QUÉ ESCUCHAR
Pasos de gigante
Podría elegirse “Giant Steps”. Y sería justo. Con sus 26 cambios de acordes y sus modulaciones de una escala a otra casi permanentemente a lo largo de 16 rápidos compases, y siendo como es uno de los solos de saxo tenor más famosos de la historia, alcanzaría para nombrar a John William Coltrane y caracterizar la complejidad –y la naturalidad– de su estilo. Pero ese es apenas su primer –o tal vez su segundo– estilo.
Podría, también, nombrarse A Love Supreme, ese disco grabado en diciembre de 1964 en que un cuarteto (los bonus tracks de ediciones posteriores mostraron que en ocasiones fue un sexteto) viajaba, indagaba en el sonido como un magma volcánico, como parte de una búsqueda de trascendencia espiritual y conexión con el universo –o alguna clase de universo–. Y a quién podría parecerle mal la elección de uno de los dos discos más consensuados del jazz. Y ni hablar del otro de esos dos álbumes, Kind of Blue, del sexteto de Miles Davis, anterior en unos seis años y donde el saxo tenor es, también, el de Coltrane.
Sería posible, y no estaría mal, centrarse en la manera en que él tomó dos temas en tres tiempos, suerte de valsecitos livianos, uno proveniente del folklore inglés, “Greensleves”, y el otro de una comedia musical, “My Favorite Things”, y los convirtió, esta vez con el saxo soprano, en travesías infinitas y en lecciones del arte de la variación. O en la vorágine de Ascension, apenas seis meses después de aquel Amor supremo y ya en otra galaxia estética. O en los grandes hitos: Blue Train o las grabaciones con Eric Dolphy o todos los registros de estudio con el cuarteto más extraordinario de todos los tiempos, con McCoy Tyner en piano, Jimmy Garrison en contrabajo y Elvin Jones en la batería o, claro, las baladas con Johnny Hartman.
Toda la carrera de Coltrane, de cuyo nacimiento se cumplieron cien años el pasado miércoles 23, fue, por otra parte, excepcionalmente corta. Sus primeros registros son con la banda de la armada y la big band de Jimmy Johnson, en 1945 y 1946. Al final de esa década participó en la orquesta de Teddy Stewart acompañando a la cantante Dinah Washington. Y entre diciembre de 1949 y marzo de 1951 fue parte de la orquesta, el sexteto y el septeto de Dizzy Gillespie. Entre 1952 y 1954, actuaciones con la orquesta de Earl Bostic y la de Johnny Hodges, junto a algunos trabajos menores, preludian el primero de sus gigantescos pasos: la entrada, en 1955, en el quinteto de Miles Davis, con Red Garland en piano, Paul Chambers en contrajo y Philly Joe Jones en batería. 12 años después, el 17 de julio de 1967, Coltrane murió de cáncer de hígado en el Hospital de Huntington y allí terminaba todo. O casi. Dos iglesias, la Ortodoxa Africana y la Episcopal de Estados Unidos, lo veneran como santo. Y, al respecto, el mundo del jazz –y, en rigor, el de la música del siglo XX– no tienen duda alguna.
Lo difícil no es nombrar un momento significativo en la trayectoria de Coltrane. Lo que resulta casi imposible es encontrar uno solo. ¿“Naima”? ¿“Central Park West”? ¿Las grabaciones con Thelonious Monk? ¿Los registros con Kenny Burrell en guitarra eléctrica? ¿el grupo final, con Alice Coltrane en el piano?
No obstante, hay algo que sucede en apenas 25 segundos y que alcanza por sí solo. Un instante, apenas un vislumbre, de un cambio de paradigma definitivo. Una suspensión del tiempo en que Coltrane busca un sonido inexistente. Y en que no lo encuentra. Y en que eso no importa. En que lo trascendente es la búsqueda y no el hallazgo. Coltrane no logra tocar lo que quiere pero no retrocede. No vuelve a un lugar seguro. Expone la indagación. No busca la belleza ni su contrario –el desafío, la ruptura–. Simplemente busca algo que sabe que en algún lado está –y que encontrará más adelante, con su propio cuarteto–. La grabación es en vivo y parte del público lo chifla mientras la mayoría lo ovaciona. El lugar es el Olympia de París y el grupo es el quinteto de Davis, en esa ocasión con Wynton Kelly en el piano y Jimmy Cobb como baterista. Es marzo de 1960. El saxofonista ya ha grabado Giant Steps, ya es un solista de prestigio y allí es casi un invitado. El tema es “All of You”, una canción de Cole Porter estrenada por Don Ameche en un film de 1955, Medias de seda. Todo sucede entre el minuto 8:35 –aunque, como la lava volcánica, viene regurgitando desde antes– y concluye alrededor de los 9 minutos. Allí Coltrane se asoma al infinito.
Diego Fischerman es autor del blog Apuntes (https://diegofischerman.blogspot.com/