Opinión - Perdón que interrumpa

El dólar, ese camello de la democracia argentina

Martin Rodríguez rojo Perdón que interrumpa

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Teorema de Prat Gay: no se ganan elecciones con cepo al dólar. La cuenta la saca de un cálculo electoral desde el año 2011. Ahí está la piedra de toque sobre lo que fue “la” decisión del gobierno asumido en 2015: levantar el cepo. El talón de Aquiles de Macri terminó siendo también esa “libre circulación” de capitales. La frase recuerda al largo camino de tierra: cuarenta años atrás, en 1981, se oyó el famoso “el que apuesta al dólar pierde” de Lorenzo Sigaut. Un viaje hasta este el gobierno que pone el cepo al dólar pierde de Prat Gay. Difícil decir que a esta altura de la crisis el cepo sea el eje central por donde se pierde la elección, pero…

En pocos meses se cumplen veinte años también de aquella otra frase que organizó el mínimo de paz social que logró Duhalde y que, como un boomerang, se le fue encima: “El que depositó dólares recibirá dólares”. El itinerario democrático se organiza sobre ese deseo. Un eslabón de frases sobre la moneda americana. El dólar, a fin de cuentas, como la mercancía más deseada en un país que no los produce.

Los camellos del Corán es una metáfora perfecta de Borges, tan perfecta que se le fue de las manos (¿había o no había camellos en el Corán?; parece que diecinueve al final sí había). Pero en esos camellos que el Corán, según Borges, no nombraba, funcionaba en su ausencia aquello que sólo un deliberado nacionalismo hubiera nombrado; y Borges lo decía contra los lugares comunes de la identidad nacional en “El escritor argentino y la tradición”. Mahoma, diría Borges, no los nombraba por redundantes. Borges daba una solución estética a un problema político: no decir lo obvio. Extendamos el uso metafórico de estos camellos, de estos que no haría falta nombrar porque son aquello deliberadamente autóctono del mundo argentino que el 2001 nos dejó. Y nombrémoslos. Nombremos a los camellos de esta democracia. Los dólares. “La moneda que eligió el pueblo”, decía Eduardo Feinman en 2001, en un único populismo permitido, el de los dólares. ¿Quién no los quiere?

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Perón había dicho en el siglo pasado: “¿Alguien vio alguna vez un dólar?”. La última dictadura (nacida para destruir la estructura peronista) justamente democratizó “la city”, tuvo picana y fundó ese orden, el de los dólares. Hizo viajar de la periferia al centro a la señora de la película “Plata dulce”. La que dice que se va a comprar dólares como quien va al Mercado Central. Un dólar para mí país. Como decía Miguel Bein en 2015: “Se quieren llevar el Banco Central a la casa”. Y así fue: entramos a la democracia con el peso devaluado, con la clase obrera herida de muerte, con la clase media asustada, y a upa de un Alfonsín que finalmente aspiró a construir hacia el sur, hacia el mar y hacia el frío una nueva moneda: el Austral; la moneda que ya sabemos cómo terminó. El Estado debía dólares (no conocimos prácticamente democracia sin deuda externa), la sociedad quería dólares: esa manta corta es nuestra falla de San Andrés. Luego Menem solidificó con demasiada imaginación el valor de un peso convertible con el dólar, y, más que la economía, consolidó en esa primera estabilidad de precios este orden democrático (injusto y desigual). Al final el orden de la casa se construía sobre el nervio del volcán. Supo lo que somos: estrábicos. Un ojo en la góndola y otro en el precio del dólar. La contracara de esa obsesión por el dólar es el mal de la inflación. El dólar es lo que permite a las clases medias, cuando se puede, la casa; cuando no, el auto; o cuanto menos el viaje; y cuando ni siquiera el viaje ese ping pong del home banking para proteger el ahorro mínimo (cambiar algunos dólares una vez por mes); pero ahora, ¿qué se puede? No tenemos remarcadores pero ya no tenemos noción de precios. 

¡Vayan a laburar!

