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Perdón que interrumpa
Opinión
La Selección y su único heredero: millones en las calles

El Obelisco, y una multitud de hinchas.

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El camino fue largo. El primer viaje: a lo desconocido. Al mundo Qatar. Y al final, el segundo viaje: a lo más conocido. Al corazón sin tinieblas. Cada jugador vuelve a su semillero. Porque después, cuando terminó la postal de verlos “todos juntos”, cuando ya pasó la fiesta, cada cual siguió su camino al pago, al pueblo, al barrio, a la casa familiar. Ahí se multiplicaron las cámaras que los siguen porque todos quieren aún comer de eso. Vamos pa’ya como bobos: a completar el círculo del costumbrismo. Hay días que hacemos el país para que lo pase una tarde el Canal Volver. Resta ese capítulo. El matambre casero con rusa. El equipo se convierte en las pequeñas esquirlas del cuento viejo de la Argentina. 

Detrás de los jugadores y sus tatuajes y sus códigos y del streaming del Kun (el mejor compañero, el que se alegra desde afuera), es como si el fútbol preservara en ellos su más antigua espiga. ¿Y cómo es el pueblito o la ciudad que los hizo posibles? ¿Qué podemos decir de ellos o qué dicen ellos (en cada una de sus microhistorias) de nosotros? ¿Y qué dice de nosotros eso que buscamos en ellos? Y así. Del mundo a la aldea, de la aldea al país. El fútbol y todos los mapas: el federalismo, las provincias, las movilidades individuales ascendentes; porque todo potrero es un cementerio de cracks que lo intentaron, meritocracia de barro. Los que no llegaron. Y hasta las capas medias también son un cementerio de cracks aunque con ese mayor filtro que inhibe el deseo juvenil de probarse en un club: porque el mandato familiar envía a sus muchachos, cuando puede, derecho a las profesiones. Nietos del m’hijo el dotor. Aunque también hay cracks. Pero todo indica que los de abajo rebuscan más el fútbol del ascenso social. El túnel por el que salió Dibu, Acuña, Molina, Montiel, es angostísimo. Bala dorada de una vida, de una familia. ¡Campeones!  

Veamos una imagen. Historia en el interior agrario. Scaloni está parado en el escenario que se montó en su pueblo. Pujato, provincia de Santa Fe. Y junto a lo que tradicionalmente llamamos “fuerzas vivas”, y los amigos y el intendente, como en un acto oficial de los años cincuenta, él escucha a la maestra de 82 años que habla y se esfuerza por decir algo que de golpe todos quieren escuchar: que Scaloni era un chico normal. La escuela normal, el chico normal. Que lo buscaba el papá en la camioneta por la puerta. Que era inquieto. Que la maestra lo sentaba adelante y él miraba por la ventana a ver si venía su viejo. Y que la familia sostiene todo, dice la maestra. Scaloni lagrimea. Y la maestra –cree, siente, con razón– que es su último acto escolar. Yo eduqué un campeón.

El periodista Julián Mozo publicó una reivindicación de la “tradición” del fútbol argentino, el estilo criollo, la nota que faltaba (la Scaloneta y “nuestras raíces”) mientras cada jugador vuelve a su pueblo. Road movie nacional: rutas argentinas, polvorientas, historias que van desde cordones urbanos hasta la pampa, desde la soja hasta Zapala. Jugadores argentinos con un racimo de raíces simultáneas. La multitud en Mar del Plata recibe al “Dibu”. “Siempre estén orgullosos del lugar donde nacieron”, dijo el líder. Fútbol y multitudes. Algo de subsuelo en estos días. Alexis Mac Callister anuncia a los pampeanos que va a su ciudad a festejar. Alexis es el jugador exquisito, hijo de uno rústico. En este mundial demostró su talento sobrio, su tarea “gris” de resolver problemas en el medio campo, limpiando jugadas, con llegada, prioridad en el juego colectivo. Al borde de Messi, con honra, silencioso. En el segundo gol de Di María, en esa coreografía, Alexis la toca dos veces. Lo ve sin mirar, sabe que Di María viene por la izquierda. Hay algo que todavía está ahí, revelándose, más intacto, como si el paquete de este mundial, ese paquete de goles y jugadas, no lo hubiéramos abierto del todo. Porque lo que vimos diez veces casi no lo vimos. Lo tenemos que mirar tantas veces hasta que se grabe un modelo. Así fue con el 86. Algo en su umbral: no podía hacerse mejor. Y de esta salimos mejores. Pablo Semán escribió que “los mejores enseñan a ser mejores y nos espejan hasta que podamos asumirlas, todas las ganas que teníamos de esto: de jugar la final, de ganar la tercera, de estar juntos sin tirarnos piedras de balcón a balcón”. Hay una señal de los millones en las calles que sienten dictada una orden: dejarse invadir por la felicidad. Y la dictan ellos también. La Scaloneta dio algo tan hermoso y por eso tan frágil. Como esas cosas que da miedo que se nos caigan de las manos.

