¿Tiene ropa para regalar?: la música que escuchamos todos

Martin Rodríguez rojo Perdón que interrumpa

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Suena el timbre en los departamentos argentinos. -¿Quién será? -¿Esperás a alguien? -Deben pedir ropa. Atiende uno. Dicho y hecho: ¿tiene ropa para regalar? Cuando Abel Gilbert escriba sobre los sonidos de Pandemia se debería llamar así. Zoom, paredón y después. Un riesgo, el de siempre, en política: que te crezca el cuco. Que te alejes demasiado del precio de la leche. “La política es una interna entre personas que tienen casa con pileta”, escuché que tiró uno en el bar notable “Las Violetas”. Imaginación al poder y pies en la tierra. 

Esta semana Johana Duarte escribió un texto que era palo y hueso. Desde dónde habla: desde la Secretaria General del Movimiento Evita de Chaco y como Vicepresidenta del Instituto de Agricultura Familiar y Economía Popular (IAFEP) de esa provincia. Sin temor lo dice: estoy adentro del Estado. Desde adentro dice lo que hay que decir. Y lo que tira es un balazo: “En el Gran Resistencia, el 53,6% de las personas viven en la pobreza y el 10,6% en la indigencia, lo que la lleva a encabezar el dramático ranking de ‘ciudad con los peores índices del país’”. Éste es el texto completo. Y acá dice algo más: “Hay un crecimiento de gran Resistencia con chaqueños y chaqueñas que dejan su lugar de origen por no tener las condiciones mínimas de acceso a derechos, producto de la devastación económica de las políticas del macrismo y entonces se vienen a los grandes centros urbanos como Resistencia a vivir en condiciones infrahumanas. Y la consecuencia de que muchos niños, niñas y niñes no hayan podido acceder a la educación porque no tienen conectividad tiene que ver con esa pobreza estructural. Y si no empezamos a transformar eso que nos duele, que nos golpea, nuestro paso circunstancial por el Estado, para quienes venimos de los movimientos populares, habrá sido un fracaso.”

Una que sabemos todos

Nunca quisimos tanto a la escuela. La discusión de la presencialidad: “¿una nueva 125?”. Esta pregunta organizó el sentido de esta semana, de los dos lados. ¿Qué fue la 125? ¿Un conflicto fiscal? Bueno, en parte. ¿Un gobierno contra un sector de la economía? Sí, pero no solamente como si fuera contra “los laboratorios” o “la cámara de la construcción”. El campo de batalla de la 125 no eran sólo los pasillos de palacio o el hipertexto de notas de analistas con lobbys recetados. Fue un conflicto fundador: de una lengua, de identidades políticas, de plazas, de relatos, de otros conflictos. El 2008 inicia un ciclo político hasta hoy. Gobierno versus campo, Estado versus “cultura del trabajo”, inclusión versus meritocracia. Desde 2008 hablamos ese lenguaje que nació ahí. Si la 125 es hija del 2001 (son las cacerolas para sí), los conflictos actuales son hijos de la 125, porque, además, a su modo, la 125 no terminó, inventó la grieta, puso la parte de la sociedad contra el kirchnerismo, que también organiza su parte. Después llegó el macrismo a superponer el mapa amarillo de sus votos con el mapa verde del conflicto. Veámoslo en la saga Vicentín, por ejemplo, más allá de la falla legal de origen. 

No puede haber otra 125. Este conflicto de la presencialidad ya es entre partidos políticos que conducen sectores de la sociedad; y tiene la deriva de la tensión entre CABA y el gobierno nacional que reproduce en escala un bipartidismo posible: Conurbano versus CABA. Duhalde lo hizo. El tamaño geográfico de la Argentina no es el tamaño de su política. Alberto es un presidente de origen porteño. Larreta es el nuevo jefe de gobierno con aspiraciones nacionales. De CABA fueron casi todos los últimos gobernadores bonaerenses (Solá, Scioli, Vidal, Kicillof). Es el continuo urbano lo que hoy gobierna la Argentina. Lo gobierna desde su interna. 

Mientras, la pandemia sigue, suben las cifras, las camas escasean, y la pandemia se tragó a la post pandemia con sus debates que no fueron (como el del salario universal). Pero en Argentina, dicen, seguimos la tendencia a vernos excepcionales. A favor y en contra pero se repite esto. Eugenia Mitchelstein escribió “Argentina, campeón mundial en ombliguismo pandémico”. Ahí señala que “la cobertura periodística se desarrolla casi como si fuera un evento local, y cada una de sus aristas –desde los testeos hasta las vacunas, desde los confinamientos hasta el aumento de la pobreza y el desempleo– tuvieran lugar solo en nuestro país”. Y señala que el gobierno exagera su mirada local “a costa de cometer errores cuando se establecen comparaciones con otros países”. Y los opositores replican igual como cuando “afirmaron que la Argentina estaba entre los 10 países con más muertos por millón de habitantes, o que es el país con menor vacunación en América Latina, o del mundo”. Nuestra línea de flotación es… discreta (números parejos a los de Colombia y Chile en mortalidad, cuartos en América Latina en vacunación), seríamos un equipo de mitad de tabla si nos contamos las costillas de cara a un espejo que no nos deje mentir. 

