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Opinión - Los cuadernos de invierno

Suavecito como alfombra de piel

Fabián Casas Cuadernos de invierno

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Mi hija Ana me dice que está haciendo un proyecto de música para su colegio, que consiste, entre otras cosas, en armar una carpeta con una banda de rock, estudiar su biografía, ver sus influencias, esas cosas. La banda que eligió con su grupo de amigas y amigos fue Los Auténticos Decadentes. Me dice que investigando en el origen de la formación de la banda, averiguó que los Deca se fundaron en la Escuela Nacional Número 10 del barrio de Almagro. ¿Ese no era tu colegio, papi?, me pregunta. Y sus palabras activan en mi memoria el patio de la escuela número 10, las aulas, el olor que había a determinada hora en los recreos, la cara de los preceptores: Sosi, Kundari, Galarraga, cada uno con una personalidad inestable y singular, como si hubieran sido pensados por Tolstoi. El rector, un militar retirado que vivía en Santos Lugares y se jactaba de ser vecino de Ernesto Sábato, la profesora de Ciencias Sociales, nerviosa, blanquísima, que se la pasaba pintando los labios, el profesor Guelbenzú, una especie de Mick Jagger ultra misógino que hoy sería cancelado en segundos.

Y el patio de noche cuando hacíamos las peñas donde los Deca tocaron por primera vez. Recuerdo el humo de la parrillada con chorizos, los amigos yendo de un lado a otro, las bandas precarias que se armaban y desarmaban, las parejas que se armaban y desarmaban… 

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Los Auténticos Decadentes son una cruza de los Sex Pistols con Gaby, Fofó y Miliqui. En sus presentaciones en vivo, desde que empezaron, tenían un desparpajo y una insolencia musical propia del punk. Ellos podían hacer música porque querían. Eran un montón en el escenario. Tenían también algo de los Happy Mondays. La sensación de ser muchos es importante, porque al no poder individualizar a los músicos uno podía pensar que estaba también arriba del escenario.

Los Decadentes tenían una vida epicúrea y todos los que los escuchábamos éramos hermosamente mortales: no había celulares que te decían que la fiesta siempre estaba en otro lado. No había GPS. Uno se perdía y perdía la forma humana.

En el Retrato del artista adolescente, de James Joyce, la voz del personaje que narra va creciendo junto con la historia hasta que llega a esos capítulos finales donde decide cómo va a vivir siguiendo tres preceptos que le parecen clave: silencio, destierro y astucia. Los Deca también fueron creciendo con astucia y con nosotros. Y su lírica y música fue cambiando. En un principio, las letras eran más elementales: hablaban de gatos, fiestas, machos en celo, mujeres diabólicas y podían estar sonando de cortina en la mente de Tinelli o en las canchas. Vení Raquel, uno de sus primeros hits, era una oda a lo que le pasa a los hombres que se tienen que juntar para darse ánimo para poder encarar a una chica, casi hasta el bullying. Seymour Glass, un personaje de Salinger, escribe en su diario que, frente a la belleza de una chica él sintió “ganas de tirarle una piedra en la cara”. Ese temor ancestral de no poder conquistar a la mujer, hace que en el tango Chorra el que canta decida “ponerse al lado del botón”.

Los Decadentes tenían una vida epicúrea y todos los que los escuchábamos éramos hermosamente mortales: no había celulares que te decían que la fiesta siempre estaba en otro lado

La novela Lolita trata de muchas cosas: sobre la lengua inglesa en la que Vladimir Nabokov está escribiendo y por eso el comienzo hace notar la forma en que Humbert Humbert pronuncia el nombre de su amada, y también habla del miedo masculino a perder a tu chica con alguien más listo. Esa es la paranoia que Humbert padece, en ese tramo de la novela que se convierte en una road movie, siempre perseguido en el espejo retrovisor por Quilti. Hoy, todos sabemos que es imposible retener a alguien. Quizá la juventud consista en imaginar que no.  

En la primera etapa de los Deca, hay una canción que trata de tranquilizar ese miedo masculino, es un himno genial para el cabeza de termo que habita los cerebros de los machos que hacen programas deportivos, debatiendo los vaivenes del “mundo Boca” o el “mundo River”. 

La canción se llama Auténtica: habla de una chica que toma champagne en un vasito de plástico y en el verano usa hawaianas y se sienta en la vereda a tomar mate. Y el que canta te dice y se dice: “Estoy seguro que la traicionaste mil veces y sin embargo te perdona y te comprende”. Y después cuenta que los sábados bajan la persiana de la pieza, prenden el turbo y ven en la tele El crucero del amor. El estribillo es mortal: “Ella es auténtica/auténtica/ no tengas miedo/ no te va a traicionar/ vos sos un grasa/ ella te quiere igual”. Es decir que la chica que hace todo lo que le pedimos, nos tranquiliza y nunca nos traiciona, es genial.

Pero eso no es una chica, es un rivotril.

Y aunque nunca se dice el sexo de quién tiene que entregar el marrón, los Decadentes son hoy más decadentes que nunca en su heterosexualidad. Es decir, siguen molestando hasta tarde a los que quieren dormir el sueño de lo políticamente correcto.

En la cultura de los Decadentes, como en la canción Fiesta, de Serrat, todos se cruzan con todos: “Hoy el noble y el villano/el prohombre y el gusano/ bailan y se dan la mano/ sin importarles la facha / Juntos los encuentra el sol/a la sombra de un farol/ empapados en alcohol/ abrazando a una muchacha”.

Más adelante, Jorge Serrano va a pulir su lírica de manera brillante: en Un Osito de peluche de Taiwán –una obra maestra de la canción popular- utiliza el correlato objetivo teorizado por T.S. Eliot, donde no se nombra la emoción sino objetos o situaciones que hacen que surja, ante su presencia, la emoción: “Un osito de peluche de Taiwán, una cáscara de nuez en el mar/ suavecito como alfombra de piel/delicioso como el dulce de leche”.  

Cuando termine la pandemia y podamos bailar y perder la forma humana en un recital, me gustaría volver a cantar con los Decadentes. Con mi hija. 

FC

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