En un estudio que el consultor Raúl Timerman acaba de difundir se señala que “el 73% del país aprueba la transformación de los planes sociales en trabajo”. Y dice: “Es la potencial medida del gobierno con mayor consenso social en nuestro estudio”. El arco narrativo de esta transformación deseada va de Javier Milei a Juan Grabois. Es la canción de época. Nicolás Rivas, profesor y magister en Trabajo Social, dice: “Desde 1995, cuando se da el primer pico de la desocupación en democracia, es un reclamo generalizado lo de la informalidad. En el 95 comienzan los planes Trabajar que significaron transferencia de ingresos condicionados en algunos casos. Lo bueno: hay un consenso de izquierdas y derechas en este punto. La pregunta es: ¿a quién le corresponde generar empleo formal? ¿Al Estado? ¿A los gobiernos? ¿Al mercado? ¿A la sociedad civil? Podríamos decir: hay una responsabilidad colectiva, pero diferenciada.” 

Un nuevo camello de la democracia es, entonces, la palabra “plan”. Los planeros. Lo que en el 95 eran primeros esbozos, en 2002 fueron la otra parte de la salida de la crisis. Duhalde en 2002 estableció el Plan Jefes y Jefas de Hogar para millones de hombres y mujeres. Menos que el salario, con contraprestación, y no sin pagar costos, fue un salto de calidad en la extensión de la cobertura social, antecedente decisivo de la Asignación Universal por Hijo que fundó Cristina en 2009. Y para sostener aquel “Plan Jefes y Jefas” Duhalde tuvo que reponer las retenciones a las exportaciones. La otra manta corta de la falla estructural de un país que no imprime dólares: ese equilibro entre gasto y retenciones. En agosto de 2002 lo quiso explicar en su “Aló presidente” de baja intensidad, un programa que el Presidente tenía en radio nacional. Pero el campo le hizo un plantón. En agosto de 2002, Enrique Crotto, en la Sociedad Rural, se quiso también otro portavoz de la bronca ciudadana contra la política. ¡Otro camello de la democracia!: la palabra retenciones. Vamos tres: dólares, planes y retenciones. Son las columnas que sostienen nuestro orden/desorden desde 2001. Al final la casa de la democracia era la casa de los espíritus. 

Ya no hay grandes silbadores en esta ciudad, los que escuchamos de chicos. Pero la de “convertir planes en trabajo” es la que silban los taxistas que paran en la GNC, los porteros que baldean la vereda, los policías, el vendedor de quinielas, los chats de mapadres. A la campaña del oficialismo llegó de urgencia Antoni Gutiérrez-Rubí y parece que dijo que “digan a todo que sí” y se armó el flyer: “Convertir planes sociales en trabajo SÍ”. Sí, sí, sí, campaña a favor de todo lo bueno. Con ese “Sí” salió el Frente de Todos en todas las redes. Dice Nicolás Rivas: “¿Cómo hacerlo? Hay variables macroeconómicas que me exceden, pero se trata, en todo caso, de un Estado que acompañe al capital productivo. Los planes se han convertido en un significante vacío, en una disputa de lo que son. Por ejemplo, la AUH no es un plan, sino un derecho de asignación para hijos de trabajadores informales. Quizás en términos propositivos se podría pensar en separar las demandas y las políticas públicas que surgen de estas demandas, es decir, entre lo que es un problema laboral y lo que es un problema social. ¿Se relacionan? Sí. ¿Son lo mismo? No.” 

La situación política de estos días se define en que la oposición quiso instalar su poder. Ni un proyecto de ley oficialista para que cada niño menor de 6 años pueda abrazar un koala va a ser votado. El cambio de la física se hizo sentir, se hará sentir, y ni hablar si noviembre repite o empeora los números del gobierno. Pero sobre la demanda de convertir los planes en trabajo hay algo para hacer que necesita de dos cosas que en Argentina no sobran: tiempo y constancia. Un camino difícil. Un camino institucional. De acuerdos. Un camino de convenios entre ministerios (Trabajo, Desarrollo Social, Obras Públicas, para el caso) y cámaras empresarias, organizaciones sociales y sindicatos. Un camino de esas mediaciones que todos aman odiar. Se acaba de firmar un acta-acuerdo con la UOCRA para capacitar personas (“especialmente mujeres”, dicen en Trabajo) que cobran el llamado Potenciar Trabajo con el objetivo de que se les sume a ese importe que perciben lo que necesitan del salario de convenio una vez hecha la capacitación técnica. Es decir, la empresa completa la remuneración y las cargas sociales. Los números que se proyectan son testimoniales. De a miles en un universo de millones. Pero es el único camino real. El cruce de planes y trabajo es enredado. El gobierno por decreto hace unos meses había establecido que los trabajadores rurales no pierden ni la AUH, ni la tarjeta alimentaria, ni tampoco el Potenciar Trabajo al ser contratados para un trabajo estacional. Una decisión contra la idea instalada de que miles no trabajan para no perder el plan. “No es un camino rápido pero esperamos que sea constante”, dice un funcionario que imagina sumar otros gremios (Sanidad, Gastronómicos). 

