Entrevista

Camila Perochena, historiadora: “Cristina Kirchner encontró en la historia una gran potencia política”

Camila Perochena.

“A mí me absolvió la historia. Y a ustedes, seguramente los va a condenar la historia”, dijo la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner a los jueces que la investigaban por supuestos hechos de corrupción en 2019. La escena pareció repetirse en septiembre, cuando la fiscalía pidió 12 años de prisión por considerarla parte de una trama de “corrupción sistemática” en torno a la obra pública, lo que desencadenó el repudio de la vicepresidenta, que definió al proceso de investigación como un “pelotón de fusilamiento mediático-judicial”.

De los 1.592 discursos emitidos por Cristina Fernández de Kirchner durante sus dos mandatos presidenciales, en el 51% hizo mención al pasado. Camila Perochena, doctora en Historia por la Universidad de Buenos Aires, magíster en Ciencia Política e investigadora en la Universidad Torcuato Di Tella, hizo un repaso por cada uno de ellos para explorar el uso político del pasado en la vicepresidenta argentina. La autora de Cristina y la historia. El kirchnerismo y sus batallas por el pasado llega a la conclusión que el uso de la historia le ha servido a Fernández de Kirchner “para construir una identidad política intensa y cohesionada, que supo sobrevivir al final de su gobierno”.

¿Por qué cree que Cristina Fernández ha recurrido al pasado en más de la mitad de sus discursos políticos?  

Cristina encontró en la historia una gran potencia política, en tres sentidos. En primer lugar, el recurso de la historia le sirve para legitimar las acciones políticas del presente. Segundo, la historia le sirve para encontrar el lugar que ella quiere que su gobierno ocupe en la memoria futura de los argentinos. Esta es una preocupación por saber qué lugar va a tener el kirchnerismo en los 200 años de historia argentina. Hay una búsqueda por controlar la narrativa de la memoria colectiva. Tercero, que eso es en lo que más hincapié hago dentro del libro, la historia le sirvió a la vicepresidenta para construir una identidad política intensa y cohesionada, que supo sobrevivir al final de su gobierno.

¿Siempre en el plano discursivo?

No, también escenificó la historia. No solo lo hizo discursivamente, sino que movilizó argumentos del pasado y los materializó en museos, espectáculos, nuevos días festivos, monumentos. Entonces, junto con el discurso de la historia, vino toda una escenificación que también tiene una productividad política.

Cristina Fernández ha dicho que “eligió a la historia” en lugar de los tribunales de Justicia para que la “declaren absuelta”. ¿Qué nos dice esa declaración del uso político de la historia? 

Para la vicepresidenta hay dos fuentes de legitimidad posible: una es la historia, la otra es el poder. Es decir, la legitimidad viene por lo que hiciste en el pasado o por los votos. Entonces, desde su perspectiva, el Poder Judicial no la puede juzgar porque no tiene ninguna de esas dos legitimidades. No tiene la legitimidad popular, porque no es electo por el pueblo, y tampoco tienen legitimidad histórica.

La historia me absolverá es la frase que dijo Fidel Castro en 1953 en el alegato por el asalto al Cuartel Moncada. ¿Por qué Fernández en lugar de usar el futuro usa el pasado?

Hay una operación interesante en el uso de los tiempos verbales. El uso del futuro en Fidel es porque todavía la revolución no se había producido, la revolución está en el porvenir. La idea en la “historia me absolvió” de Cristina Kirchner demuestra que esa absolución para ella ya se dio. O bien por su gobierno o porque las elecciones, que habían tenido lugar hacía muy poco tiempo, había había triunfado la fórmula Alberto Fernández-Cristina Kirchner. Pero cualquiera sea las opciones, lo que busca Cristina es reforzar su legitimidad, frente a lo que ella considera que es un poder ilegítimo como el judicial.

¿El pedido de 12 años de prisión y las vigilias en las casas de la casa de la vicepresidenta reactivaron la identidad kirchnerista?

Sin duda. Pienso que un kirchnerismo sin rituales es un kirchnerismo al que le falta una pata en su construcción identitaria. Y en estos últimos meses, el kirchnerismo reactivó ese músculo que se había debilitado en los últimos años, que es esencial en la lógica de construcción política kirchnerista. Los rituales reactivan un músculo, que es el músculo de la movilización popular, muy importante en la identidad kirchnerista.

¿De qué se trata la lógica de construcción política kirchnerista?

Cristina construye desde una identidad política agonista, que marca una clara polarización entre un “ellos” y un “nosotros”. En ese sentido, la historia tiene un lugar central. La vicepresidenta lo que ha hecho es rastrear los antagonismos en el pasado. El kirchnerismo se identifica a sí mismo con la Revolución de Mayo, el peronismo, los años 70. Pero también busca identificar a sus adversarios, al “ellos” en otros momentos de la historia, con los que busca establecer una ruptura: la caída de Rosas, la época de las presidencias liberales, el centenario, los golpes militares y la década neoliberal.

¿Puede el kirchnerismo construir identidad sin confrontar?

