanentemente. La eficacia de la industria del entretenimiento y su poderoso brazo armado, los medios de comunicación masiva, han logrado lo que los liberales ­–los verdaderos– no hubieran soñado. Sólo que lo consiguieron al revés. Donde los intelectuales de la civilización imaginaban, como condición necesaria de la ampliación de derechos políticos, que todos tuvieran una formación –y una información– similar. Y soñaban con que la cultura “alta” –lo único que consideraban cultura, desde ya– fuera accesible para todos, los tiempos modernos hicieron, en cambio, que lo que se democratizara fuera la cultura “baja”, mucho más fácil de comercializar.

Cambian los precios de las localidades en los shows, la calidad de los teléfonos celulares y los modelos de auriculares y, eventualmente, las versiones, pagas o gratuitas, de las plataformas de streaming pero hoy la música que alguien escucha en MP3, yendo a trabajar en el tren a las 6 de la mañana, es exactamente la misma que alguna otra persona –que tardará por lo menos un par adicional de horas en levantarse y comenzar su día, posiblemente en el gimnasio– escuchó a la noche en un show en el Campo de Polo y  en un oneroso sitial de privilegio.

Pero la cultura tiene sus propias reglas. O, mejor, las va creando a medida. Y el arte, que es eso que los medios de comunicación llaman cultura, también. Se alimenta de las contradicciones, se apropia de lo que tiene a mano, se empeña en no seguir rumbos rectos y previsibles y, además, con toda su inabarcable variedad, le sigue interesando a mucha gente –aunque no a los nuevos bárbaros, por cierto–. Tampoco es fácil definir qué es al arte. Los teóricos, desde siempre, vienen intentándolo ­–sobre todo para dictaminar qué no es arte– con éxito dudoso. La pregunta, y las respuestas posibles, acerca de por qué un lapso de silencio en la noche no es una obra de arte y sí lo son 4 minutos con 33 segundos diseñados por John Cage para poner cabeza abajo el mundo de la música de concierto, o por qué una tela vacía en una tienda de insumos para pintores y una tela vacía en una exposición o en un museo son cosas distintas, pueden ser incomprendidas, indignantes, desafiantes en el mejor sentido o simplemente no figurar en absoluto entre las preocupaciones de quienes disfrutan con alguna clase de arte. Pero tanto ellas como las discusiones entre fans acerca de qué artista, o qué disco o canción son mejores que otros rondan una misma cuestión ­–y una misma función social–.

Con todas sus indefiniciones, y sus formas infinitas, el arte parece ser aquello que dialoga con el arte. Que reflexiona sobre él. Incluso que lo discute. Y existe una clase particular de público –presumiblemente lectores de esta columna– que se regocijan en especial con aquellas obras que, como un buen acertijo, se resisten un poco. Que no dan todo de sí desde el primer momento. Que permiten ser descubiertas de a poco. Y vueltas a descubrir después. Y mucho más tarde también. Y está claro que, ya desde hace tiempo, esas obras no corresponden exclusivamente al campo de la tradición académica. Aunque han fascinado sobradamente a muchos de sus autores.

Hay obras que adquieren esa función estética al moverse –o ser movidas– de su lugar y su tiempo. Nuevas escuchas proporcionan nuevas funciones. Un oyente familiarizado con el jazz, por ejemplo, oirá un canto ritual de los mataco o los swahili con una perspectiva totalmente distinta que la de alguien perteneciente a esas etnias. Prestará atención a la polirritmia, al entrecruzamiento de las voces. Algo similar a lo que relató el compositor alemán Georg Philip Telemann: “He escuchado tocar el violín a campesinos, en mi viaje por Polonia, y en unos pocos minutos de su música he encontrado más riqueza que en la mayoría de las sonatas y cantatas que he oído en las cortes e iglesias de Hamburgo”. El compositor, desde ya, no tardó en poner en práctica lo que había aprendido.

