Opinión

La política bajo el dominio de Twitter y la tele

Tuits de Massa el 27 de julio pasado

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¿Cómo y cuándo supimos que Massa iba a ser el nuevo ministro de economía? De alguna manera nos la veíamos venir, y por eso la noticia no nos impactó, o al menos no tanto como el acontecimiento que dio origen a esta saga: la renuncia de Guzmán. ¿Qué estabas haciendo la tarde del sábado en que renunció Martín Guzmán? Yo me acuerdo: estaba en un asado y lo leí en Twitter. La catarata de renuncias de esta semana y la coronación de Massa como superministro parece cerrar el ciclo abierto aquel sábado soleado de principios de julio. 

Para los interesados en la política estos fueron días de zozobra, de ansiedad, como si viéramos una película de suspenso: una renuncia, más renuncias, especulaciones sobre los reemplazos, nuevo gabinete. Como no podría ser de otra manera, los vivimos como hechos mediáticos, que se parecen mucho a un espectáculo. Por ejemplo: todos vimos que Guzmán renunció por Twitter mientras Cristina Kirchner hablaba en un acto. La simultaneidad de los dos hechos, la renuncia y el discurso, tuvo un halo teatral: como en un paso de comedia, Cristina declamaba verdades sin saber que, tras bambalinas, o entre el público, algo se agitaba. Lo esencial, lo importante, sucedía fuera de foco, y ella lo ignoraba. Lo espectacular del caso, si cabe la palabra, pasó por esa convergencia entre el “vivo” (transmitido por la tele o por streaming) y lo que sucedía en Twitter, el gran escenario público, polémico y político de estos tiempos.

Ese fin de semana incierto, la figura de Massa circuló como posible reemplazo de Guzmán, pero luego apareció Batakis, como un conejo debajo de la galera. Un mes más tarde, el nombre de Massa volvió a sonar, en un tuit de madrugada, y también de forma dramatúrgica. Insomne, Malena Galmarini, su esposa, tuiteó un video que muchos leyeron como una pista o acaso como una advertencia. En ese video, musicalizado con una canción que dice Vuelve, todo vuelve, una voz en off dice de Massa: “En el momento en que todos restan, viene a proponer una locura: sumar”. Esto fue a las dos y dieciocho de la mañana. Al otro día, el tuit desvelado de Galmarini desató una ola de rumores, que luego Clarín recogió en una nota en la que, en un equívoco, habló en indicativo: “Massa será nuevo ministro de Economía y Juan Manzur seguirá como jefe de Gabinete. Fuentes oficiales lo confirmaron a Clarín”; minutos más tarde, el diario cambió el futuro por un condicional de rumor, pero solo en referencia a Massa. En el titular quedó una huella de certeza: “Juan Manzur seguirá”. Esa noche, Massa desmintió los rumores por Twitter. 

Georges Balandier, el gran antropólogo de los rituales políticos, dice que la política es inseparable de la puesta en escena –que, en la actualidad, pasa por su mediatización. Los medios (tradicionales y digitales) no son solo el escenario donde sucede algo escrito en otra parte: ellos son actores y autores de la política. Aunque las democracias parlamentarias son poco espectaculares –porque no hay mayores giros de guión y el “arco narrativo” está relativamente previsto–, las crisis políticas son los momentos más propicios para la dramaturgia. Cuando cruje lo sagrado del poder, ahí hay lugar para el suspenso y el “plot twist”. 

Cuando renunció Guzmán todos volvimos a ver tele. Y entre el miércoles y el jueves, cuando se hablaba de Massa, pusimos de nuevo los canales de noticias, donde fuimos a buscar alguna certeza oficial, suponiendo que los periodistas, como institución, tendrían algún tipo de “llegada” a las fuentes. Nadie sabía qué mirar, todo estaba alterado, los periodistas también, exaltados o desconcertados. En momentos como estos, yo encuentro cierto goce en mirar canales opositores, porque intuyo que si pasara algo grave, muy grave, ellos serían los primeros interesados en anunciarlo (no sin regodearse). En TN y La Nación+ vi paneles de periodistas sentados en mesas semicirculares, en banquetas o de pie (muy incómodos, por cierto), pispeando permanentemente sus celulares, esperando que llegara alguna novedad de alguna parte a través de sus pantallas para luego transmitirla en nuestras pantallas. 

