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SOY GORDA (ESEGÉ)
Opinión

Como si fueran monstruos y bestias

La Ballena, protagonizada por Brendan Fraser, quien ganó un Oscar por su interpretación.

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¿Viste alguna vez una película, programa de tele o serie, donde la persona gorda tenga otras experiencias y vivencias que no sean el conflicto por su tamaño y por su peso?

¿Formaste parte del público de alguna existencia ficcional protagónica, común y corriente, como la del resto de los mortales, de alguien que porta un cuerpo distinto del que imponen las normas?

Parece que, en las escenas creadas por guionistas y realizadores de fantasías audiovisuales, a les gordes no les ocurre otra cosa que no sea el padecimiento por la abundancia de grasa en su cuerpo. Nada de que a una persona gorda la atraviesen el amor, la amistad, el trabajo, el tiempo libre, la relación con les padres o les hijes, y donde el eje dramático no pivotee alrededor de su volumen corporal. Toda su vida gira siempre en torno del kilaje.

La gordura ha alcanzado la categoría de bestialidad, vampirismo y monstruosidad. Es el resultado de una sociedad peso centrista, donde les gordes son enfocados desde el cuestionamiento de su supuesta problemática. Elles siempre tienen que achicar su cuerpo para alcanzar la salud y el bienestar, es decir la felicidad.

Después de la excitación de los Oscar, la alfombra roja y la competencia por el vestido más brillante y la joya más cara, podemos detenernos a pensar cómo la industria del cine hollywoodense y todas las cinematografías replicadoras de su modelo han representado la vida gorda. Salvo contadas excepciones que confirman la regla, como Lena Dunham y Melissa McCarthy, (las actrices de Girls y de Las chicas Gilmore, respectivamente) las personas gordas son causa de risas y llantos solo por su cuerpo, caricaturas deformes de lo que deberían ser. Gordes, no como sujetos, sino como objeto de chiste o como víctimas del resto del mundo. Esas son las únicas representaciones que le ofertan las pantallas a los espectadores. Una encarnación distorsionada y reduccionista.

La gordura, en la vida real y en la ficticia, sigue siendo causa de rechazo y discriminación. “De chica sufrí violencia médica, yo estaba ultra sana, pero una pediatra me puso 18 mil dietas con muy poca edad”, recuerda la actriz Laura Galán, protagonista de la película Cerdita (por la que ganó el Goya a la mejor actriz en 2022). “Estaba obsesionada con mi peso, iba a pesarme todas las semanas”, contó la protagonista de la película en la que un grupo de chicas flacas segrega a un par por su cuerpo diferente.

Estos estereotipos son tomados y aplicados por los creadores de cine y series. “En el momento en el que las mujeres no somos deseables según los cánones establecidos no se nos pone en pantalla”, afirma Galán, consciente de que no hubiera sido elegida en un casting para convertirse en un personaje sexy.

Dicen @brownssugahh y @ lainsumisa que en La ballena (The Whale) “el personaje de Charlie interpretado por Brendan Fraser está de luto por la muerte de su amante. Pasa sus días dando una clase de escritura creativa a distancia con la cámara apagada y discutiendo con su hija hostil. La escena inicial lo muestra masturbándose tan frenéticamente que casi sufre un infarto. A pesar de las muchas veces que se le muestra comiendo, en ningún momento disfruta de la comida o la saborea”. Traga tan rápido que no mastica y en una escena casi se ahoga. Charlie no tiene existencia fuera de la gordura. Es una ballena. Y el público acude al cine como tiburón, con la ferocidad de un depredador.

Las pantallas han cimentado e incrementado la visión antigorda de la sociedad con todos sus prejuicios y fobias. Y en general, a esas figuras las representan intérpretes delgados y fashion, aseguradores de audiencias, que se ponen artefactos que les inflan el cuerpo para interpretar roles ridiculizados. Látex, goma espuma y silicona pintada se aplica sobre la piel para crear la ilusión de una superficie engrosada.

Es un dibujo, pero Homero Simpson encarna al gordo idiota, como si esas dos características fueran indivisibles. Pero volvamos a la carne y al hueso del asunto. La representación ficcional de la gordura en cine y tele se sostiene para perpetuar una idea colonial y este imaginario ignora la verdad de la experiencia de un grupo históricamente oprimido por un grupo social dominante. Gordura como anomalía, enfermedad, amoralidad, invita a querer corregir y corregirse siempre.

En el flashback de un episodio de Friends, una de las series más exitosas de los 90, el personaje de Mónica (Courtney Cox) usa el artilugio de un disfraz que la infla para representar a una chica obsesionada con la comida, insegura, traga (de libros y de alimentos). Sin amigos ni vida amorosa es un fracaso hasta que logra bajar de peso.

Cuenta Gwyneth Paltrow sobre lo ocurrido durante los paréntesis del rodaje de la película Amor ciego (Shallow Hal): “El primer día que usé el traje de gorda me encontraba en Tribecca Grand, de Nueva York, caminé por el lobby del hotel muy triste. Era muy perturbador. Nadie hacía contacto visual conmigo porque era obesa”. En el filme, el personaje masculino se enamora de una Paltrow que anima a Rosemary en traje de una gorda de 150 kilos. Él la ve como si fuera una mujer flaca. El mensaje es que la belleza viene en paquete delgado, blanco, rubio y el remate feliz es con una Rosemary transformada en una persona magra.

Julia Roberts también se vistió de gorda en La pareja del año. En el programa de Ophrah Winfrey contó que los maquilladores le sugirieron que durmiera una siesta durante las largas y tediosas sesiones. “De ninguna manera, si llegara a hacer eso y al despertarme me viera con 40 kilos de más, perdería el sueño para siempre”, dijo.

El cine y la tele son los medios para perpetuar la idea de que la gordura es un permanente estado de transición, algo que debe transformarse para recuperar una inexistente sensación de control, el símbolo del manejo absoluto del exceso.

En la película Matilda, el musical, Emma Thompson juega el rol de la señorita Trunchbull, una ex atleta olímpica, brusca e imponente, una gorda mala que hace temblar a la criatura más valiente. Y la lista sigue: Eddie Murphy en El profesor chiflado, Martin Lawrence en Mi abuela es un peligro y Mike Myers en Austin Powers también se disfrazaron y engrosaron para ridiculizarlos y generar la burla del público. Las narrativas audiovisuales confirman el prejuicio contra les gordes al retratarles como payasos, o gente triste y falta de voluntad.

LH

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