Opinión

El milagro de la representación

Panorama político

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La postal de la unidad y reconciliación en Ensenada se armó rápido porque esta vez ni Alberto Fernández ni Cristina Fernández de Kirchner estaban directamente involucrados en el cortocircuito que se adueñó de la agenda y no había razones para estirar el rencor en público. El viernes 30 de abril al mediodía, cuando comenzó a circular el dato sobre la renuncia de Federico Basualdo, el Presidente y la vicepresidenta estaban hablando por teléfono entre ellos, con la televisión encendida. Crease o no, cuando en pantalla apareció la alerta de C5N, los dos se dijeron sorprendidos y hasta alguno habló de fastidio con sus subordinados. Esta vez, a la familia ensamblada del Frente de Todos le resultó más sencillo hacer las paces en público, aunque nadie sabe hasta dónde aguanta el ejercicio de tolerancia interno. 

Más allá de la cita de Galtieri que hizo el cristinista Mario Secco, la vicepresidenta quedó conforme tanto con la composición como por el discurso del Presidente que pidió a propios y extraños que “saquen la foto de la unidad”. El silencio guionado de Cristina cerró el círculo porque le permitió dar el apoyo que quería y mostrar la postal de la confluencia con una economía de recursos envidiable. Ese mismo día, se la vio de buen humor en el Senado, con una agenda de lo más apretada.

La disputa abierta entre Martín Guzmán y La Cámpora por la continuidad de Basualdo en la subsecretaría de Energía Eléctrica y el aumento de tarifas puede acelerar una batalla interna que termine en bajas de uno y otro lado o puede funcionar como un susto que despabile al oficialismo de una resaca prolongada. Entre los ministros más importantes de Fernández reconocen que en el Frente de Todos existe una “tensión permanente” por la orientación de la política económica y por la relación con el amplio bloque opositor. Pero esa pulseada no sólo se libra en las alturas sino que atraviesa a la coalición de gobierno de arriba a abajo. Las diferencias, que existen y son profundas, se potencian con la disputa endógena de poder que se reedita por momentos, como en la fábula del escorpión y la rana. El contexto es el más inoportuno por el drama de los muertos que cada día cuenta Argentina y por la inminencia del invierno, que se abrirá paralelo a una campaña electoral en la que la clase política en su conjunto volverá a ponerse a prueba. 

En un movimiento que pretende ejecutar la autocrítica económica que el último cristinismo no hizo, Guzmán quiere avanzar este año con la reducción del déficit y recortar el sistema de subsidios pro-ricos que está vigente, pero choca con la vicepresidenta que encontró en Joe Biden una musa inesperada y quiere jugar a fondo para ganar las elecciones. La misma Cristina que sostuvo al discípulo de Joseph Stiglitz con elogios públicos y privados durante 2020 ahora habilita a sus leales para que impugnen las lecciones de ortodoxia que el ministro de Economía pretende dictar en plena campaña. No es solo Basualdo sino también el interventor del Enargas Federico Bernal, el bloque de senadores del PJ -que ahora pide usar los Derechos Especiales de Kristalina Georgieva para mitigar los impactos de la pandemia- y, el rival de mayor estatura, Axel Kicillof. A cargo de gestionar el bastión electoral del kirchnerismo, el gobernador bonaerense considera que es necesario inyectar más recursos en la economía, pero su distancia con Guzmán no se limita al presente. Cerca de la vicepresidenta admiten que Kicillof arrastra viejas discrepancias con Guzmán, lo que explica su defensa final de Basualdo en la charla con El Destape Radio: cuando lo estaban despidiendo, pidió extender la entrevista para declarar que Basualdo trabajó con él y es un excelente funcionario.

Con su defensa de la sostenibilidad fiscal que, según dice, no es de derecha, Guzmán discute los preceptos del último cristinismo de acuerdo a un esquema de mediano plazo que parece despreocuparse de la urgencia del presente. El contexto es muy otro: los salarios acumulan un derrumbe del 25% en los últimos tres años y la promesa de que le van a ganar a la inflación en ascenso parece de otro mundo. Lo que Guzmán no dice y el gobierno prefiere esconder es que ya existe un ajuste monumental en sueldos y jubilaciones que vienen perdiendo por goleada la carrera con los precios desde que asumió el Frente de Todos. Según la consultora ECO GO, en los últimos doce meses los ingresos de trabajadores y jubilados perdieron 10 puntos: aumentaron en promedio un 30% con una inflación que va al 40% interanual. Ni hablar del hachazo que vienen sufriendo los empleados estatales de manera ininterrumpida y sin perspectiva de mejora. Consciente de que la promesa de Guzmán se torna inviable, Cristina pide no aumentar tarifas, el último amortiguador que queda en pie ante la pulverización del salario. Lo que no se entiende es por qué no segmentar y dar de baja los subsidios a los sectores de mayores recursos. 