Como dólares no hay, nos sobran las metáforas

Pasaron veinte años del inolvidable 2001 y nuestro sobrecito de azúcar dice “plata o mierda”. En octubre de 2001 habían sido, también,  las elecciones del “voto bronca”. Ganó Duhalde en la provincia con un 37 por ciento. En un punto no es que ganó Duhalde: es que el mar se retrajo y el 37 por ciento de Duhalde fue lo más sólido en la planicie. Festejó sobre avenida Rivadavia esa misma noche. Una cuadra discreta de gente en el frío. Una mezcla de curiosos, dirigentes, manzaneras o punteros, cerca de plaza Once. El hombre se asomó al balcón. El duhaldismo podía ser visto como la resaca de la era menemista, la parte del Estado imprivatizable, el subsuelo sublevado del Estado en grado cero, eso que en el medio de la mishiadura quería ordenar el país con el formato trash de un peronista de los años 50: casa, trabajo, comedor, escuela y policía. Él, como un guardavidas de la pileta del club barrial; ella, Chiche, como la directora de una escuela. Una familia argentina con una hija monja. Pero esa noche, en el balcón desolado, mientras los cronistas competían por encontrar la mesa electoral con el sobre con el voto más risueño de la ciudadanía indignada, Duhalde en su acto improvisado dijo: “Le pido sabiduría a De la Rúa para entender el ultimátum de las urnas, porque es suicida seguir así”. Él venía de dos derrotas: la de 1997 y la de 1999. ¿Y qué lo mantenía en pie? El poder bonaerense, saber perder (que no es otra cosa que no darse por vencido) y escuchar las urnas. No echarle la culpa a nadie, ni a los medios. Duhalde portaba la base de un voto peronista inextinguible y en el que nacía ese mínimo común bonaerense que sería dominante a futuro, y que lo haría suyo el kirchnerismo. Un peronismo que solo es nacional porque es bonaerense. Ya sin margen casi para caudillos de tierras lejanas. La Argentina del modelo duhaldista (sin Duhalde), el equilibrio tenso, planes y retenciones, dólar y cepo.         

Entonces, a veinte años del 2001, ¿qué peronismo recuerda esos días? ¿Puede sostenerse un proyecto en un peronismo aún sólo bonaerense, un peronismo sólo administrador del tan romantizado “poder territorial”? ¿Empezó a temblar este orden en esta elección? Camellos de nuestro Corán: dólar, planes, retenciones, ¡diciembre! ¿Qué fue el 2001 y qué fue, en definitiva, también el 2002? Las mismas palabras del naciente orden precario, el tinglado frágil del único acuerdo con el que tras el estallido se hizo esta “segunda transición”: no volver a estallar. Puede ocurrir todo menos un estallido. ¿Al final solo nos queda una Argentina cuya mayor utopía es pasar todos los años un diciembre en paz

¿Y ahora?

El factor Milei, más allá de sus votos concretos, más allá de las teorías de las nuevas y viejas derechas escritas a su alrededor, más allá de sus libertarios orgánicos, es un 2001 de los que no tienen el 2001 encima. Es una indisciplina naciente que le perdió la paciencia a la política y que contagia por fuera. Son los que estaban en el líquido amniótico de aquella crisis, son los que olvidaron a propósito, son los que quieren “soluciones sin marco teórico”. Los que agarran un hacha cuando escuchan que les cuentan otra historia de las ideas económicas para explicarles la guita que no tienen, o que les proponen otra batalla cultural para explicarles cómo vivir la crisis pero nunca cómo resolverla. -¿Te digo de quién es la culpa? -No, la culpa es tuya. Milei está en todos, también en el votante del Frente de Todos que les dice plata o mierda a los jefes. Lo que tenemos dentro y fuera de las urnas es ese grito que le quiere decir a la política que ya está, que el Narciso de la grieta está muerto, que el pasado, incluso ese pasado decembrista, no los disciplina más. Hay más 2001 en los ojos desorbitados de Milei reivindicando a Cavallo que en las evocaciones militantes que recuerdan cuando lo echaron al Mingo. La memoria de fuego del 2001 la lleva encendida la parte de la sociedad que lo olvidó. 

MR

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