Opinión - Tribuna abierta

El caso Costanera Sur o por qué desde la política hay que garantizar el goce del espacio público

El render del proyecto según la empresa. Arriba a la izquierda, el barrio popular Rodrigo Bueno.

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“El plan de las dos torres fue de mi socio, que en paz descanse, su cerebro tan lleno de ideas brillantes”, rememora el Señor Tamerlan, a propósito de su mega-proyecto inmobiliario al sur de la Reserva Ecológica. El villano de la novela Las Islas, de Carlos Gamerro, tenía entre manos una mega urbanización de Costanera Sur. La ficción parece haberse hecho realidad: con los votos en soledad del oficialismo porteño, la semana pasada se habilitó una vez más la posibilidad de construir en un gran espacio verde, de los que no sobran, un proyecto inmobiliario al estilo Puerto Madero.

Esto es una muestra de la mirada que tiene el gobierno local sobre la ciudad que debemos tener en 20 años. Buenos Aires es una ciudad que tiene todo para ser distinta, pero en la ciudad es difícil ser, estar. Cuesta tener tu espacio privado, tu vivienda, sea alquilando o comprando. Cuesta trasladarse y cuesta disfrutar del espacio público. En la ciudad necesitamos la creación de espacios verdes: la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda entre 10 y 15 metros cuadrados de espacios verdes por habitante, y actualmente sólo hay 5.

Seguramente se dirá que el proyecto justamente habilita un gran parque público. Lo que no se está contando es que esa es solo una pequeña limosna que se nos dará a los porteños a cambio de un magnífico proyecto de inversión. Gracias a una extensa investigación de Fernando Bercovich, se puede rastrear la historia de este predio, que incluye a un excéntrico presidente de Boca Juniors, dos grupos empresarios y 60 años de vida política de la ciudad. Para no ahondar en datos, mediante sucesivas concesiones de los diferentes gobiernos se pasó de un proyecto que incluía una villa olímpica, estadios y parques públicos al mencionado proyecto premium y una valorización de la tierra de 20 a 1.600 millones de dólares. Cabe recordar que esta valorización queda en manos privadas a partir de decisiones públicas.

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Además, es necesario que nos cuestionemos cuál es el sentido de ceder una porción tan importante de ese gran espacio a un destino habitacional. La realidad indica que estos proyectos terminan funcionando como una reserva de valor financiero, ya que una gran parte de esas viviendas nunca se ocupan. En una ciudad que tiene la misma población que en 1947, el 25% de las viviendas se encuentran deshabitadas. Mientras esta ociosidad crece, la mitad de los porteños aún no contamos, a veces ni podemos soñar, con el proyecto de la casa propia. Un ejemplo más de un Estado ineficiente y sin una mirada estratégica que articule derechos y prosperidad.

Los porteños tenemos muy en claro que nos hacen falta más espacios verdes, pero los grandes bloques de la política no responden a ello. En este caso, el proyecto fue aprobado por legisladores del PRO, radicales y de la Coalición Cívica y socialistas. Resulta urgente que los legisladores socialistas revean la posición para la segunda votación que necesita el proyecto. Justamente es el Partido Socialista el que demostró que se puede articular un proyecto político que garantice el goce del espacio público: basta ir a Rosario para poder entender lo que significa una ciudad que está de cara, y no de espaldas, al río; que ha instalado parques, espacios de recreación, movida cultural y polos gastronómicos. No se trata de conceptos abstractos ni de una visión naif reacia a la inversión privada: es posible vivir mejor. 

Pero el problema político es más extenso: la falta de voluntad en los grandes bloques parlamentarios de la ciudad para avanzar en un sentido más promisorio alcanza también a la gran mayoría del Frente de Todos, que acompañó proyectos de similares características y ha actuado como contraparte desde los organismos nacionales que conduce, como en los casos del Paseo de la Infanta en Palermo o en el Playón de Colegiales.

El Gobierno de la Ciudad no se puede hacer el distraído, tras la excusa de que se trata de un predio que ya está en manos privadas: el ordenamiento de la Ciudad es una potestad del Estado e incluye discutir los destinos de la tierra tanto pública y privada. En definitiva, se trata de construir proyectos urbanos que articulen al sector privado con la necesidad de los comunes: vivir en una ciudad donde sea posible acceder al espacio privado y disfrutar del espacio público. 

MD

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