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Las masas se cuidan a sí mismas

Argentina movilizada: en la calle, codo a codo

Miles de personas se autoconvocaron en Plaza de Mayo para despedir al Indio Solari.

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Sería muy fácil y muy inexacto afirmar que la historia de la movilización callejera en la Argentina comienza el 25 de mayo de 1810. La cantidad de convocados frente al Cabildo ese día no era demasiado importante, y la salida de Cisneros no la decidió la multitud, sino las negociaciones entre los notables y la amenaza militar de Saavedra. Es mucho más adecuado afirmar que la historia moderna argentina cambia bruscamente el 17 de octubre de 1945, cuando por primera vez la movilización de las masas obreras produce un efecto político. Un efecto doble, como ya es bien sabido: la liberación de Perón, por un lado, y la comprobación de que las masas en movimiento se constituían en un actor insoslayable, de allí en más. También es sabido que al impulso de sublevación le sigue el disciplinamiento: el peronismo ritualiza esa movilización inicial, para transformar en celebración lo que había sido impugnación. Fuera de ese corsé figura el acto del 22 de agosto de 1951, que rompe la ritualización: el diálogo de Eva Perón con las masas es un ejemplo único de que esa conversación podía existir, de que no era una ficción –la de “Perón escuchando al pueblo” – y que incluso intentó torcer una decisión que ya estaba tomada –el “renunciamiento” –. De todas maneras, en homenaje a la historia escolar, ese acto dio en llamarse “Cabildo Abierto”. Las masas también fueron buenos estudiantes de la escuela patria.

El 17 de octubre de 1945 marcó la comprobación de que las masas en movimiento se constituían en un actor insoslayable, de allí en más.

Hace más de una década, cuando ocurrieron las movilizaciones brasileñas coincidentes con la Copa de las Confederaciones de 2013, una antropóloga brasileña, la querida Simoni Guedes, afirmaba que esa ocupación de la calle era excepcional en el Brasil. En la Argentina, en cambio, el mito del 17 de octubre produjo una práctica invariable: la protesta ocupa la calle, y busca el centro simbólico de la política, la Casa Rosada o el Congreso (y lo mismo hace en las ciudades de las provincias, salvo cuando los gobernadores mudan esos centros a complejos burocráticos excéntricos). Sólo las dictaduras interrumpían esa práctica, para encontrarse con que las masas las retomaban apenas podían y como podían: el Cordobazo y sus derivas, o la primera movilización contra Videla en 1981, hacia San Cayetano. La dictadura comienza a caer el 30 de marzo de 1982, cuando la multitud regresó por primera vez a la Plaza de Mayo, para ser brutalmente reprimida. Volveríamos por revancha el 16 de diciembre de ese año, con el mismo resultado: la dictadura no podía tolerar esa provocación popular –veinte años después, los combates entre la policía y los manifestantes del 19 y 20 de diciembre de 2001 sólo buscaban evitar que el derrumbe de De la Rúa fuera interpretado como un triunfo de la movilización antes de que fuera, como en 1810, producto de la rosca de los nuevos notables.

Un grupo de mujeres teje en el Obelisco durante la Guerra de Malvinas.

Las calles han sido escenario de algunos de los mejores momentos de nuestra historia; y son los mejores justamente porque ponen en tensión la relación entre las multitudes y el poder (por eso, las movilizaciones de festejo por Malvinas, en abril de 1982, no son nuestro mayor orgullo). No se trata sólo de la protesta: hay momentos también inolvidables por la felicidad, como el 10 de diciembre de 1983, el 30 de junio de 1986 o el celebérrimo y excepcional 20 de diciembre de 2022. No he podido encontrar un solo antecedente en la historia de la galaxia de semejante movilización popular; apenas se le acercan algunos funerales, como los de Mahatma Gandhi en 1948 o Gamal Abdel Nasser en 1970, o la propia Eva Perón, a lo largo de 16 días (no dejen de leer el fantástico libro de Sandra Gayol, Una pérdida eterna).

Existe una voluntad popular de ocupar la calle para el festejo, el dolor o la protesta es una memoria colectiva de gran potencia.

Por todo eso, la acumulación de movilizaciones de los últimos dos meses no debería sorprender a nadie: el 24 de marzo, la Marcha Universitaria del 12 de mayo, el Ni Una Menos del 3 de junio, el funeral popular del Indio Solari el 7 de junio. Con entusiasmo, podríamos sumar la actuación del sacerdote portugués Guilherme Peixoto el 18 de abril ante más de cien mil personas en la Plaza de Mayo, aunque no me animo a poner en la misma lista un espectáculo musical –aún siendo tan original e inédito–. Por otro lado, el padre Peixoto fue un fenómeno estrictamente porteño, mientras que las restantes fueron nacionales –el funeral del Indio se verificó en Villa Dominico, pero el dolor recorrió los centros urbanos. Esa voluntad popular de ocupar la calle para el festejo, el dolor o la protesta es una memoria colectiva de gran potencia. Eso no significa que no pueda ser usada en sentidos contrarios. La Plaza del Sí que Neustadt le organizó a Menem en 1990, por ejemplo, no ponía ninguna tensión con el poder, sino que lo celebraba; las protestas conservadoras por Nisman o las movilizaciones de antivacunas o anti cuarentenas entre 2020 y 2021 señalan algo que desde el menemismo sabemos bien: la derecha también sabe ocupar la calle.

