Opinión

Poner platita en el bolsillo y los rituales estatales del dinero

"El dinero del Estado no alimentó el amor al Estado", dice Wilkis

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Poner dinero o “platita” en el bolsillo de la “gente” es la formula elegida por el gobierno para lograr que las elecciones del 14 de noviembre no confirmen los resultados de las PASO. No me interesa ponerme del lado de los que le pican el boleto al gobierno al acusarlo de populista o de chocar la macro con estas políticas. Me interesa, por el contrario, señalar lo menos obvio: las condiciones de posibilidad de eficacia de esa formula. Voy a prestarle atención a un cumulo de circunstancias que afectaron la valoración de la sociedad, o parte de ella, sobre el dinero transferido por el Estado durante la emergencia. La política puede quedar pedaleando en el vacío si no comprende que los uso y significados sociales del dinero desbordan a las normas, discursos y memorias estatales. Cuando las transferencias monetarias anudan la relación entre la sociedad y el Estado esos desbordes son el grado cero de una política que no quiere morderse la cola.

Las altas expectativas del gobierno sobre la ponderación positiva del dinero de emergencia (como el IFE) chocaron con tres realidades. La primera, en muchos hogares esos ingresos fueron licuados para pagar deudas heredadas de la crisis del gobierno de Cambiemos y acrecentadas durante las restricciones de la pandemia. Así que este dinero llegaba a las cuentas en los bancos sin posibilidad de generar un recuerdo duradero sobre qué se hizo con él. Los alivios monetarios del Estado se manifestaban bajo otras formas que poco incitaban a retener un recuerdo muy positivo para el futuro próximo (el momento de votar). Las moratorias tuvieron efectos paradójicos. Tomo el caso de las regulaciones del vencimiento del pago de las tarjetas de crédito. Algunos hogares sufrieron la necesidad de refinanciar a futuro en cuotas los saldos. ¿Cómo saber si se iba a estar en condiciones de afrontar esas cuotas? Al principio el alivió mudó en incertidumbre y la incertidumbre, tiempo después, en certeza de tener que enfrentar esas cuotas todavía con ingresos afectados por la pandemia y la inflación. El alivio del pasado retornaba al presente del votante bajo la forma de una deuda pesada.    

La memoria sobre el dinero transferido por el Estado y las expectativas que este apuesta no siempre coinciden. E incluso algo peor: pueden llevarse a las patadas.

Acá, la segunda realidad. Para una parte importante del universo de los beneficiarios del IFE entrar en el terreno de la asistencia del Estado fue un mazazo para su identidad social. Al calor de una economía en caída libre, un mercado de trabajo que dejaba solo espacio para el crecimiento de la precarización y que proponía ingresos disminuidos y condiciones de la vida urbana deterioradas, abrazarse al orgullo de no caer en un “plan” fue un refugio de clase que ahora venía a ser cascoteado por la plata del IFE. Este dinero que para muchos era un símbolo del Estado que “cuida” para muchos otros era la evidencia más palpable de una tragedia biográfica.

Ya sea porque el dinero del Estado se evaporaba muy rápido para pagar deudas o porque estaba cargado de un sufrimiento social que era mejor olvidar, en parte del electorado no había condiciones para ritualizar ese dinero en el ámbito doméstico (celebrarlo privadamente) de tal forma que genere una memoria con eficacia al momento de evaluar al gobierno dándole su voto (celebrarlo públicamente). Esta ruptura de la cadena de rituales y significaciones del dinero del Estado que enlaza la vida domestica con la vida pública estaba por fuera del radar que guiaba las expectativas del gobierno sobre la eficacia política de sus transferencias monetarias.

Pero además, la tercera realidad, es que el dinero del Estado no alimentó el amor al Estado. Durante la pandemia mantener financieramente al hogar fue un problema y parte de la solución fueron las familias (en especial por el rol de las mujeres) con el dinero del Estado pero no solo. Las deudas que más crecieron durante la pandemia fueron las contraídas con parientes y conocidos. Los sectores con menos ingresos de la sociedad encontraron en sus familias una fuente de financiamiento, los sectores con más ingresos la encontraron en las oportunidades que brindaban muy selectivamente los bancos para quienes tenían ingresos altos y regulares.

A medida que las familias buscaron salvar al hogar -aunque también lo pusieron en riesgo, el aumento de la violencia familiar es otro dato del período- esta misión las fue dotando de una superioridad moral frente al Estado. El dinero que este fue transfiriendo alimentó menos el reconocimiento a su rol frente a la emergencia que la autovaloración de las familias por el esfuerzo y sacrificio por transitar la crisis sanitaria y económica.

Este breve recuento nos sugiere algo muy sencillo: cuando el Estado transfiere dinero genera memorias y rituales sobre su recepción y uso que no domina. Este conclusión lejos de poner en cuestión esa política del Estado advierte sobre las condiciones reales de su eficacia e impulsa a tomar en cuenta que distribución y reconocimiento no siempre coinciden y, que la sociedad, en este caso, como en muchos otros, presenta modos de funcionar demasiado escurridizos para la mirada convencional que la política tiene de ella. 

AW

 

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