Los mundiales y el fútbol arrastran la política. Emmanuel Macron, admirado como el fruto profesional de la alta política, fue a la cancha y al vestuario de la derrota. La prensa francesa y sus opositores le dieron para que tenga. Este mundial arrancó fuerte acá, la pica con el Macri mufa, después si Alberto viajaba o no (y el mufa iba a ser él) y en medio del mundial la condena a Cristina. Se habló de actos, movilizaciones, pero la clasificación, los partidos (cada partido una final), pusieron todo esto a un costado. Era obvio que iba a ser así, aunque la política argentina de los últimos años se perciba abrazadora, totalizante, capaz de darle el sentido final a todas las cosas. Y el mundial fue un rotundo paréntesis sabiendo que lo demás, el resto, iba a seguir después. Porque siempre sostendremos el arquetipo (“cuando despertamos, el dinosaurio todavía estaba allí…”). Y finalmente el nuevo “17 de octubre” tan esperado lo puso el fútbol. ¿Cuántos millones hubo en las calles? Pero no se llamará así. Cada acontecimiento escribe su mito, su nombre, su fecha, ocurre primero y se llama después. La gente fue a celebrar la casi única alegría colectiva en años. No interrumpan, parecían decir. A veces lo que se espera de la política no es ni que se borre, ni que se calle, ni que no sienta. Es menos que eso. Es que garantice. Que sostenga la escena, como si esta vez fuera el Estado una mano invisible. La mejor política, a veces, es la que hace cuerpo a tierra y le cede a la sociedad hacer lo suyo: sentir, vibrar, llorar y amar. Nacemos y morimos, y en el medio hay que llenar la vida de sentido. Decime si los mundiales no nos dan sentido. Decime qué se siente.

El vuelo de los Pucará de la Fuerza Aérea hizo vibrar los huesos de emoción como si fueran a abrir el baúl del viejo Estado y mostrarnos las medallas. Era el modo de completar la palabra “Malvinas” que resonó en “Muchachos”. El día del festejo tenía encima las profecías periodísticas vampíricas, los que se chupaban los dedos imaginando muertos, saqueos, descontrol. Algunos canales se autoconsumían. Y… no. Millones peregrinaron en busca del mínimo contacto con sus héroes: llegaron, se fueron, la gran mayoría en paz. ¿Podría hacerse mejor? Un ex funcionario con experiencia en la organización de eventos públicos compara el festejo –reconociendo la asimetría– con el Bicentenario. Dice que tuvieron aquella vez (doce años atrás) tres factores claves que contrastaban con la urgencia de este día: una billetera holgada, tiempo de planificación (fueron 4 millones de personas pero en cuatro días y no en cuestión de horas) y un poder político concentrado (sin este minué de internas que mezcla nombres; que Tapia, que Alberto, que las cuitas por Tinelli, que La Cámpora, el primereo de las fotos, etc.). “Dormimos tres meses antes en un hotel frente al Obelisco”, dice. “Muy difícil además organizar esto en este sistema político que parece roto”, remata. Las pujas sórdidas no se dan sólo entre Nación y Ciudad que, como vemos estos días con el fallo de la Corte el sistema político ingresa en el pantano delicado de su máxima expresión: la judicialización definitiva, sino también los desajustes rústicos entre Nación y Provincia, que se tiraban la pelota. Pero las entrelíneas de un tuit vidrioso de Chiqui Tapia, que leyó todo el mundo, exponían ese mar de fondo y las cuitas que el presidente de la AFA un poco se cobraba desde su estatus ganador (quien quiera leer que lea en Balcarce 50, parecía decir). Una versión circulaba sobre un diálogo entre Messi y el piloto del helicóptero. “–Nos vamos con ustedes. –¿Adónde? –¿Cómo, no está coordinado?”. Sonaba verosímil. Los campeones del mundo terminaron girando en círculo sobre el enredo agotador de la política oficial. 

