Opinión

Proyecto de vida

Ricardo Darín con Alejandro Fantino

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Hay un pasaje muy lindo de una entrevista que un canal de TV le hizo a Ricardo Darín. El conductor no puede creer que el actor hubiese rechazado un papel en una superproducción de Hollywood. Con toda naturalidad, Darín le explica que no le gustaba el personaje que le ofrecían y que no tenía ganas de estar mucho tiempo alejado de su familia. El conductor lo mira desorbitado. ¿Rechazar toda esa fama y, sobre todo, esa enormidad de dinero? ¿¡Por qué!? Darín insiste, con paciencia. Le explica que con el dinero que tiene ya vive bien, que no necesita más, que la fama internacional no le interesa tanto. Y que lo que disfruta es hacer bien su trabajo y el afecto que recibe de la gente en la calle. Todo perfectamente razonable. Salvo que el conductor seguía atónito.  

Una de las múltiples calamidades que trajo la era del neoliberalismo fue esa prédica cultural agobiante por la que tener dinero se fue situando como el único proyecto de vida que parece respetable. Hubo tiempos en los que se intentaba impulsar a los niños a hallar aquello que les apasionaba y que podían hacer bien, a encontrar su vocación, cualquiera que fuese. Por supuesto, había que poder mantenerse con la actividad elegida. Pero la elección pasaba fundamentalmente por la actividad. En algún momento los términos de la ecuación se invirtieron. La actividad dejó de ser lo importante: importaba su resultado contable. Podés dedicarte a lo que quieras, siempre y cuando se traduzca en dinero. Cuanto más, mejor. Frente a ese imperativo, cualquier otro proyecto de vida aparece devaluado. ¿Músico, astrónomo, docente? Loser, salvo que billetera demuestre lo contrario. ¿Empresario, financista, celebrity, desarrollador de cosas? Winner. La presión del mercado sobre los proyectos de vida se hizo sentir ya no sólo como lo había hecho siempre –asignando más o menos poder de compra a cada tipo de actividad– sino con una poco sutil presión moral. Sos winner o sos loser. Elegí.

Esa presión se está agudizando cada vez más. Uno de los indicios más elocuentes es la veloz trayectoria del término “emprendedor”. En Argentina era todavía infrecuente en el vocabulario de la gente común hace apenas diez años. Hoy no hay pelagato que no se autodenomine así, incluso en los sitios de citas. No interesa a qué se dedique ni cuánto capital posea. La palabra no da indicios: puede ser un fanático de las criptomonedas, un verdulero, una vendedora de copitos de azúcar o el dueño de Mercado Libre. Ser “emprendedor” indica una actitud proactiva hacia la actividad económica y la presunción de que uno ha tenido ya algún éxito en ese camino. La Real Academia Española todavía no registra la palabra como sustantivo y recién en 2010 incluyó en la definición del adjetivo (que por supuesto es muy antiguo) la connotación empresarial que hoy tiene. Tan nueva es. Hoy hay que ser un “emprendedor”, bajo apercibimiento de ser tenido como alguien sin iniciativa, un vago, un parásito social, un simple laburante, un loser.

En otra de mis columnas para elDiarioAR expliqué cómo se introdujo el término en nuestro vocabulario, de la mano de la derecha pro-empresarial. También describí allí la manera en la que los líderes del PRO (pero no solo ellos) vienen utilizando las escuelas públicas para difundir la ideología del emprendedurismo. Y el efecto nocivo que tiene en los estudiantes, al inducirlos a pensar que únicamente “emprender” es un proyecto de vida válido y que todo lo demás no lo es o lo es menos. 

En los últimos cinco años, la presión para orientarnos a todos a un único proyecto de vida asumió un tono agresivo que antes no tenía. Al menos no de manera tan explícita. Porque ahora no es solo la condena moral a quien no es “emprendedor”: a ella se suman ataques cada vez más directos a quienes aspiran a hacer algo o simplemente a abrir la boca sin tener los supuestos pergaminos que el título conlleva. En los debates políticos y en las redes aparece en la demanda de que alguien haya tenido experiencia “en el sector privado”, que haya “pagado alguna vez una quincena”, para asumir responsabilidades del tipo que sea. Como si ser empleador o haber ganado dinero diera alguna clase de clarividencia que los demás no tendrían. Como si haberse abierto camino en la jungla competitiva que sería el mercado fuera índice no solo de aptitud, sino incluso de talento o, más aún, de heroicidad. Y como si ese supuesto talento, además, fuese de aplicabilidad universal, necesario y suficiente para actuar en todos los campos.  

