Dos endemias para Alberto: la oposición sin moderados y los zigzagueos de Cristina

Alberto Fernández en la Casa Rosada, durante el saludo de fin de año.

Con la votación 132 a 121 que fulminó el proyecto de Presupuesto 2022, Alberto Fernández perdió más que una votación y una ley: enterró la fantasía de que había, en la ancha galaxia opositora, donde orbitan de Mauricio Macri a Juan Schiaretti, y de Horacio Rodríguez Larreta a Gerardo Morales, una zona sin estridencias con la que, en un año sin elecciones ni campaña, podría reconstruir un puente para lograr ese mito urbano del diálogo político.

Ese imaginario perduró hasta unas horas antes de la votación cuando, según el parte interno del FdT, había 29 votos opositores -11 de la Coalición Cívica, que tiene como método abstenerse, 4 aportados por Gustavo Valdés y, entre otros, dos por Gerardo Morales- que gambetearían la lógica ultra dura y, con su abstención, permitirían que Martín Guzmán, la tarde del viernes, pueda mostrarse a Kristalina Georgieva que había avanzado un casillero en el plan de leyes económicas que encajan con lo que pide el FMI.

Al margen del error de Máximo Kirchner, que sirvió como excusa para el voto negativo de JxC y el resto de los bloques, el FdT cometió un error más ingenuo: apostó a que podía quebrar el interbloque cambiemita con pedidos de moderación y ofertas de recursos. La negociación subterránea con sectores de Juntos se mostró, al final, inútil pero le permitió certificar que, más allá de voluntades reservadas, no puede esperar gestos de JxC.

Esa certeza se cementó con lo que ocurrió el martes en la votación de Bienes Personales. El FdT ganó esa votación, con una jugada legislativa inteligente, pero solo porque a JxC se le cayeron dos votos -de viaje- y otro, repentino, por Covid. En Diputados, hay una situación de tablas, donde el superbloque opositor tiene 128 votos (116 de Juntos, 8 federales, 4 libertarios), el FdT más sus aliados juntas 122 -con Sergio Massa, que sólo vota ante un empate, llega a 123-, el FIT con 4 y 2 sueltos, el santacruceño Claudio Vidal y el riojano Felipe Álvarez.

Las opciones del Gobierno son escasas, casi no tiene adonde ir a buscar manos para lograr los 129 votos imprescindibles. El FIT tiene su propia lógica -en Presupuesto votó en contra, en Bienes Personales a favor-, Álvarez votó con JxC y Vidal se abstuvo el jueves y votó a favor el martes, pero su empatía está atada a otra variable: el sindicalista, que relegó al FdT de Alicia Kirchner al tercer lugar, quiere ser gobernador, mientras que Cristina y Máximo Kirchner preparan como sucesor a Pablo González, el presidente de YPF.

La otra laguna donde ir a pescar votos es el Interbloque Federal pero también es, hasta acá, agua salada. En particular los cordobeses: el único GPS que ordena los movimientos de los diputados de Schiaretti es estar enfrente de todo lo que suene a K o filo K, a pesar que en el Gobierno apuesten a establecer algún acuerdo porque a nivel local, Unión por Córdoba (UxC), necesita que el voto panperonista no se bifurque. Con la cerrazón del schiarettismo, será difícil que bonaerenses de raíz PJ o los socialistas santafesinos, puedan tener autonomía. Con Bienes Personales, votaron diferente en las nominales pero se movieron en bloque, junto a JxC, contra el dictamen del FdT.

Fernández, que debe resolver si convoca a extraordinarias, entendió -y lo confirmó en la cena que tuvo en Olivos con diputados del FdT- que la Cámara baja es todo incertidumbre donde en general se impone el ala dura ante lo cual quizá lo más oportuno sea contribuir a la parálisis. El ruido que tuvo JxC con Bienes Personales -peleas, pases de factura, acusaciones en voz baja, reproches por impericia-, y algunas menciones de ocasión de Morales y Larreta sobre el Presupuesto, con el pedido de que el Ejecutivo envíe un nuevo proyecto, instaló en el entorno de Fernández la idea de que la oposición no quiere, por ahora, jugar a romper.