Siempre hay algo masivo que no se acomoda fácil, ni trae etiquetado el “marco teórico”. Si miramos para atrás y vamos al culo del mundo de los recuerdos, se puede rememorar la multitud que enterró a Ringo Bonavena en 1976. Fue un paréntesis de la Historia. Es probable. Son los agujeros por los que se respira, las líneas paralelas del deporte y la cultura popular. Ringo era un quemero auténtico, fue de guapo a pelearle a Alí, “él va a perder porque es negro y yo soy argentino”, más o menos le dijo eso a un joven Mauro Viale que ya sostenía un micrófono. En esa frase se concentra el personaje conmovedor y maldito, a contrapelo, que manejaba códigos propios y se pasó de rosca en el deporte de riesgo de ver crecer su cuenta bancaria como una enredadera a la velocidad de la luz. Del barrio de las latas al Casino de Las Vegas. Finalmente llegó el cuerpo frío desde Nevada y su pueblo le dio el calor final.

En estos años duros, pandémicos, llenos de inflación, mega retorcidos, donde la política no pudo resolver casi nada, tuvimos estos “hechos” de máxima conmoción: murió Maradona y ganamos un mundial. Dos terremotos en la misma baldosa. Messi hizo brotar hacia afuera un liderazgo (que parecía pendiente) quizás tras un encadenamiento fortuito. Improvisemos esa secuencia: la dolorosa muerte de Diego lo hizo entrar en la edad madura; el Maracanazo fue el fin de una mala racha larguísima con la Selección (con la consecuente cerrada de boca al periodismo más canalla); la salida del Barcelona, más o menos como cuando Truman abre la puerta de la pared final y se va de ese mundo hecho para él; y finalmente el ingreso al PSG conviviendo con estrellas en ascenso, donde ya no se espera todo de él. ¿Aliviado el peso de la mochila, Messi puso su peso en la selección? Las cosas salieron bien.

Y frente a estos hechos (la muerte de Diego y el mundial), un gobierno peronista literalmente no supo qué hacer. Metió marchas, contramarchas, anuncios, desanuncios, se internó en su interna, se mostró perdido en su viejo monopolio del uso de los símbolos populares. ¿Qué hacemos con el pueblo en la calle si no es “nuestro”?, como subtexto frente a millones que desbordaron las calles en serio. Y estos matetes muestran obviedades que se cuentan en el día a día de esas internas infinitas, también en la rivalidad por hacer suyo el triunfo entre un oficialismo sediento y una oposición que se esforzó para que veamos en la Scaloneta no una síntesis argentina, sino su modelo de “equipo”. Pero a la vez algo más de fondo: la resistencia social a que estas emociones sean apropiadas por la política, por la que sea. Por toda esa política que por momentos caminó a la par de la euforia como “extractivistas”.

Messi llegó a Ezeiza, bajó del avión y le siguió de largo a la fila de funcionarios que esperaban la foto. Quizás desconoce las caras de la política. Le son indiferentes. O, parafraseando a Moris, y en ese gesto que tal vez ni se percató de tener, pareció decirnos que “la política resultó complicada”. No lo hizo para un coro. Lo hizo por la autopreservación que nace en cualquiera frente a tantos imperativos que les llegan por derecha, por izquierda. Sean ejemplo, les dicen. Y ellos con su distancia mostraron el otro estado del corazón “Quiero estar con mi mujer tomando mate…”. La selección nos devolvió el alma al cuerpo en esta navidad.

MR

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