Opinión

La privatización de la política

Debate electoral para las presidenciales de 2019. Política y narración.

Manuel Basombrío

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La noción de “grieta”, la idea de que existen dos versiones del mundo que resultan irreconciliables, es un fenómeno de relativo alcance global y que tiene, entre otras explicaciones, la de la proliferación de las redes sociales. Sin embargo, en la política doméstica parece más acusada que en otros países y lejos de zanjarse en alguna de sus aristas no hace más que profundizarse día a día. El hecho de que en la Argentina sea más acusada se debe en buena medida a que hace varias décadas que se erosionó el diálogo político y las propuestas partidarias, sólidas y bien dibujadas con el retorno de la democracia, quedaron perdidas en el olvido. Parafraseando a Freud, nadie sabe qué quiere el peronismo, o qué el radicalismo o qué la derecha. A lo sumo, algunas provisionales posturas sobre de los inverosímiles episodios que conforman la agenda cotidiana. La Argentina es el país del asterisco, pero no el del “sujeto a error u omisión”, sino el del sujeto a “futuras conveniencias partidarias”.

Hay, creo, un hecho maldito en nuestra vida política que está íntimamente relacionado con la imprevisibilidad que caracteriza los debates públicos: entre la última década del siglo XX y la primera del siglo XXI hubo un enorme y mismo grupo de votantes que instaló en el poder dos ideologías profundamente antagónicas, encabezadas en buena medida por el mismo puñado de dirigentes políticos. Hay pues una doble falla: una falla por el lado de la ciudadanía y una falla por el lado de los representantes. Se trata de un problema mayúsculo que, dejando de lado unas pocas honrosas excepciones, concierne a una gran mayoría de la ciudadanía; “nosotros y ellos”, por peronistas o por neoliberales, denostamos al menemismo. Es casi imposible disponer de una explicación acerca de semejante inconsistencia. Así, en el breve lapso de veinte años, nos “cargamos” la palabra (y el diálogo), insumo fundamental de la práctica política.

El origen de este problema tiene fecha identificable. En el año 1989 se instaló en el poder un gobierno que nunca hizo pública la orientación de sus políticas o, lo que es lo mismo, nunca siquiera esbozó eso que buenamente llamamos “plataforma política”. Esto significa que en la Argentina asumió un gobierno que no comprometió ninguna palabra, que actuó por tanto al abrigo de la impunidad (política) que da el silencio. No importa para estas reflexiones detenerse en los resultados de las políticas de los noventa. Lo que sí importa es que, a partir de ese silencio primero, la política doméstica perdió su trama narrativa y, correlativamente, asistió a la erosión de los personajes, quienes transitaron y transitan de un espacio político a otro al abrigo de la impunidad (moral) que da la falta de identidad.

De aquí viene la manifestación del problema más profundo que, a mi juicio, padece nuestro país, y que adopta la forma de paradoja: la privatización de la política. La tramitación de los asuntos políticos (polis) se instalaron en sede doméstica (eco), en el espacio privado. El supuesto renacimiento de la política que se habría verificado después de la crisis del 2001 parece más retórico que real. Las grandes decisiones políticas se toman en círculos cada vez más estrechos, y las reglas de acceso a esos círculos descansan sobre la amistad y la incondicionalidad, dos virtudes poco aptas para el buen funcionamiento de una democracia.

Los efectos de la privatización de la política no son pocos ni de poca importancia. Por lo pronto, profundiza el fenómeno de la polarización, un fenómeno que tiene mucho de natural (tribalismo) y que debe mucho a la lógica de las redes sociales, pero que en nuestro país es más acusado, justamente porque hace tiempo carecemos de una trama que ordene la vida política. Pero más fundamentalmente, despoja a la política de lo que le es más propio: el poder de transformar la realidad en aras del bien común a través de acuerdos legítimos. Sin propuestas políticas ex ante, sin que se comprometa la palabra, no hay posibilidades de lograr acuerdos; es simple: si no se dice nada, no hay “materia” para negociar, no hay nada para ceder y recibir a cambio. Sin propuestas públicas sólo hay espacio para pequeños acuerdos cuyos beneficiados resultan un enigma a descifrar o una sospecha para digerir.

Se aproxima una elección. Con ella, la posibilidad de que cada candidato haga públicas sus propuestas sobre los temas más sustantivos (no es difícil hacer un listado), es decir, la posibilidad de que cada candidato comprometa su palabra y asuma su responsabilidad, lo que para Weber une la ética y la política; con ella, la posibilidad de que cada ciudadano tenga una expectativa que le permita habitar el futuro. Así, nuestra vida política y las decisiones quedarán bajo el dominio de una trama, que ordena y dispone los hechos y los dota de significación; no hay peor tragedia que lo inenarrable, decía Paul Ricoeur. Así, se podrá urdir un destino común, consensuado y legítimo.

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