La renuncia y el péndulo

Profesor UNTREF —

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La renuncia de Martín Guzmán generó variadas interpretaciones del periodismo político; Sebastián Lacunza señaló que la vicepresidenta, Cristina Fernández y su hijo, el diputado Máximo Kirchner, encontraron “un cauce narrativo” para explicar el “fracaso del Frente de Todos”: la traición de Guzmán. Enseguida, agrega: “no es habitual un falseamiento tan flagrante de la historia reciente.” En la misma fecha y medio, Martín Rodríguez observa que la continuidad de “Cristina puso a Alberto en la presidencia”, dispuso la paradoja del liderazgo: la debilidad presidencial que Cristina reprocha, es porque “Alberto decidió no «matarla» justamente a ella.” Adicionalmente, el periodista apunta: “el kirchnerismo hace veinte años domina la escena” con una conformación peronista clásica: el liderazgo personalista. 

El escenario político crea dos ilusiones: el personalismo que pone en escena un argumento que hegemoniza la política, aún a espaldas de sus actores, y la creencia en la plenitud de las personas involucradas. Si la opinión pública gira alrededor de la centralidad de Cristina, es porque ella condensa la maldad para unos o el supremo bien para otros. Asimismo, al constituirnos como sus pasivos creyentes seguidores o víctimas, sirve como excusa para el resto de actores/espectadores.

Sin embargo, otra cuestión se vislumbra cuando modificamos las coordenadas: tal como sugirió hace unas semanas Ernesto Tenembaum en el taller sobre Opinión Pública y Economía, la tesis de El Péndulo Argentino publicado por Diamand en 1983, sigue vigente y, más allá de las personas, contribuye a dilucidar el actual escenario. Allí se describe la partición ideológica que ha gobernado nuestro país, alternando el liberalismo económico con el voluntarismo expansionista. 

Teniendo en cuenta ese movimiento pendular, podríamos decir que, en los últimos treinta años, la escena política argentina estuvo dominada por un sesgo neoliberal. Ambos extremos son la medida del otro, en un vínculo cuya efectividad se basa en un ‘deber ser’ irreal, ya que la organización económico-mercantil responde a una complejidad que estas extremas simplificaciones no pueden capturar. Está claro que no es lo mismo endeudarse en dólares que en moneda local, ni que la influencia del Estado en el gasto total sea un invento argentino, o que la inflación se deba únicamente a la emisión. Asimismo, con una tasa de ahorro mucho menor que China, no se puede crecer a tasas chinas, tampoco despreciar el papel del déficit fiscal y la emisión monetaria en los procesos inflacionarios, o suponer que un nivel alto del salario en dólares es, de suyo, una buena noticia. Sin embargo, ambos polos reivindican una y otra vez sus fracasadas políticas que, de paso, permitieron el triunfo de sus rivales.     

Alberto Fernández compuso un equipo económico que cuestionó ese péndulo y las creencias que lo sustentan. Se alcanzaron logros importantes en los tiempos y medidas permitidas por la crítica situación heredada, la pandemia y la guerra en Ucrania, terribles escollos comparados con la tormenta que presuntamente aquejó a Mauricio Macri, y que nunca subieron al podio escénico que merecían. 

Esta alternativa no podía tener éxito pues pondría en jaque la hegemonía pendular, en particular, la centralidad de Cristina. Los momentos bisagra en los cuales la escena sufrió un daño irreversible, emergieron de dos noticias: el anuncio de un beneficioso acuerdo con el FMI que el gobierno presentó culposamente como el mal menor, y la recuperación económica del 2021 (10,3%,) la más alta de los últimos 70 años. Ambas fueron ninguneadas. Más aún, el empinamiento inflacionario tiene que ver con esta reactivación y el cuello de botella energético. Entonces, las buenas noticias se transformaron en muy malas. 

La complicidad de la dicotomía ideológica para imponer estos argumentos, fueron constituyendo como contrapartida, la soledad presidencial. En efecto, los K transmitieron un claro mensaje a la sociedad: Guzmán era persona no grata, de manera que la incertidumbre sobre su continuidad y la posibilidad de un drástico giro en la política económica, agregó alguno que otro puntito a la inflación. 

Sabemos de las críticas públicas del presidente a los gruesos errores de los gobiernos de Cristina (La derrota del 2008 por la Resolución 125, o el fallido del memorándum con Irán) entre otras). En esa línea, debió haber denunciado la impostura del voto en contra del acuerdo, tomar la lapicera y separar a los funcionarios que boicoteaban, explorando la posibilidad de acrecentar el apoyo popular y ampliar los acuerdos políticos. Sin embargo, no podemos dejar de considerar que dicho gesto implicaba un salto al vacío. ¿Hubiera respondido alguien de la oposición a tal convite? Merece la pena señalar el imperceptible eco de las declaraciones de Fernández en una entrevista efectuada en noviembre del 2020: “No creo en los personalismos: Cristina no es Perón, Néstor no fue Perón; Perón hubo uno solo… No voy a hacer albertismo. Ni me voy a plantar delante de nadie. Yo voy a hacer lo que debo hacer de acuerdo a mis convicciones y voy a tratar de que esta fuerza política siga funcionando más allá de Cristina, de Alberto y de Massa”

Tal vez por el miedo que despierta la virulencia que proponen los extremos del péndulo, esta apertura a crear un espacio de otra índole que, por fin, represente una alternativa para escapar a la repetición y a los personalismos de ‘obediencia debida’, no fue considerada de manera por ningún actor del escenario político. En particular, obnubilados por el dictum “Con Cristina no alcanza, pero sin ella no se puede”, nadie enfrentó las falsedades y la destructividad que conllevan las intervenciones oraculares que, junto a la oposición, encarna la Vicepresidente. Es difícil suponer que el presidente, elegido por ser como es –sin ‘orga’ ni territorio–, se transforme en un líder ‘a la Cristina’, ni existen mejores baremos para imitar. Le pedimos un salto mortal como el de Hamlet, quien, al asumir su condición de príncipe, cambió la escena, implicando su propio sacrificio y comprometiendo a la Nación a ser regida por un extranjero. 

El autor es profesor y director del Centro de Investigación y Docencia en Economía para el Desarrollo (CIDED) de la Universidad de Tres de Febrero (UNTREF)

LB