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QUÉ ESCUCHAR

Las olvidadas

Florence Price

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En 1963 una astronauta rusa , Valentina Vladímirovna Tereshkova, había comandado la nave Vostok, lanzada al espacio el 16 de junio. En cambio, ninguna mujer había dirigido aún una orquesta importante y en ninguna temporada de ningún teatro de primera línea se programaban obras de compositoras. Había, sí, pianistas. Y algunas violinistas y cellistas. Resabio de la música doméstica del siglo XIX. Pero la abstracción, la comprensión del lenguaje, la visión de conjunto (y la conducción, desde ya) pertenecían a los hombres.

Había, no obstante, otra realidad, apenas visible fuera del pequeño mundo en que transcurría. La polaca Grazina Bacewicz había ganado el Concurso Nacional de Polonia con su Concierto para orquesta de cuerdas en 1950 y, en 1960, había obtenido el Primer premio en un concurso parisino por su Música para cuerdas, trompetas y percusión. Galina Ustvolskaya, discípula dilecta de Dmitri Shostakovich –que se peleó con toda la Asociación de Compositores Soviéticos para que ella fuera admitida– para ese entonces ya había creado una parte considerable de su obra. Ni la suya ni la de Bacewicz ni la de otras autoras como Amy Beach, Elizabeth Maconchy, Rebecca Clarke, Ethel Smyth, Lili Boulanger o Florence Price, todas ellas nacidas entre los finales del siglo XIX y los primeros años del XX, fue escuchada por públicos amplios ni incluida en ningún canon hasta mucho después. En realidad, hasta ahora.

Ya se sabe, lo que un día es lo más natural del mundo de repente deja de serlo. Y aquello de lo que nadie hablaba –y cuya existencia apenas era registrada– pasa a ocupar el centro de la escena. Hoy no hay orquesta que no se dispute los grandes nombres femeninos de la dirección. Y en el campo de la composición actual las mujeres son protagonistas. Rebecca Saunders, Caroline Shaw, Anna Clyne, Anna Thorvaldsdottir, Julia Wolfe, Kaija Saariaho, fallecida este año, o la argentina Patricia Martínez –otra lamentada pérdida reciente–, son apenas algunas entre las que son programadas en los festivales y teatros más importantes. Las grandes autoras secretas del pasado, incluyendo la romántica Louise Farrenc, una de las pocas que en su época recibió una formación musical completa, y las eclipsadas por hermanos o maridos –Fanny Mendelssohn, Clara Schumann y Alma Mahler–, por su parte, son las estrellas actuales de la discografía.

Los dos álbumes que la Orquesta de Filadelfia, con dirección de Yannick Nézet-Séguin, le ha dedicado a las tres sinfonías de Florence Price que se conservan (la segunda está perdida). Fueron publicados por Deutsche Grammophon y son una buena prueba del cambio de paradigma. El caso de Price, una autora de gran talento que ya en sus primeras obras anticipa en mucho al estilo de George Gershwin, es indicativo de la mirada del mercado actual y de su necesidad de responder al espíritu de época insuflando diversidad en un campo del que estuvo ausente durante siglos. Y es que Price, nacida en 1887, no solo fue mujer sino afro descendiente. Y el hecho de que la Metropolitan Opera House haya estrenado por primera vez una ópera de un compositor negro recién en 2021 –Fire Shut Up in My Bones, de Terence Blanchard– es, en ese sentido, un dato a tener en cuenta.

El primero de estos discos incluye las Sinfonías Nº 1 y Nº 3, compuestas respectivamente en 1932 y entre 1938 y 1940, fue editado en 2021 e incluido entre los mejores álbumes del año por las principales publicaciones dedicadas a la música de tradición académica –las inglesas Gramophone y BBC Music y las francesas Diapason y Classica. El otro acaba de ser subido a las plataformas y complementa la Sinfonía Nº 4, de 1945, con la Negro Folk Symphony, una composición escrita en 1934 por William Dawson, otro autor afroamericano, nacido en 1899.

Hija del único dentista negro de Little Rock, en Arkansas, y de una profesora de música blanca, Florence Smith –el apellido Price lo tomó de su marido, el abogado Thomas Price, con quien se casó en 1912, y lo conservó a pesar de divorciarse de él en 1931– tocó el piano por primera vez en público a los 4 años y publicó la partitura de su primera obra  a los 11. Pasaba por mexicana y de hecho, para inscribirse en el Conservatorio de música de Boston, puso, como lugar de nacimiento, un pueblo inexistente llamado Pueblo, en México. Sus obras ganaron premios, siempre dentro de asociaciones afronorteamericanas, y su amistad con el escritor Langston Hughes y con la cantante Marian Anderson –una de las grandes contraltos de la historia– que cantó sus arreglos de negro spirituals, le valieron un gran respeto dentro de la comunidad intelectual negra pero la frontera con el Gran Mercado (blanco) era infranqueable. Estas grabaciones de la Orquesta de Filadelfia son, en efecto, las primeras versiones grabadas de sus sinfónías. Y, paralelamente, su música de cámara y para piano comienza a suscitar interés.

Bonus Track, para escuchar en vivo

Vieron, desde el bote, a un ser gigantesco, con la cara pintada, bailando en la playa. Y Magallanes le pidió a uno de sus hombres que se acercara y lo imitara. En esa danza conjunta e improbable se cifró el encuentro entre los españoles y los Aonikkenk, a los que llamaron patagones. A partir de esa escena, relatada por el cronista Antonio Pigafetta, el compositor chileno Sebastián Errázuriz, junto con  Rodrigo Ossandón y Marcelo Lombardero ­–que fue el director de escena en el estreno en el Teatro del Lago, en Frutillar, en el sur de Chile– compuso su ópera Patagonia, contando la conquista desde el punto de vista de los conquistados.

La obra, ahora en versión de concierto, se presentará en Buenos Aires, como parte de la temporada internacional del Teatro Nacional Cervantes, los próximos viernes 29 y sábado 30 y el domingo 1 de octubre. Las funciones serán a las 20 y tendrán lugar en el Centro Cultural de la Ciencia (Godoy Cruz 2270). Sus intérpretes serán la actriz María Paz Grandjean, los cantantes Marcela González, Evelyn Ramírez, Nicolás Fontecilla y Sergio Gallardo y el actor bailarín Francisco Arrázola.

DF

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