Tensión adentro y afuera del Congreso

El Gobierno consiguió quórum con el apoyo de los gobernadores peronistas y confía en sancionar la reforma laboral

El santacruceño José Garrido fue el último en ingresar al recinto. Apenas se sentó, el tablero de la Cámara de Diputados marcó que había quórum con 129 presentes. La bancada libertaria estalló en aplausos, pero Garrido –quien responde al gobernador Claudio Vidal– tenía la cabeza gacha y no aplaudió. Tampoco lo hicieron los diputados salteños que responden a Gustavo Saénz, los tucumanos de Osvaldo Jaldo o los catamarqueños de Raúl Jalil. Los gobernadores peronistas habían colaborado con el Gobierno para dar inicio a la sesión, así como el PRO, la UCR, el MID y los misioneros roviristas, pero con bajo perfil. En el oficialismo estaban conformes, sin embargo: conseguido el quórum, la sanción de la ley es solo cuestión de tiempo.

El debate de la reforma laboral arrancó en un clima hostil. Adentro y afuera del Congreso. Las calles de la Ciudad amanecieron más vacías de lo habitual como resultado del paro general convocado por la CGT. Pero la plaza del Congreso fue vallada para impedir el paso de las primeras columnas de manifestantes. El palacio quedó rodeado por las fuerzas de Seguridad federales, que no permitieron a la prensa acercarse. “Por si cae alguna piedra”, explicó un oficial a este medio, mientras miraba de reojo la movilización.

Adentro de la Cámara de Diputados, el oficialismo consiguió quórum para dar inicio a la sesión entre gritos. Diputadas del kirchnerismo azuzaban a las peronistas tucumanas que estaban en sus bancas, y estas les respondían a los gritos, molestas. “Ganen las elecciones”, le respondió, furiosa, la tucumana Elia Marina Fernández.

La tensión fue escalando. Apenas iniciada la sesión, Martín Menem sometió el plan de labor –que define cómo se ordena la sesión, la votación y los tiempos de los oradores– a mano alzada antes de que pudieran hablar todos los bloques, y la bancada peronista y la izquierda estallaron a los gritos. Nicolás del Caño, Paula Penacca, Julia Strada y Agustín Rossi se agolparon debajo del estrado de Menem, interrumpiendo la sesión y exigiendo que se volviera a votar. Menem pidió continuar, pero los diputados se pararon y empezaron a aplaudir para que no se pudieran escuchar los homenajes de los primeros oradores

El riojano necesitaba apurar los tiempos, e intentó continuar igual. Había una cuentaregresiva impuesta por el cronograma de Casa Rosada, que apuesta a tener la sanción completa de la reforma laboral para cuando Javier Milei abra las sesiones ordinarias el domingo 1ero de marzo. Dado que el oficialismo había aceptado eliminar el artículo 44 del proyecto –que recortaba a la mitad las licencias médicas en caso de una accidentes por fuera de la actividad laboral–, la ley tendría que volver a girar al Senado, en donde se definiría si se aceptan o no las modificaciones.

Los tiempos corrían. Menem necesita enviar el proyecto aprobado a mesa de entrada antes del viernes para que el Senado pueda dictaminarlo mañana y, así, dejar pasar una semana hasta que se habilite llevarlo al recinto. Es decir el próximo viernes 27. 

“Se está pasando de vivo”, le espetó Cecilia Moreau, furiosa. El jefe de bloque, Germán Martínez, ironizaba a su lado: “El Gobierno está ofreciendo distintos packs. Un pack quórum, das quórum, te levantás y te vas. El pack quórum votación en general y después te hacés la crítica en la votación individual. El pack me opongo en general y después voto los artículos en general. Han ofrecido packs en concepto no sé de qué”, masculló, mirando a las bancadas aliadas del Gobierno. 

Finalmente, Menem logró ordenar la sesión, sometió la votación de modo nominal y la ganó. Hubo aplausos libertarios. El caos, sin embargo, sólo entró en pausa por unos minutos. Cuando Lisandro Almirón, miembro informante de LLA, tomó la palabra para defender la ley del Gobierno, los diputados del peronismo volvieron a comenzar a los gritos. ¿Por qué? Porque Almirón pidió leer todo su discurso, una excepcionalidad que solo se permite para unos pequeños tramos del discurso. Almirón, sin embargo, continuó leyendo, como si no pasara nada.

Negociaciones finales

La sesión, se calcula, tendrá una extensión de más de 10 horas. Y, pese a los intentos de Menem de apurar los tiempos, lo más probable es que se vote pasada la madrugada. En el oficialismo están confiados que tendrán el número para sancionar la reforma laboral –calculan que tendrán unos 140 votos a favor–, pero miran con atención otra cosa: la votación en particular.

El capítulo más complicado es el corazón del proyecto: el que crea el Fondo de Asistencia Laboral (FAL) con los fondos de la seguridad social. El peronismo, junto a un sector de Provincias Unidas, está trabajando para voltearlo en la votación en particular. Están a un puñado, pero las negras también juegan y el Gobierno, por lo bajo, está presionando a los gobernadores para que blinden el Título 2. 

Fue una sorpresa, por ejemplo, la ausencia de tres cordobeses que responden a Martín Llaryora: Alejandra Torres, Juan Schiaretti y Ignacio García Aresca. Cada uno adujo temas personales –una cuestión de salud o un viaje por Europa–, pero eran tres votos que iban a rechazar el FAL y en la oposición saltaron las alarmas: si no estaban era porque el Gobierno había presionado a Llaryora.

La traición es de los gobernadores”, lanzó, furioso, un diputado del peronismo. Fue la línea que imperó en la bancada peronista durante todo el debate: cuando arrancaron los discursos, gran parte de los diputados optaron por apuntar los dedos contra los misioneros, salteños y jujeños que habían dado el quórum. 

“Cómo le van a explicar a Güemes la traición que hicieron los salteños que dieron quórum. O los misioneros y los tucumanos. Y no estoy hablando de ningún salteño o catamarqueño de LLA. Porque eso es honestidad intelectual: ustedes quieren castigar al trabajador. Pero los peronistas tienen un mandato popular”, lanzó la diputada sindical Vanesa Siley, durante el debate.

“Mandato de chorear”, le respondieron en las filas libertarias. A lo que Siley, enojada, retrucó: “Los que se sentaron en el medio y dieron quórum, esos son los chorros”.

MCM