OPINIÓN

Psicoterapia on demand

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Estos no son buenos tiempos para la psicoterapia. Si lo pensamos un poco, este invento (que dos personas se encontrasen a conversar con fines de promover un cambio, en una de ellas, a partir de la asistencia profesional de la otra) funcionó durante un siglo, el XX, y quizá ya fue suficiente. En principio, ya no parecen estar dadas las condiciones –dejarán de estarlo– para que alguien se proponga lo que en sentido amplio se podría llamar “cambiar”.

Decir “cambio” es algo superficial; en un sentido más profundo podría decirse: querer tomar una posición resuelta respecto del sufrimiento o, más simplemente, interrogar el modo en que se hace la experiencia del sentido, para que este no sea inmediato ni impostado. El propósito último de la psicoterapia es producir un acercamiento imposible: constituir un sujeto de la experiencia.

Esto parece cada vez más difícil; no porque las personas hayan dejado de sufrir –al contrario– sino porque la sanción de que uno tiene que hacer un movimiento personal para ciertas acciones cayó en desuso. Hoy es la sociedad la que se tiene que adaptar a cada quien; a nadie se le puede pedir una renuncia para establecer un vínculo; en fin, el individualismo es la desaparición de la idea de una transformación interior.

Un psicoterapeuta es un obstáculo. Es un estorbo. El ideal ingenuo de que es alguien que te entiende encubre la realidad de que muchas veces no entiende o incluso no está de acuerdo

En este contexto, la propuesta de una aplicación de psicoterapia surgida a partir de la inteligencia artificial no puede extrañar. Es lo propio de una época en que cada quien puede hacer su descargo virtual sin que nadie lo objete, en que si el otro es una resistencia se la puede silenciar, eliminar o bloquear.

Un psicoterapeuta es un obstáculo. Es un estorbo. El ideal ingenuo de que es alguien que te entiende encubre la realidad de que muchas veces no entiende o incluso no está de acuerdo. Una App jamás se enojaría o pensaría “No te banco más”.

Ubico estas referencias, que pueden parecer inapropiadas, porque son el modo extremo en que retorna en la psicoterapia esa instancia que ya no está constituida intrapsíquicamente: el superyo. Hoy esa instancia de interpelación está proyectada en el mundo, se la puede ver de lejos y, como hace el individuo, doblar antes.

Salvo en el encuentro psicoterapéutico, que si es tal, tarde o temprano encalla con la suposición de algún tipo de valoración: “¿soy un buen o mal paciente?”, “A veces siento que me retás”, etcétera. Ninguna de estas comunicaciones podría vivirse con una App. La más interesante es: “Me aburro de contar siempre lo mismo”, porque quien la dice se aburre porque aburre al otro.

Entonces el tema no es si la inteligencia artificial podría reemplazar al psicoterapeuta. Claro que sí. El punto es que esto solo sería posible en un contexto en el que ya desapareció la psicoterapia. No es que va a dejar de existir, es que ya no existe más. Porque ya hay personas que esperan que su psicoterapeuta funcione como una App y no los incomode en lo más mínimo.

LT/MF