Miles de personas colmaron la Plaza de los Dos Congresos el pasado 3 de junio para protestar contra los femicidios

De multitudes y masas

(Esto me recuerda la famosa frase de Borges en 1944, cuando alaba las celebraciones porteñas por la liberación de París diciendo que “una emoción colectiva puede no ser innoble”. Una cosa son las multitudes, parece: otra son las masas. Las multitudes pueden no ser innobles; las masas lo son, irremediablemente. Cuando ocurrió la disputa por la inolvidable resolución 125, en 2008, se sucedían los actos callejeros; los convocados por la derecha pro-agraria se llenaban de “gente” que iba por su voluntad; los organizados por el peronismo eran vilipendiados como masas dependientes de la coca y el choripán. Esa alternancia se sigue y se seguirá reproduciendo mientras quede un solo gorila sobre la faz de la tierra, entendiendo “gorila” en su sentido más original: aquel que aborrece a las masas y las entiende, para seguir citando a Borges, como protagonistas de “oprobio y bobería”).

Una multitud marchó el 12 de mayo en defensa de la ley de financiamiento universitario.

Estas cuatro movilizaciones multitudinarias en apenas setenta y seis días, según dice mi calculadora, agregan significados novedosos. No es nueva, como vengo argumentando, la pulsión callejera: nuestra tradición nos ordena que la ocupación de la calle es la norma y no la excepción. (Algunos colegas están en estos momentos trabajando sobre los aniversarios de las movilizaciones anti-menemistas de hace treinta años, que inventaron el “piquete”: simplemente, el corte de rutas como protesta –es decir, como ya dije, la tensión entre las masas y el poder–.) El mileísmo leyó esto rápidamente, y por eso propuso la “supresión del piquete” como práctica clave del nuevo disciplinamiento social. Afortunadamente, entre sus muchas ignorancias asomó un rayo de luz, y se dieron cuenta de que podían bloquear el Congreso ante pocos miles de manifestantes, pero nunca reprimir un millón de personas que ocuparan todas las Avenidas de Mayo de la Argentina. Las últimas movilizaciones reunieron esa condición, lo que evitó posibles batallas campales –a las que la derecha teme, por el fantasma del nuevo 17 (fusiles y machetes)–. Una prueba a favor de este argumento es lo que ocurrió con el dolor por la muerte del Indio Solari: la primera concentración en Plaza de Mayo, el viernes 5, fue atacada por la Policía Federal; una segunda en el Obelisco, el sábado 6, fue atacada por la Policía de la Ciudad; el funeral definitivo, el domingo 7, fue dirigido por los bomberos, lo que evitó cualquier incidente con una Bonaerense que nunca estará en sus cabales frente a tanto ricotero junto.

Lo que une a las cuatro movilizaciones no es un imposible carácter apolítico –las masas, por su mera presencia, no pueden ser apolíticas, ni siquiera prepolíticas–, sino la imposibilidad de su captura partidaria. Las cuatro mueven consignas transversales: memoria, verdad, justicia, educación pública gratuita y de calidad, ascenso social, justicia y derechos para las mujeres, dolor colectivo y amoroso por la muerte del artista popular. Justamente, esa transversalidad impide una captura partidaria o algún intento de acumulación personal (aunque esa transversalidad a la vez propone un programa político, algo a lo que nuestras dirigencias parecen escaparle como un adolescente a la ducha). 

Si a las cuatro le sumamos la movilización excepcional del 20 de diciembre de 2022, el momento alto de felicidad popular efímera que el fútbol pudo desatar, hay otro elemento que las une a todas: las masas se cuidan a sí mismas. Aunque esas mismas masas puedan reclamar mayor presencia del Estado –recordando siempre que la policía reprimiendo es también mayor presencia del Estado–, en el momento de ocupar la calle la movilización afirma una colectividad cuidadosa, la construcción corporal de una solidaridad popular (porque no es una ilusión, sino que son cuerpos concretos y en movimiento los que están allí cuidándose, reconociéndose, creándose como colectivo; incluso, aunque suene excesivo, amándose. El funeral del Indio Solari produjo eso: el amor colectivo unido en el dolor popular).

Perdón por este pliegue amoroso: apenas un homenaje a tantos romances que han nacido en las movilizaciones callejeras de la historia argentina. No me cabe duda de que en ellos pensaba Mario Benedetti cuando concluía un poema llamado “Te quiero” con esa frase infinitamente cursi: “en la calle codo a codo somos mucho más que dos”. Quizás, un buen programa de gobierno para echar a esta banda de perros asaltantes consista en, exactamente, bajar la cólera y renovar pactos amorosos. Pero populares y de masas. 

PA/MG

 

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