El 24, en su mensaje navideño, Fernández repitió la poesía del consenso, quizá tan convencido como seguro de la cuasi imposibilidad de eso con muchos actores y sectores, pero debajo de esa hojarasca se prepara para un año en el que debe ajustar sus indicadores políticos, y los de su gobierno, para entrar al 2023 con expectativas de competir por su reelección. Lo acosa, en estas horas, una amenaza: la inminencia de una tercera ola de COVID-19 que pueda forzarlo a tener que tomar medidas sanitarias que obturen la recuperación económica.

Jefaturas

Este lunes, con la firma del Consenso Fiscal que le permite a las provincias frenan el esquema de baja de impuestos del Consenso Fiscal que motorizó Macri en 2017, Casa Rosada será un desfile de gobernadores. No estarán Juan Schiaretti, que enviará a su vice Manuel Calvo, ni el fueguino Gustavo Melela -que manda un delegado-, ni firman La Pampa y San Luis que jamás adhirieron al acuerdo macrista. El único ausente extra es Rodríguez Larreta, que ya no firmó el acuerdo el año pasado, en medio de la tensión por los fondos de CABA, porque había una cláusula que incluía suspender litigios. En 2020, hubo gestiones para encontrar un punto de acuerdo. No ocurrió esta vez.

Fernández tiene, por delante, dos endemias. Sin un interlocutor claro enfrente, producto de las jefaturas parciales y fluctuantes, la oposición es una tierra inaccesible con la que ni siquiera se puede establecer vínculos. Morales, a quien Martín Lousteau acusó de ser el más albertistas de JxC, escaló a la jefatura de la UCR, empatizó con Patricia Bullrich e hizo un despliegue para verse y mostrarse con Macri. La construcción de su futuro nacional se lleva mal con la idea de una actitud dialoguista con la Casa Rosada y las urgencias como gobernador están, explican a su lado, moderadas porque Jujuy ganó alguna autonomía a partir de los recursos con el parque solar. “Con eso, pagamos sueldos y hacemos obras”, dicen.

Larreta, el más expuesto y a su vez el más protegido, se volvió inaccesible para Fernández -el diálogo está, se afirma, roto desde hace tiempo- porque el jefe de Gobierno está en un doble proceso hereditario: su transición a candidato presidencial y, a la vez, los movimientos para garantizar la continuidad en la Ciudad. Un cambiemita de diálogo fluido teoriza: “Va a tener que entregar CABA, lo que no se sabe si a Patricia o a Lousteau”.

La otra endemia es la anómala convivencia interna en el FdT. La semana que pasó, luego de que sin estridencias ni clamores Fernández dijese que si estaban dadas las condiciones buscaría su reelección, Cristina apareció con un formato atípico: lejos de las cartas hiper politizadas, duras, donde se muestra enojada y disconforme, hizo un despliegue amable, de cercanía. En el Patria dicen, rápido, que no hay que interpretar esos movimientos como parte de un engranaje político hacia el 2023 pero, a su vez, es un despropósito no poner en relieve lo que hace la vice.

Si hubo azares en el encuentro que compartió con artistas, no lo hubo en su difusión, en particular la idea de que priorizó su rol de madre para ordenar un armado que derrote a Mauricio Macri. ¿Sugiere que, si desaparece el factor judicial, más suelta, Cristina está otra vez en carrera? El mensaje puede, o debe, leerlo así Alberto Fernández pero, también, los herederos de la vice. Máximo Kirchner, ya instalado en el PJ bonaerense, Axel Kicillof dedicado, como el Presidente, a recuperar músculo y futuro, y Eduardo “Wado” De Pedro, a quien se suele imaginar como el hombre del dispositivo K para una fórmula del FdT en el 2023, de “uno o de dos”, con o sin Alberto.

PI

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