El Presidente cree que hay intencionalidad política detrás de la suba del blue, pero sabe que la escalada de precios es una señal del desconcierto

Alberto Fernández, durante su visita a Puerto Madryn. El Presidente ve motivaciones políticas detrás de la suba del blue.

El Presidente está convencido de que detrás del movimiento del dólar blue hay motivaciones políticas, una intencionalidad. Es común escuchar en el gobierno de Alberto Fernández la idea de que con apenas 100.000 dólares se puede alterar ese mercado paralelo. No es una novedad. Pero Fernández no se engaña: sabe al mismo tiempo que lo que refleja la escalada de precios es el desconcierto. Qué va a pasar el 15 de noviembre, la duda que obsesiona a la política argentina. 

En la mirada de Fernández, en diez días de octubre los precios subieron sin ningún fundamento como no sea el clima de incertidumbre política hijo de las Paso. De la crisis de gobernabilidad que le siguió, se podría agregar. “La única explicación que hay es el desconcierto”, le dijo el Presidente a uno de los intendentes con los que habló esta semana. “La gente siente que frente al resultado electoral pueda haber una situación que se desborde”, admitió. Inflación psicológica o autoconstruida, como lo entienden en Olivos, por la cual la expectativa de inflación -o de devaluación- conduce al aumento de precios. Riesgo de cobertura, si se traslada al dólar y a la fraseología de los economistas. Fernández comprende que lo que está ocurriendo es que los precios se están moviendo cada vez más con la música del blue. Un mecanismo de autodefensa, con una dinámica propia, ingobernable, como la historia enseña. 

El congelamiento que implementó Roberto Feletti desde Comercio es consecuencia de este escenario, explican en la Casa Rosada. Su resultado, sin embargo, también es incierto. El Presidente almorzó el miércoles en la residencia de Olivos con un grupo de intendentes para afinar su participación -la de los alcaldes- en este programa. Hubo una promesa de ponerle el cuerpo, como se vio ayer en algunos municipios del conurbano. Fernández les anticipó, pudo saber elDiarioAR, que con el mismo propósito convocará el miércoles a los gobernadores a una cena en el quincho de la quinta presidencial. En el peronismo siempre se morfó, podría decir la elegante Victoria Tolosa Paz.

Fernández dice ver buena disposición entre productores y supermercadistas a hacer su contribución al programa de precios máximos. “Los veo queriendo colaborar”, comentó ayer en un encuentro reservado después de una semana difícil. “Hay más ruido en los diarios del que en verdad hay”, dijo. El ruido lo generó en realidad el fuerte comunicado que difundió el martes la Copal, la coordinadora que nuclea a los productores de alimentos, que rechazó la iniciativa y habló de falta de condiciones para el intercambio y el diálogo en el Gobierno.    

En cuanto a la política específicamente, el Presidente les pasó el miércoles una factura, parece que cordial, a los alcaldes. Pidió mayor involucramiento en la campaña, en el entendimiento de que eso es lo que escaseó en las primarias, como se ha dicho otras veces. “Confiamos en los datos que teníamos y dimos por hecho que no exigía esfuerzo de nuestra parte. Nos pasó a todos. Hoy hace falta más militancia”, les dijo allí. El clima fue bueno, dicen algunos de los que asistieron. Y la sensación general, aseguran, es que el malestar social ya se expresó, que la cachetada se encajó y el costo ya se pagó en las primarias. Qué quiere decir exactamente eso se sabrá recién dentro de tres domingos. 

A Europa

Fernández viajará la noche del jueves a Roma para participar el fin de semana de la cumbre del G20, el grupo de naciones en desarrollo y emergentes, una membresía que la Argentina -y los últimos cinco presidentes- le debe a Carlos Menem, todo hay que decirlo. Saltará de allí a Escocia el lunes para la cumbre del clima de las Naciones Unidas, en Glasgow.    