Y hay obras que, a partir de la grabación del sonido –y, sí, de los medios de comunicación masiva– fueron apareciendo poco a poco, hasta adueñarse de una parte significativa de esa bolsa de gatos llamada “música popular” –donde conviven Astor Piazzolla o Chick Corea con Shakira–, en que esa “función estética” es ya un punto de partida. Muy tempranamente, por ejemplo en la extraña –y osada– combinación tímbrica de “Mood Indigo”, en su primera grabación, realizada  por Duke Ellington en 1930, o en el extraordinario entramado rítmico en el estribillo de “Chiclana”, por el grupo Los Virtuosos (Julio y Francisco De Caro, Elvino Vardaro, Carlos Marcucci y Ciriaco Ortiz) en 1937, hay pruebas contundentes de que sus artífices concebían –y deseaban– la posibilidad de la escucha atenta.

Todavía hay quienes asocian música clásica con seria o profunda y música popular con ligera o pasatista. Podrá decirse muchas cosas acerca de los gamelanes –esas gigantescas orquestas de instrumentos de percusión del sudeste de Asia– que entusiasmaron a Claude Debussy en la feria internacional de París en 1889. Pero difícilmente se los podría considerar “música ligera”.

La ida y vuelta entre distintas tradiciones es sumamente clara en el Allegro Barbaro BB 63 de Béla Bartók –una buena muestra de lo que el musicólogo Serge Moreux, en su trabajo sobre este autor, en 1956, llamó “folklore imaginario”– y en la versión que, con el título “The Barbarian”, abría el primer álbum de Emerson, Lake & Palmer, en 1970.

O, siguiendo con el trío de Keith Emerson, Greg Lake y Carl Palmer, su lectura del cuarto movimiento, Toccata concertata, del Concierto para piano Nº 1 de Alberto Ginastera.

Como anécdota vaya el hecho de que a Ginastera, que había sorprendido a Emerson por su “aspecto de banquero” –el salvajismo de su música le había hecho esperar otra cosa– le encantó el tema que, titulado “Toccata” ocupaba el segundo lugar, después de “Jerusalem”, en el disco Brain Salad Surgery. Y alrededor del folklore imaginario, que tan bien le queda a Ginastera, una pequeña joya, sus Tres danzas argentinas por Martha Argerich, en vivo en el Concertgebouw de Amsterdam.

Las canciones, las danzas, van de pueblo en pueblo y de músicos en músicos. “Greensleves”, por ejemplo, de cuyo origen nada se sabe con certeza salvo que fue inglesa, se refirió, originariamente, a unas mangas sucias de césped de una dama que gustaba de revolcarse por los campos, se cantó en las cortes, se convirtió en tema para variaciones virtuosas, fue un interludio en una ópera de Ralph Vaughan Williams basada en William Shakespeare, y una pieza de jazz y caballito de batalla de John Coltrane, entre otras cosas.

Como colofón, Maurice Ravel mira a la antigüedad y compone una Pavana ­–que nombra a infantas tan difuntas como lo estaba esa danza en 1899­– y en 1939, apenas cuarenta años después pero en otro mundo, Peter DeRose, Bert Shefter y Mitchell Parish la convierten en una canción que se convierte en éxito primero en la voz de Mildred Bailey –con la orquesta de Red Norvo y arreglos del vanguardista Eddie Sauter- y luego por la orquesta de Harry James con un joven cantante llamado Frank Sinatra. El tema lo cantaron más adelante Doris Day y Sarah Vaughan y lo tocaron Chet Baker y Booker Ervin entre muchos otros. Siempre con su referencia a Ravel aunque ya sin infantas ni difuntas.

No se trata de un elogio de la barbarie sino de una ampliación del concepto de civilización. Y de la certificación de que los bárbaros ya no son los extranjeros y de que la pregunta de Kavafis debería ser, esta vez, qué haremos con ellos.

 

Diego Fischerman es autor del blog El sonido de los sueños: https://xn--sonidodesueos-skb.com/

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