Opinión - Panorama de las Américas

¿En qué se parecen Mauricio Macri y Daniel Ortega?

Alfredo Grieco y Bavio Panorama de las Américas rojo

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En América, como en todas partes, las teorías de los dos demonios o de los dos indultos buscan igualar para desautorizar. Que de la polarización nadie saque ventaja. Ni polo positivo ni negativo, ni bueno ni malo. Ni mejor ni peor. Vidas paralelas, las rivales. Distintas las circunstancias, la hora, y uno o dos nombres propios, pero merecen el mismo castigo o el mismo perdón. Nadie es más que nadie, nadie tiene menos mugre, única moral: no juzgar. Este taciturno código de machos sombríos supo convencer, no vencer. Código de nobleza, poética del silencio, ética de la ecuanimidad, imperativo de imparcialidad –la estetización de la política inhibe la conversación, porque promete que la vía más segura para quedarse con la última palabra es no decir ni una. Aunque las comparaciones ya digan todo. Porque sí, en concreto, existe un hecho de gobierno, que desde de la iniciativa a sus consecuencias inmediatas, traza un segmento de inesperado, pero notorio, paralelismo entre la primera presidencia de Mauricio Macri y la cuarta de Daniel Ortega.

Antes de llegar a esa analogía concreta, conviene despojarse de ambigüedades. La pregunta retórica (porque conoce la respuesta) del título del Panorama sobre los parecidos entre el ex presidente argentino y el actual y futuro presidente nicaragüense ni parte ni se dirige a la aseveración ‘Macri, basura, vos sos la dictadura’. Ante la opción de vivir un segundo mandato de Mauricio Macri o un quinto de Daniel Ortega, este panoramista no titubeará. Preferirá en preferir el cambiemita al sandinista. Aclaración. En este experimento mental, opción significa la obligación de elegir entre A y B, sin poder proponer C, sin poder abstenerse, sin poder votar en blanco, ni poder impugnar. Ya en las elecciones del domingo 17 podremos votar en Buenos Aires una candidatura rival.

En Nicaragua, no todas las fuerzas políticas pudieron llegar hasta las elecciones del domingo 7 para disputarse la presidencia. Siete precandidaturas debían dirimir en sus primarias cuál de ellas se consagraría como fórmula de la opositora Coalición Nacional. Un frente electoral amplio, en cuyas internas se enfrentan agrupaciones de derecha, como los liberales, y de izquierda como los movimientos sociales. No pudo celebrar sus primarias para decidir su fórmula. Desde junio, al menos dieciséis líderes de la oposición están en la cárcel de Chipote, en Managua.  Presos en celdas exiguas. Sin ventanas, pero muy iluminadas por una poderosa luz eléctrica que no se apaga nunca. “En este país –explicó el presidente en julio a los medios- no hay ni habrá presos políticos. Si hay políticos presos, es por delitos comunes”. Amnistía Internacional contradice al presidente que antes fue líder revolucionario dilecto, guerrillero sandinista favorito, ladrón de bancos por la buena causa, exiliado en Cuba para esperar, regresado a Nicaragua para mandar, después del rápido buen éxito en derrocar en 1979 a la secular dictadura dinástica de los Somoza, monopolizadora del autoritarismo. Según la organización de DDHH hay millares de presos y torturados políticos, son más de medio millar las muertes opositoras desde 2018, y hay al menos 100 mil personas que huyeron desde el mismo año fatal, el primero auténticamente súperviolento de ‘Daniel’, como lo llaman las muchedumbres que sí lo votarán este domingo. Los 11 años anteriores, recuerdan, no habían sido así, en comparación habían sido tan tranquilos.

Los dos escenarios, el sudamericano y el centroamericano, lucen muy diferentes, y sólo uno luce democrático. Sin embargo, en la identificación de un problema prioritario, en la ubicación central que le asignaron en la agenda legislativa de sus administraciones, en la falta de todo temor reverencial e inmovilizador ante la ortodoxia, y en la inmediata reacción indignada y movilización masiva de repudio de la ciudadanía, y en la violencia inicial para reprimirla por las fuerzas de seguridad la similitud entre el estilo personal de gobernar de Macri en 2017 y el de Ortega en 2018 luciría –si lográramos atender sólo a este curso de acontecimientos, a su marco, y a ningún otro más- asombrosamente gigantesco. Hay que decir que parejo tema y problema está en el corazón de la actual coalición de gobierno saliente en Alemania, bajo guía democristiana de Angela Merkel, y que sigue en el alma de la que la seguirá, ahora bajo guía socialdemócrata. Después de todo, el ministro de Economía de Merkel por más de una década, Olaf Scholz, será el nuevo canciller. Y el mismo tema late en la campaña para las elecciones chilenas del domingo 21, que decidirán quiénes pueden suceder al presidente Sebastián Piñera y en la Convención Convencional que simultáneamente sesiona para redactar para Chile una nueva Constitución que reemplace a la pinochetista de 1981 aún en vigencia.