A riesgo de hacer trazo grueso hay una tradición de rechazo a la “naturaleza argentina” que es tan Argentina que parece precedernos. Contra los indios, contra los caudillos, contra el gaucho, contra la plebe, contra la chusma, contra los cabecitas. Ya es un lugar común citar eso que leeríamos en Facundo o El Matadero. Y a la vez, estamos hechos de lugares comunes: nuestra literatura y nuestra lengua también están ahí, en esos libros, en lo que fundan, en las plumas que fueron espadas, en esa mezcla de fascinaciones, de odios y deseos, en ese Sarmiento argentino hasta la muerte, en esa larga mesa nacional de peones y Borges. Asís dice: este es un país para cobrar entradas. Asís lo dice bien, lo dice con humor en un país inundado de solemnes. Lo dice haciendo su contribución doble: a esa excepcionalidad y al circo. Lo peor que se le puede oponer a una necesidad es la solemnidad. 

Hay algo contra lo que no podemos luchar en la pandemia: contra sus costos silenciosos, los nuevos, y contra la velocidad con la que volvemos a acostumbrarnos a cosas que creímos superadas. Suena el timbre. “¡Fijate quién es!”, te gritan desde la ducha. Ya sabés quién es. Si los celulares y whatsapp mandaron al muere el teléfono de línea (el querido “teléfono fijo”), ahora, prácticamente murió el portero eléctrico. A teléfonos de línea solo llaman las abuelas y abuelos o los restos de las bandas de secuestradores (el capitalismo sofoca con nuevos modos de producción viejos modos de producción, incluso del delito). Cuando un timbre suena, ya se sabe quién es. Piden ropa. ¿Y si es el medidor del gas? La conciencia de vivir en departamentos a veces se hace adicta al arte de hacerse el boludo: algún vecino al que siempre creemos menos ocupado bajará a abrirle. La costra de indolencia para sobrevivir, el desgano, la fumata negra bajo la luz argentina que siempre, en cualquier momento, se corta, de eso también estamos hechos. Sobrevivir, y ése es el riesgo, no siempre nos hace más buenos. Sobrevivir también nos puede hacer más turros, más ventajeros, más sotas. Menos propina y más monedas en el tarro. Los buenos samaritanos juntaban ropa para llevar a San Cayetano. Ahora San Cayetano viene a domicilio. 

Pero volvamos al ombliguismo. Están los que creen que somos absolutamente excepcionales, que la particularidad argentina es lo que le falta al universo y dicen cuando miran una noticia de Lacalle Pou: “a Uruguay le falta peronismo”; es decir, no miran en el peronismo nuestra particularidad, sino un commodity político. Exportemos. Y están, por el contrario, los pesimistas que son ombliguistas al revés: que ven nuestra “naturaleza social” peleada con el mundo civilizado. Los leemos y oímos cuando todas las mañanas machacan que “no somos como el mundo”. Y a la vez, se nota que prefieren hablar del mundo sin leer las noticias del mundo real. 

En las insistencias hay verdad. Quizás Argentina pone su vara siempre alta. Siempre imagina formas de correr el límite de lo posible. Juicio a las juntas para salir de la dictadura. Un peso, un dólar para salir de la hiperinflación. AUH para anticipar la crisis. “Los Simuladores”: el cielo por asalto en medio del desierto. ¿Cómo se sale de la crisis en el país pichiciego? Asociados si hay malaria. Trocando favores si no hay moneda. Para adelante si no hay mucho que dejar atrás. Sacrificio, valentía, un poquito de estafa, un poquito de suerte. No todo está tan mal: sube la soja. Prendámosle una vela todas las noches. El auténtico ombligo es el AMBA: ese estar mirándonos entre porteños y bonaerenses. “Que los del Gran Buenos Aires miremos a los porteños y que ellos nos miren a nosotros o nos cuenten las costillas me produce la sensación de que detrás de esa pelea hay como una retracción sobre nosotros mismos”, dice Agustín Cesio.  

Murió Mario Meoni. Un ministro de Transporte sin chofer. Un hombre manejando su auto para visitar a su familia. Alguien que es recordado como laburante, antes que todo lo demás. La muerte de un político despedido tan sentidamente vuelve sobre eso que también corre la endogamia: hueso y carne. La humanidad. Los políticos también mueren. No es menos política lo que “conecta” sino una política más humana. Que no es más algorítmica. Que dialoga más con la historia que con twitter. Personas importantes, sorpresivamente, construyen su poder sobre una nobleza silenciosa. 

Gustavo Carrara, por ejemplo, es obispo auxiliar de Buenos Aires desde diciembre de 2017. Su trayectoria dentro del universo de “curas villeros”, la adhesión al proyecto de Bergoglio para la Iglesia argentina, sembró un camino que se puede ver en el modo de su consagración como obispo rompiendo protocolos. Lo entrevisté muchas veces. Una de las últimas, en 2018, junto a Mario Santucho lo hicimos para la revista Crisis. Quedamos en encontrarnos en un bar de Callao y Paraguay una tarde. Nos pidió que fuera en el centro, y con más detalle: que fuera en el barrio de San Nicolás. Una razón sencilla: estaba en una escuela cercana consiguiendo una vacante para un chico de Bajo Flores, su “zona de influencia”. Un papelito con un nombre en el bolsillo trasero de un jean. El grano de mostaza. 

Una semana tan productiva en circulación de memes es igual a… una semana dura. Hay que empujar contra el desánimo pero ya nadie escribe canciones de amor. Ese cruce de imágenes en grupos de “mapadres”, “colectivos de militancia” o “equipos de trabajo”, que se comparten las fotos de la doble fila de autos sin barbijos de las escuelas que aman odiar o imágenes de una feria de Quilmes del hormigueo argentino para ganarse el mango que no cortás ni con Estado de sitio. Imágenes contra imágenes. Parar la pelota es mirar también lo que no se ve. Como esto que dijo Paula Abal Medina, la pregunta política más imbancable: no cómo está la interna sino para qué se tiene el poder. Tocan el timbre.

MR

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