Se verá qué agenda han conseguido armarle en Roma al Presidente. Ese foro que mezcla a países ricos y de ingreso medio -categoría generosa hoy para el nuestro- siempre puede traer alguna foto sorpresa. Fernández llegará con el espaldarazo que el G20 le dio días atrás a la ambición argentina de que el Fondo acceda a un recorte de la sobretasa de interés que debe pagar por  la excepcionalidad de la deuda de US$44.000 millones contraída por el gobierno de Mauricio Macri. También a la iniciativa de que los países más ricos redirijan sus Derechos Especiales de Giro (DEG, la "moneda" del FMI) a los países más vulnerables, de ingresos bajos y medios a través de un Fondo de Resiliencia y Sostenibilidad para reducir riesgos futuros. El directorio del Fondo no se pronunció, pero en el Gobierno se tientan con vender la piel antes de cazar el oso. Hablan de un ahorro de 10.000 millones de dólares en una década sólo por el recorte en la sobretasa, de lo que debe inferirse que apuntan a un acuerdo de facilidades extendidas -a diez años- para renegociar la deuda, como disponen los estatutos del organismo.  

La Argentina tiene que pagar US$1.800 millones de dólares en diciembre, casi US$ 19.000 millones en 2022 y otro tanto en 2023. Es una deuda que jamás fue pensada para ser honrada en estos plazos. La expectativa del  Presidente es cerrar el acuerdo con el FMI tan pronto se pueda, como se ha acostumbrado a decir. ¿Qué significa? “No queremos que por apurarnos perdamos algunos de los objetivos que nos hemos propuesto”, sostiene Fernández. El directorio del Fondo tiene previsto reunirse en diciembre, y en Economía confían en que podría definir el recorte de la tasa. “De allí en más habría un camino bastante abierto para poder discutir”. Martín Guzmán habló de todo esto la semana pasada en Washington con la directora Kristalina Georgieva y con David Lipton, asesor principal de la secretaria del Tesoro de EEUU, Janet Yellen, y quien trabajó en la ingeniería del préstamo a la Argentina cuando se desempeñaba como número dos del FMI dirigido por Christine Lagarde. No hubo gran sintonía entre el hombre que diseñó el stand by que ordenó Donald Trump y el ministro Guzmán. 

El Gobierno difundió ayer temprano el encuentro que mantuvo en Washington el secretario de Asuntos Estratégicos Gustavo Beliz con el consejero de la seguridad nacional de la Casa Blanca, Jake Sullivan. ¿Se habló allí de un contacto en Roma entre los presidentes, en el que ha trabajado el embajador Jorge Argüello? En Washington dicen que la foto "no es imposible". Sullivan estuvo en agosto pasado en la Argentina y fue recibido con un almuerzo por el Presidente. Entonces le dio a Fernández una medida de los desafíos de la Argentina peronista en el poder político en Washington: “Presidente, con Joe Biden somos keynesianos. Pero no todos los demócratas son keynesianos, y los tenemos en lugares clave...”. Para el Presidente, con todo, la mirada en Estados Unidos se ve distorsionada por voces argentinas que deliberadamente atentan contra los intereses nacionales. Martín Guzmán, dice Fernández, le transmitió ayer un dato que recogió en su reciente visita a EEUU: la "confusión" que generan algunos actores que llegan a Washington para hablar mal de la Argentina. "Una comunidad antiargentina", según el Presidente.

¿Fernández negocia esta agenda sensible con verdadera autonomía? Nadie responde a eso. El Presidente abandonó la consigna “Cristina y yo somos lo mismo”, que consagró en momentos menos aciagos. Hoy dice: “con Cristina no somos iguales”, según pudieron escuchar esta semana los intendentes bonaerenses. “Cuando en su momento tomé distancia de Cristina lo hice cansado de los discursos únicos. Hoy les digo que no hay que ver nuestras diferencias como una amenaza de ruptura”, señala ahora. Alberto Fernández sostiene que aquello que fue interpretado como un gesto de debilidad y capitulación ante su vicepresidenta ha sido en realidad la manifestación de templanza de un hombre que sabe administrar las tensiones del poder y conoce sus límites. Una “virtud”, lo específico de un político, aquello de lo que para muchos carece.          

WC

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