Este tema y problema no es otro que la reforma previsional, el sistema de jubilaciones y pensiones. Las propuestas de Macri y Ortega eran similares, y no consistían en más que en la voluntad de dar la fuerza de la Ley, o del Decreto, a una serie de elementales sumas, restas, divisiones y multiplicaciones. A Ortega esta ultrajante aritmética primaria le fue sugerida por el FMI; Macri no precisó de tal susurro en sus oídos. Muy básicamente, consistía en que las pensiones y jubilaciones nicaragüenses debían pagarse con las partidas que anualmente previera el Presupuesto, que, unas veces calculadas las diferencias entre a quienes tocaban mayores y menores beneficios previsionales, el total pagado debía surgir de la división de ese Fondo en tantas partes como beneficios, que si el Fondo calculado seguía el mismo en monto, pero se incorporaban más beneficios, a cada uno le tocaría un valor menor, y que un modo infalible de evitar esto es aumentar la capitalización de ese fondo a partir de aumentar el monto de los aportes. Que en un sistema de reparto serían las generaciones activas las que financiarían a las pasivas y en uno de capitalización, quienes aportan. Contra esta falta de imaginación de vincular aporte o impuesto con jubilación o pensión protestó la ciudadanía. La represión de Ortega fue terrible, cada vez más severa. Después de estas elecciones, todo esto será ley para siempre, a sangre y fuego.

En la Argentina, después de la sangre y destrozos en la porteña Plaza de los Dos Congresos, de la anécdota del mortero y su artillero perseguido por tierra y por mar, con nuestras prodigiosas, casi únicas facultades para la irrealidad, pensamos en otras cosas. Con un lacrimógeno vocabulario que tampoco se ausentó ni una sola vez en aquella ocasión argentina, la gran periodista nicaragüense Tifani Roberts contó que el levantamiento y protesta de los estudiantes había sido en Managua espontáneo e inmediato apenas oyeron que se metían con los ahorros de los abuelitos. No es menos legítima la protesta si a todas luces se nos impone un móvil diferente por detrás de tanta espontánea agitación: para dotar de ahorros a los abuelos, no tenía por qué el gobierno meter la mano en el bolsillo de las clases medias (las que estudian en la universidad). Hasta ahora, faltan en la historia universal de la infamia represiones feroces de manifestaciones juveniles u opositoras en defensa de los ahorros de los abuelitos (además, aquí no existe la tal cosa) o en defensa de los abuelos nomás (que sí existen, o subsisten, como buenamente pueden).

En Alemania, la cuestión es tan acuciante que ha creado una unidad nacional de fondo poderosísima. Tan grande evitación del conflicto lleva a la conclusión, evitada por nosotros, de que la cuestión es grave. El gobierno de centro-derecha de Merkel había dejado la Economía en manos de la centro-izquierda. El gobierno de centro-izquierda de Scholz la dejará en manos de la derecha, de los liberales que entran a su coalición con los verdes. Dentro de 20 años, saben, el 40% del presupuesto alemán irá al pago de jubilaciones y pensiones. Y no quieren que sea miserable, el beneficio previsional que a cada quien toque.

Chile, como Alemania, pertenece a la OCDE, el club de los países ricos del mundo. Cuando Macri presidente decía que se inspiraba en Piñera para administrar su fortuna y evitar el enriquecimiento ilícito, invitaba al sarcasmo. La fortuna de Piñera, de miles de millones de dólares, figura en los rankings de Fortune. A la de Macri le falta.  Este año 2021, en Chile, en agosto, la compra de autos nuevos aumentó un 97% con respecto a la de agosto del año anterior. En las cuentas corrientes bancarias particulares, en el mes de julio había 23 mil millones de dólares más que en julio de 2020. A los que se añadieron 9 mil millones más. El gobierno aumentó un 35% el gasto público en el año, y el consumo aumentó un 20 por ciento. En Chile el sistema previsional es de capitalización. A las AFP corresponden 7 de los 21 puntos de ahorro del PIB. Descontados esos 7 puntos, el ahorro sería en Chile el mismo que la década de 1950. Su desaparición reduciría el crecimiento a un 1, 5%, es decir, igual al crecimiento anual de la población. Por lo cual el crecimiento real de la economía sería cero.

El candidato de la coalición de izquierda que ganará las elecciones chilenas, Gabriel Boric, enfermó de Covid-19 en el país más vacunado de América, y asistió contagiado al último debate presidencial. Por lo que sus rivales también deben hacer cuarentena y seguir la campaña por vía “telemática”, como se dice en Chile, durante siete días. Boric descuenta que la Convención Condicional nacionalizará las AFP. Los fondos pasarán al Estado. La izquierda volverá a ganar las elecciones. Con nada de esto contaba Salvador Allende. Si, como Boric, el presidente socialista de la Unidad Popular hubiera podido financiarse con el ahorro obligatorio forzado por Pinochet, habría durado más allá de septiembre de 1973. Pero habría cometido un anacronismo de esos que a la larga siempre acaban por ser descubiertos.

AGB

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