El kirchnerismo no encuentra otra manera de construir identidades que no sea mediante esa lógica agonista de la exclusión, que funciona políticamente para generar identidades intensas, que hace muy difícil garantizar gobernabilidad. La lógica agonista funciona para construir identidades, que en algún momento la han ayudado para gobernar pero que hoy encuentran sus límites. El kirchnerismo está en una encerrona si lo que quiere es destrabar algunos de los principales problemas argentinos, como la crisis económica o las dificultades políticas de diálogo entre gobierno y oposición.

El mecanismo de construcción política, basado en rituales y emociones, ¿se mantiene en el presente?

Marcaría una diferencia entre los rituales políticos de este Gobierno y lo que vimos las últimas semanas. Durante la gestión de Cristina, los rituales estuvieron cuidadosamente pensados y preparados desde el aparato estatal. Es decir, había una estructura, un equipo de gente que pensaba cómo diseñar esos actos. Creían en la importancia de transmitir un relato épico, ético y estético en cada uno de los actos. Todo estaba pensado cuidadosamente desde el gobierno. Por ejemplo, pensaban que Cristina hablara al atardecer, así en el fondo se veía la puesta del sol sobre el río. Este diseño, cuidadoso y deliberado, no está ahora. Yo diría que en los rituales que estamos viendo ahora, en las vigilias, son desde abajo, ya no está el Estado aunque el kirchnerismo esté en el gobierno. Es una organización de los rituales menos controlada y queda en evidencia en el intento de atentado contra la vicepresidenta.

Cuando la vicepresidenta habla de su gobierno no hace referencia al actual sino al pasado. ¿Piensa que estos últimos años han ido en contra de la idea de “líder refundacional” que quiso construir Cristina Fernández?

Totalmente. Este Gobierno, desde la narrativa histórica del kirchnerismo, funciona como una especie de paréntesis en su visión teleológica de la historia. Cuando era presidenta, Cristina Fernández de Kirchner presentaba al kirchnerismo como un punto de llegada en un proceso que se había abierto hace 200 años. El kirchnerismo se presentaba a sí mismo como un gobierno que venía a cumplir las promesas inconclusas de la Revolución de Mayo. Pero ella es también parte de este gobierno, no puede presentar este momento como una interrupción de su visión teleológica, pero tampoco como una continuidad del proceso. Entonces aparece la idea de paréntesis o congelamiento, que es la única que puede encarar con esta narrativa.

¿Qué significa para la vicepresidenta la idea de revolución?

Es la idea de que la sociedad puede ser transformada por la voluntad de quien gobierna. Está ahí dentro la idea de “voluntarismo revolucionario”, es decir que hay dirigentes, líderes, gobiernos que pueden marcar el camino o moldear la sociedad, la economía. Esos líderes se ven a sí mismos como revolucionarios. Entonces, cuando digo que la idea de revolución está en la base de la concepción política kirchnerismo, me refiero a esa idea de poder moldear una sociedad y transformarla, desde su perspectiva, creyendo que esas posibilidades no tienen límites.

Sin embargo, el actual gobierno se ubica muy lejos de la idea esa idea de revolución que solía estar en el centro del discurso kirchnerista…

Coincido con ese diagnóstico. Yo creo que este gobierno está lejos de poder construir una narrativa como la que construyó Cristina Fernández de Kirchner. En primer lugar, por el carácter ambiguo de la identidad de este gobierno. Este gobierno es una coalición de grupos heterogéneos, donde el presidente se negó deliberadamente a construir algo así como el “albertismo”, eso ha hecho que no cuente con una narrativa propia, ni con diagnóstico muy claro del presente. Por momentos, Alberto Fernández recupera algunas formas de pensar el pasado que tenía el kirchnerismo, como la idea de enemigo oculto, pero lo hace de una manera menos convencida y, por lo tanto, menos creíble que hace que la idea de revolución pierda fuerza.

Teniendo en cuenta el intento de asesinato a la vicepresidenta y la repentina muerte del expresidente Néstor Kirchner hace unos años. ¿Qué lugar ocupa la muerte en la construcción de la propia memoria kirchnerista?

Para pensar este tema, a mí me sirvió mucho leer a una historiadora que se llama Sandra Gayol, que estudió la muerte de Eva Perón. Sandra muestra cómo la muerte de Eva permite entender al peronismo como una comunidad emocional, explica que hay acontecimientos que movilizan emociones. Si uno mira la manera en la que se está presentando el atentado contra la vicepresidenta, el lenguaje que se utiliza busca movilizar básicamente emociones. La idea del “discurso de odio” es un lenguaje que apunta a generar esa comunidad emocional, donde el odio parece siempre venir de los otros y nunca de los propios.

¿Piensa que es complicado para la vicepresidenta construir una idea de futuro para las elecciones de 2024 en medio de un presente tan complicado?

En momentos de crisis e incertidumbre, también indentitarias, es difícil construir imágenes del futuro. No sé cómo se hace para diseñar una narrativa en este contexto, pero sí creo que el que logre hacerlo podrá tener alguna chance, aquel que logre romper el empate en el que vivimos, que apela a la idea de que con el “otro” no se puede construir, sea desde el gobierno o la oposición.

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