Reddit vs. Wall Street, Twitter vs. Trump y otros episodios del mundo corporativo

Twitter vs. Trump

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En días pasados un fenómeno inédito sacudió Wall Street. Grandes fondos de especulación venían jugando sin dificultades un juego que conocían bien. Seleccionaban empresas en problemas, como GameStop, de las que podía preverse que sus acciones tenderían a la baja, y realizaban apuestas. Si el precio de la acción bajaba, como era previsto, salían ganando (lo que a su vez empujaba más a la baja a la empresa víctima). Pero esta vez un hecho inesperado les complicó el panorama. Miles de pequeños inversores, articulados a través del sitio Reddit, se pusieron de acuerdo para sumar fuerzas en una operación inversa: comprar y hacer subir el valor de las acciones de GameStop para venderlas luego a un precio mucho mayor. De manera imprevista, a través de plataformas de internet como Robinhood, diseñadas para que cualquiera pueda jugar en la Bolsa, los jóvenes pusieron en marcha la operación. Resultado: las acciones de GameStop se dispararon a las nubes y los peces gordos de Wall Street comenzaron a perder fortunas.

Hasta aquí podría ser una historia edificante sobre las virtudes “democráticas” del mercado: trata igual a cualquiera, un joven con $100 y un lobo de Wall Street. Si le toca perder a éste, sea. Pero la cosa no terminó allí: con excusas poco creíbles, Robinhood decidió bloquear nuevas compras de acciones de GameStop por parte de individuos, lo que les evitó a los peces gordos mayores pérdidas y pronto desinfló la estrategia de los chicos de Reddit. Difícil comprobarlo, pero muchos vieron tras el cepo repentino la mano de los pesos pesados del mundo de las finanzas.

Quienes desconocen lo elemental sobre el funcionamiento del mercado imaginan que, librado a sus propios impulsos, sin intervenciones estatales, es una institución justa y “democrática” que premia el mérito o la astucia. De cualquiera por igual, grandes y pequeños. Pero de hecho, sucede al revés. Librado a su propia dinámica genera concentración del capital en pocos jugadores oligopólicos, es decir, el fin del “libremercado”. No casualmente, allí donde funciona, el mercado depende de las leyes antimonopólicas del Estado para asegurar que no haya jugadores que acaparen toda una rama. Y también, dicho sea de paso, para que salga a cubrir las pérdidas cuando su accionar deriva en las crisis recurrentes que conocemos (puede dar fe Wall Street, rescatada en 2008 al costo de billones de dólares de los contribuyentes que el Estado puso para evitar la quiebra de los bancos). No existe mercado sin Estado. El mercado, tal como lo conocemos hoy, no surgió por generación propia: fue erigido trabajosamente mediante leyes, protecciones y sostenes que creó el Estado. Y en buena medida sigue subsistiendo gracias a ellas.

El capitalismo sin Estado que imaginan los liberales más exaltados no existe. Pero la mala noticia es que tampoco con Estado conserva el mercado su promesa de tratar a todos por igual. Porque, así como el capital corroe las reglas de juego “democráticas” del mercado, también hace lo propio con las de la política. Estados Unidos es el ejemplo más palmario. Hace tiempo, dos universidades de ese país condujeron una extensa investigación que demostró algo por lo demás evidente: el sistema político imperante allí no es una democracia propiamente dicha, sino un régimen oligárquico. El ejercicio que hicieron fue sencillo: analizaron 1779 políticas públicas implementadas entre 1981 y 2002 y compararon su orientación con lo que en cada momento prefería la opinión pública por un lado, y los ricos y los grupos de interés corporativo por el otro. La conclusión a la que llegaron es que en una abrumadora proporción de los casos, las decisiones del Estado habían ignorado las preferencias de las mayorías para favorecer, en cambio, las de los poderosos. O dicho al revés: la población común tenía una capacidad de incidir sobre la política pública cercana a cero. La gente vota, pero no decide.

En un escenario así, las capacidades del Estado, él mismo oligárquico, de limitar el creciente control del mercado por parte de los jugadores más poderosos se vuelven ilusorias. El capitalismo impone su lógica, que es anti-igualitarista y apunta a consolidar el privilegio, por sobre la idea de un mercado “democrático” que trataría igual a todos.  

Internet y las plataformas que supuestamente lo democratizarían todo vienen siendo también un canal de avance oligárquico. Así como, a pesar de su nombre, Robinhood dejó en banda a los pequeños inversionistas en favor de los grandes, por todas partes el capitalismo de plataformas deja ver su costado ilusorio. Aparenta democratismo, pero avanza en sentido contrario. Entre las varias noticias ominosas del accidentado fin de mandato de Donald Trump, le peor de ellas quedó en un segundo plano. Todos vimos las fotos de delirantes con cuernos y caras pintadas invadiendo el Capitolio con la aquiescencia de la policía. Pero la peor amenaza a la democracia no fue esa, sino la decisión unánime de todas las redes sociales de impedir a Trump el uso de la palabra. Un puñado de súper ricos decidió unilateralmente silenciar a un presidente que, por más idiota y peligroso que fuera, había sido elegido por la ciudadanía. Y lo hicieron sin ningún control democrático, invocando violaciones a reglas de uso que nadie más que ellos decidió y que además ni siquiera fueron tales (porque Trump no incitó a la violencia, como dijeron, sino que se limitó a decir que había habido un fraude en su contra, lo mismo que dijo aquí el PRO, por caso, en cada elección que perdió). Al cercenamiento de la voz de Trump siguió la suspensión de cuentas de miles de sus seguidores. Y aún antes que eso, igualmente inadvertido pasó el hecho de que Facebook canceló cuentas de decenas de grupos políticos, incluyendo algunos antifascistas y anticapitalistas. En el mundo en apariencia abierto y democrático de las redes sociales –la nueva opinión pública–, los dueños deciden quién habla y quién no. Nada menos.

Ni las libertades políticas ni nada parecido a un juego limpio en el mercado subsisten en un escenario en el que el capital avanza imponiendo su lógica.

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