En medio de toda esta crisis, se viralizó por redes sociales un video falso, un montaje muy verosímil (por su elaboración técnica y, hay que decirlo, también por su contenido) de una emisión de LN+ que anunciaba la supuesta renuncia del presidente. Como en el fondo todavía soy una espectadora ingenua del siglo XX, olvido que la tele y las redes pueden producir fake news: lo relevante es, de todas formas, ¿qué es lo creíble de las fake news? En otras palabras: qué verdad hay en lo falso.

El jueves a las 18:05 la placa roja de La Nación+ decía URGENTE. La voz de Feinmann, en off: “Estamos en condiciones de adelantar, Pablo, que en instantes Alberto Fernández, el presidente, va a anunciar que Sergio Massa es el nuevo ministro de Economía, Agricultura y Producción”. 18:06, la pantalla partida en cuatro. En el cuadrante superior izquierdo, Pablo Rossi; a la derecha, Feinmann. Abajo, una cámara fija en la puerta de la Casa Rosada y, al lado, imágenes de archivo con Massa hablando. Los periodistas chequean sus celulares y especulan sobre posibles reemplazos durante dos minutos, hasta que aparece el comunicado oficial, que leen y escrutan en detalle. Luego se conoce la renuncia de Julián Dominguez (por Twitter) y de Silvina Batakis. A la noche los móviles se instalan en la Cámara de Diputados, donde esperan que Massa haga declaraciones. “Me explota el celular”, “Te acabo de mandar una foto”, le dice Feinmann a Jonathan Viale mientras hacen tiempo, y se ríen, y tardan en mostrarla: es el meme de Massa con el pulover de flores de Batakis. La información oficial llega recién al día siguiente, con un tuit del presidente, otro de Massa, y sucesivas reuniones y conferencias de prensa, todas ellas mediatizadas, que le dan, por fin, estabilidad y certidumbre a la información. Victoria De Masi, que me ayudó a reconstruir el camino de la noticia sobre la designación de Massa, tuiteó: “Al final, Clarín tenía el dato”. ¿Tenía el dato o leyó (y creyó) el tuit de Malena? Y para nosotros, los que lo mirábamos por Twitter y por tevé, ¿dónde empezó el rumor?

Existe una imbricación profunda entre el discurso político y el periodístico. Las redes sociales agregan complejidad, porque ahí ambos convergen e interactúan con los discursos de la gente común. Ana Slimovich analiza esa convergencia en su último libro (Redes sociales, televisión y elecciones argentinas). Hablando de los noticieros, ella encuentra que los periodistas adoptan tres posiciones, “traductor de lo político”, “filtro de lo político” u “homogeneizador de lo político”. Son tres modos de construir el sentido de un acontecimiento político desde la institución periodística, que se materializan en el cuerpo del periodista, en los planos y contraplanos, en la arquitectura espacial. 

En este mes de zapping intenso en búsqueda de información certera, los periodistas de los noticieros operaron como “reveladores de lo político”, como médiums o demiurgos, como autoridades capaces de revelarnos las novedades que brotaban de sus celulares. Novedades que, como espectadores y usuarios de las redes, podíamos ver casi en tiempo real, pero sin certezas. Esto me hizo pensar dos cosas: que necesitamos certezas, y que, aunque no le creamos nada, el periodismo no está muerto. Y de la tele y los diarios volvimos a Twitter, en forma de runrun, chiste u opinión. Del secretismo oracular de los medios tradicionales a la visibilidad vertiginosa de Twitter, ida y vuelta.

SM

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