La pelea entre el Presidente y la vice

Una enorme incógnita

Cristina Kirchner y Alberto Fernández

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Como en los buenos tiempos, pero en tiempos muy malos. Cómo no asociarla: la presentación de la vicepresidenta Cristina Kirchner en la Universidad Nacional del Chaco Austral recordó a aquellas cadenas nacionales de sus ya lejanos dos mandatos presidenciales, que extendió a tres, asumiendo como propio el de Néstor Kirchner. Eran sin embargo otras épocas, como la expresidenta rememora.

 La Argentina ya no presume de tener como entonces los salarios en dólares más altos de la región ni mucho menos. Lleva recorrida una larga década de estancamiento que involucra a las últimas tres gestiones, también a la de la expresidenta; el tamaño de la economía se parece al de treinta años atrás, pero con 10 millones más de argentinos; la Inflación destruye día a día el poder de compra del salario. Las expectativas sobre el comportamiento de la economía están por el piso. El sistema previsional está quebrado. Trabajadores registrados, como reconoció, integran el universo sin límites de los pobres. Nada de lo que pueda enorgullecerse la doctora Kirchner, este presidente ni su antecesor.

 La vicepresidenta recordó en Chaco, con razón, que ha venido advirtiendo sobre este paisaje desde tiempo atrás, con su primeras manifestaciones en las redes sociales y mediante aquel temprano doble sintagma sobre “los funcionarios que no funcionan”. Con el correr de los meses, su diferenciación con el gobierno de Alberto Fernández ha evolucionado de la disidencia a la oposición interna y, como puede advertirse en los últimos movimientos de sus bloques en el Congreso, de algún modo hacia una administración paralela. Otra extravagancia argentina, el país donde, como la expresidenta suele decir, las teorías se derrumban. También la teoría política.

La ex presidenta no rompió la coalición oficialista como algunos temían, pero dio más señales de que está resuelta a transitar otra etapa. Su presentación de hoy ha sido en nombre de Unidad Ciudadana, el espacio con el que llegó al Senado en 2017. En esos años CFK estaba tentada con tirar a todos los viejos dirigentes por la ventana, con llenar las listas de candidatos de científicos del Conicet, harta, como decía, “de los que buscan reelegirse toda la vida”. No le alcanzó para vencer al macrismo en la Provincia de Buenos Aires.

Ni Alberto Fernández ni Sergio Massa ni tantos otros a los que hoy aludió habían sido todavía perdonados, como ocurrió poco después. Cristina Kirchner insistió ahora en que la elección por Alberto en 2019 fue una decisión inteligente, como le apuntó alguien desde el auditorio, además de generosa. Sabe sin embargo que la arquitectura que le permitió regresar al poder ha colapsado y podría estar obligada a dar vuelta atrás la perilla del reloj. Si es eso, es entonces un retroceso, hacia una formación política más pequeña, de destino desconocido y con un costo aún no mensurable. ¿Es eso lo que insinúa? El poder de Cristina Kirchner está en declinación desde hace tiempo. Ella parece haberlo asumido. Sólo la debilidad de Fernández hace creer a veces lo contrario.

El Presidente hizo más temprano nuevos esfuerzos por persuadir de que no torcerá el rumbo y de que el camino es el correcto, en respuesta a los que, dijo “buscan sembrar el desánimo”. Fernández está por primera vez desde su asunción aferrado a una convicción: juega su suerte al programa con el Fondo que gestiona Martín Guzmán. Fernández -también Guzmán- procura anudar una alianza con el poder económico que haga ese tránsito posible. El Presidente también parece querer regresar a otra instancia, la de cuando ensayó una foto en Olivos con el G6  por el Día de la Independencia, una de las primeras objeciones severas de su vicepresidenta. 

Ese camino es sin embargo igual de incierto. Cristina fue certera al calificar el comportamiento de la economía en 2021 como “recuperación” en lugar de “crecimiento”, como presume Fernández. Así como Máximo Kirchner recordó días atrás que las elecciones de noviembre último fueron una derrota, no un triunfo moral. Los números de industria y construcción de marzo que difundió el Indec no lucen alentadores. ¿El programa del FMI empieza a mostrar con más crudeza su costado recesivo? ¿Acaso recién entonces veremos bajar la inflación?

La figura del Presidente ha sido una vez más disminuida por su vicepresidenta, que parece haber disfrutado cada una de las infidencias que hizo sobre los niveles de subordinación de Fernández a ella misma y hasta a su hijo. Como ha dicho en un tuit reciente, ya no le reconoce legitimidad a su gestión. “Elegí a alguien que no representaba ninguna fuerza política”, dijo.  

Imaginar cómo va a administrar el Gobierno las tensiones propias, las de la economía y las de una sociedad empobrecida y exhausta sigue siendo una enorme incógnita. El calendario electoral está más que lejano; no parece estar ahí el desenlace. Incluso la vicepresidenta transmite la convicción de que el peronismo no será competitivo en 2023. Lo que permanece en cambio es este desacuerdo (que haría reír a Laclau) sin saldo a la vista sobre quién es responsable de la defraudación. Una pelea entre el Presidente y su vice en torno a ese tipo de ética tan propia del kirchnerismo que solo busca tener razón.

CC

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