Ya no es solo la confianza noventista en que el hombre de empresa sabrá administrar mejor lo que sea. La curiosa creencia se tornó ahora en la exigencia de adquirir esas supuestas credenciales o quitarse de en medio. Se notó durante la breve designación de Silvina Batakis al frente del Ministerio de Economía. Al unísono, referentes del liberalismo autoritario y periodistas salieron a desacreditarla porque había hecho su carrera enteramente en el sector público, lo que implicaría una imperdonable falta de preparación. Orientó su proyecto de vida a la administración pública, hizo toda una experiencia allí, pero curiosamente eso no la hacía particularmente apta para ocuparse de la gestión del Estado. Como si su curriculum de treinta años cayera derrotado ante cualquiera que viniera con la experiencia de haber manejado un parripollo o haber sido gerente de recursos humanos en una empresa. 

La agresividad con la que se exige que toda actividad sea validada por un ingreso monetario suculento y que nuestros proyectos de vida se orienten a ello se traduce por todas partes en ataques a lo que son sus contrafiguras. Que no es solamente el pobre, el que no tiene dinero (acusado de no tenerlo por sus falencias personales), sino también el que posee algún cargo estatal y toma decisiones o el que maneja algún saber especializado que no apunta a valorizar capital. Políticos, funcionarios, representantes sindicales, pero también académicos, docentes, artistas, estudiantes: que se callen todos si no demostraron que saben triunfar en esa supuesta proeza que es ganar plata. 

Es importante que no dejemos que esas visiones nos acorralen. La vulgata liberal dice que nos beneficia a todos, pero es muy dudoso que dedicarse a amasar dinero traiga beneficios a alguien más que a quien lo amasa. Más aún, la gente que orienta su vida a hacer plata para sí suele tener conductas antisociales bien documentadas ¿Por qué tal orientación más bien egoísta, además, prepararía bien a las personas para ocuparse de la cosa pública? Como dice el dicho, sería como poner al zorro a cuidar el gallinero. Por lo demás, es necesario explicar que, con mucha frecuencia, ganar dinero no requiere demasiado talento ni implica haber hecho méritos, ni haber superado pruebas difíciles, ni nada por el estilo: muchas veces alcanza con haber heredado, haber accedido a información privilegiada, tener contactos o simplemente pocos escrúpulos. La peor de las universidades es un ámbito más meritocrático que el mercado: una carrera científica, artística o incluso política implica mayores desafíos, exámenes, evaluaciones y riesgos que lo que lleva en promedio dedicarse a hacer dinero. Que además es un objetivo más trivial que verdaderamente ambicioso.

Pero, en cualquier caso, sea como sea, incluso si me equivoco en esto último, de lo que no caben dudas es que nuestra sociedad necesita una pluralidad de proyectos de vida que sean viables y valorados. Los niños necesitan gente que disfrute siendo maestra jardinera. Los enfermos necesitan enfermeros. Los que padecen hambre, ese batallón de mujeres que todos los días entrega su tiempo de manera altruista en miles de comedores populares. El desarrollo científico depende de esa gente para la que no hay nada mejor que pasarse horas en un microscopio, analizando bases de datos o trajinando bibliotecas. La vida civilizada demanda todas esas artistas que crean música, poesía, novelas, danza. Y sí: las múltiples opresiones e injusticias que nos rodean también piden a gritos que haya proyectos de vida que se orienten al activismo y la política. Toda esa gente con proyectos de vida no mercantiles merece desarrollar su trabajo con dignidad y sin que le cuenten las costillas para ver cuánto dinero embolsaron o cuánta es su actitud “emprendedora”. Sus experiencias y saberes son tanto o más provechosos a la hora de administrar la cosa pública. 

Y merecemos también gobernantes que no crean, como la ministra de educación porteña, que “el principal objetivo de la educación es preparar a los niños para las nuevas demandas del mercado laboral”. Somos mucho más y otra cosa que máquinas para producir mercancía. Sepan los y las adolescentes que hoy piensan qué hacer de su vida, bombardeados por los mensajes agobiantes y totalitarios del capital, que son libres de elegir y que hay cosas mucho más importantes, necesarias, enriquecedoras, desafiantes y ambiciosas que mirar cómo se suman dígitos en una cuenta bancaria. 

EA

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