LOS CUADERNOS DE OTOÑO

En el paseo de la desolación

Fabián Casas Cuadernos de otoño

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La desolación en algunos lugares de Estados Unidos es algo muy real. Los cuadros de Edward Hooper, con sus seres solitarios tomando algo en la barra de bares melancólicos, son carnaval carioca al lado de algunos lugares en los que estuve allá por el 98, cuando viví unos meses en el corazón del imperio, con una beca.

Recuerdo un bar al que iba por las noches para comer fideos con albóndigas -noodles whit meatballs- y que tenía un cartel rojo fosforescente en medio de una calle oscura. No me acuerdo el nombre del bar, pero podía entrar tranquilamente en el paseo de la desolación, esa canción hipnótica y hermosa de Bob Dylan. Y eso que en inglés yo no soy melancólico. Pero un día, en ese bar, pedí mi comida y de una mesa de enfrente un tipo me escuchó y me dijo: ¿Sos argentino? Le dije que sí y el tipo se vino a sentar a mi mesa, sin pedírmelo. Estaba ansioso por tocar suelo patrio. El tipo se llamaba Juan y dos por tres me viene a la mente. ¿Dónde estará ahora? ¿Seguirá en Estados Unidos?

El tipo se la pasaba leyendo a Gelman y Benedetti, era actor, estaba participando de otra beca y lo que lo apenaba profundamente -entre muchas cosas- era que era hijo único y que había dejado a su madre, anciana, sola, en la madre patria. Nos empezamos a ver seguido y lo fui a ver actuar. Era un actor intenso y hablaba mejor y más profuso que Shakespeare en inglés. Yo, por el contrario, tenía un inglés libresco -había estudiado con una profesora particular en la esquina de mi casa, a la que mi mamá me mandaba vaya a uno a saber por qué- y al principio, para dar mis clases -la beca me las exigía- me las anotaba todas en castellano, las traducía y después trataba de memorizarlas.

Mis alumnos lloraban de risa y se llevaban pañuelos de papel para secarse las lágrimas.

Una noche, con Juan, nos invitaron a ver a un elenco de argentinos que actuaban algo parecido al tango. Fuimos. Después terminamos en la casa de un diplomático comiendo empanadas y vino. Lo perdí de vista a Juan y me puse a charlar con varios de los que estaban en la fiesta hasta que se armó un tumulto en uno de los cuartos de la residencia (era una casa inmensa y todos teníamos en la solapa una etiqueta con nuestro nombre para ahorrar las presentaciones). Cuando me acerqué al griterío estaba mi amigo actor dramático, totalmente borracho, tirando las copas y la comida de una de las mesas mientras gritaba. “I want real people!”.

Juan era grandote, debería tener unos cuarenta años, y estaba en forma. Así que me costó reducirlo, sacarlo del lugar y tranquilizarlo. Pero su frase “I want real people”, me acompaña desde ese entonces. Volvimos caminando hasta la que era su casa provisoria -se la daba la beca- y ahí se puso a hacer mates, recitar a Neruda y cantar tangos. Me dijo que antes de irse del país había hecho un papel muy chico en una película que se llamaba Caballos Salvajes, donde hacía de policía.

Hace poco vi la película y lo volví a ver a Juan después de muchos años. Me acordé que cuando volví al país, a fines del 98, fui a visitar a la madre de Juan y le llevé una carta de su hijo. Toqué el timbre en una casa chorizo y una voz muy delgada me preguntó quién era. Le dije que era un amigo de Juan y que tenía una carta para su madre. A través del vidrio de la puerta vi como una mujer muy vieja caminaba hacia mí por un largo pasillo. Parecía una de esas tomas metafísicas de Andrei Tarkowski. La mujer había sido enfermera: me mostró fotos de Juan de chico. La casa era inmensa y me pregunté cómo haría esa mujer para poder mantenerla. Una capa de polvo cubría todos los muebles como un tatuaje. No sé qué hablamos. Le dejé la carta y me fui.

En esa misma beca me tocó viajar a Portland porque un grupo de teatro de esa zona dramatizaba textos de los que estábamos becados en Iowa. Tenía una compañera rusa que se llamaba Ola Mukhina, que no sabía nada de inglés con lo cual a mí me costaba hablar con ella. Cuando se presentó me dijo “Ola” y yo pensé que sabía español. A ella le costó resistir los meses de la beca porque extrañaba mucho. Pero la compañía de Portland puso en escena una obra que ella había escrito y era extraordinaria. Cada uno de los becarios nos alojábamos en la casa de alguno de los miembros del teatro de Portland por unos días. A mi me tocó estar en la casa de Michael Dumanis, un actor de unos cincuenta años que vivía en una casita hermosa con su mujer y su hija. El tipo había escrito un libro inmenso y hermoso sobre barcos legendarios. Me enteré de la historia del Mary Celeste, un barco que fue encontrado navegando a la deriva con el café caliente y el desayuno puesto, pero sin ningún miembro de su tripulación a bordo.

Michael le pegó tres tiros perfectos en la cabeza y dos en el corazón. Me miró.

Cuando llegué a la casa de Dumanis, mi equipaje lo hizo dos días más tarde, así que él me prestó un traje para el día en que todos teníamos que ir a la función donde se actuaban nuestro textos. Michael -al igual que Juan- era corpulento, el traje me quedaba grande. Me parecía a ese personaje que encarna David Byrne en Stop Making Sense, cuando él teoriza que, en el escenario, “todo debe ser más grande que en la vida”. Una noche, después de cenar, Michael me preguntó si lo quería acompañar a ver un pasatiempo que él tenia. Le dije que sí. Nos subimos a su camioneta y enfilamos en dirección contraria al río. Hasta llegar a un mall que estaba abierto las 24 horas. Michael fue a un hangar donde se practicaba tiro. Yo me quedé sentado tomando un café mientras él se ponía un chaleco verde, unas gafas inmensas, unos auriculares para taparse los oídos y agarraba una escopeta y disparaba a unas figuras que eran corridas para ver dónde se acertaba. Michael le pegó tres tiros perfectos en la cabeza y dos en el corazón. Me miró. Yo levanté el vaso de plástico del café a manera de saludo. Así fue.

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