Tan cierto como que las restricciones vuelven a activar la emisión y las transferencias del Banco Central al Tesoro es que el peronismo logró desindexar el gasto con una licuación formidable de los ingresos. Ese cuadro es el que agrava la situación social, eleva los índices de pobreza y conspira al mismo tiempo contra el crecimiento. Seguir licuando abajo no resulta la mejor sugerencia en el año electoral y la cúpula de alianza da indicios de que se llegó a un límite. Con la ampliación de la Tarjeta Alimentar que anunció el viernes en Casa Rosada para las madres con hijos de hasta 14 años, el Presidente, Guzmán y Daniel Arroyo parecieron dar inicio a un período en el que se intentará reducir la pobreza y generar una sensación de alivio en los bolsillos de los más necesitados. Es una inversión adicional de 130 mil millones de pesos que, se supone, no será lo único que el gobierno destine a la campaña por su propia sobrevida.

Quienes conversaron con CFK en los últimos días aseguran que, más allá del frío que marca la relación con Guzmán desde que lo recibió en El Calafate, la vicepresidenta no quiere que el ministro de Economía vuelva a Columbia. Valora su honestidad, reconoce que es alguien que no trabaja para beneficiar a ninguna fracción del poder económico y sabe que no solo es el interlocutor privilegiado del Fondo. También del Papa Francisco, que en abril lo recibió 50 minutos en la Biblioteca Privada del mismo Palacio Apostólico Vaticano en la que suele distinguir a los jefes de Estado. Para el ministro que vuelve a remontar vuelo con Fernández rumbo a Europa, esa cita con Su Santidad fue el premio consuelo de una gira en la que no alcanzó su cercanía con el Premio Nobel George Akerlof para reunirse con su esposa, la secretaria del Tesoro de Biden, Janet Yellen. 

Si la declaración de Guzmán sobre los subsidios pro-ricos logra ser digerida como parte de la verdad polifónica que alienta con dificultad el Presidente, es posible que el debate siga abierto y el ministro subsista en su puesto por un tiempo más. El profesor de Columbia que reestructuró la deuda y evitó la devaluación a fin de año tiene otra fortaleza: su relevo no parece fácil ni sobran voluntarios, salvo el siempre dispuesto Martín Redrado, de quien se desconoce su nivel de heterodoxia en sangre. 

Tal vez se cumpla la regla que la vicepresidenta trazó el año pasado en una reunión en el Senado con dirigentes de los movimientos sociales, cuando les dijo: “Tensión y síntesis. Eso es el peronismo”. De lo contrario, el panperonismo volvería a cometer el mismo error que tanto le costó en los años de Macri, en especial al propio cristinismo.

Junto con más de 67 mil muertos, la pandemia provocó un efecto devastador sobre una economía hundida en la recesión y multiplicó el continente de heridos que perdieron el trabajo o vieron comprimidos sus ingresos. Eso explica que en conversaciones privadas el Presidente diga muchas veces que todo se le vuelve en contra. Pero el agobio cotidiano no puede omitir que hay datos que muestran a la fortuna del lado del gobierno. La escalada formidable de la soja, que pasó de U$S 341 dólares la tonelada en diciembre de 2019 a U$S 591 el viernes último, es un regalo del cielo para los Fernández y aumenta la recaudación del gobierno en el año electoral. También el maíz vuela y sube hasta los 300 dólares. Según los últimos datos de la Bolsa de Comercio de Rosario, las exportaciones del complejo agroindustrial pueden llegar a los US$ 33.613 millones en 2021, unos 10.000 millones de dólares más que en 2020. El gobierno tiene la oportunidad de recaudar U$S 8.600 millones por derechos de exportación, U$S 2.600 millones más que en el ciclo anterior, el 83% producto de la soja. Es el mayor monto desde la campaña 2011/12 y contradice la idea de que al peronismo todo le juega en contra, aunque precisa que el gobierno contenga la brecha y los sojeros dejen de apostar, otra vez, a una devaluación mayor.

A eso se suman los U$S 4350 millones de los Derechos Especiales de Giro que llegarán hacia septiembre y Guzmán quiere destinar a pagarle al Fondo, a contramano de lo que piden los senadores de Cristina. Queda pendiente la negociación con el organismo que dirige Georgieva y la posibilidad o no de que el “Nuevo Fondo” lleve a la práctica la autocrítica que algunos esbozan en privado con un nuevo programa que no implique reformas estructurales para la Argentina. Que los burócratas de Washington renuncien a su histórico recetario de ortodoxia sería una especie de milagro sólo concebible en las alturas vaticanas. 

Por lo pronto, el triunfo de Biden ya activó los DEG que la administración Trump vetaba y le dio a los Fernández la chance de ser hoy un interlocutor privilegiado de los demócratas en la región. El Presidente que no militó junto a Iván Duque y Jair Bolsonaro detrás de la versión mesiánica de los republicanos hoy se ve beneficiado por descarte. Otro golpe de suerte, producto de la pandemia que eyectó a Trump de la Casa Blanca. Las dos semanas de eclosión en Colombia actualizaron una de las credenciales que el Frente de Todos presentó de entrada en Washington como parte de su intento de presentarse como aliado confiable.

Contradictoria y dificultosa, la unidad aparece como una fortaleza no menor. Casi dos décadas después del estallido de 2001, el panperonismo oficia de subsistema de partidos y sus voceros más entusiastas sostienen que es una de las pocas fuerzas políticas que puede garantizar la estabilidad en un continente convulsionado. Con el 57% de los chicos bajo la línea de pobreza, una década de bajo crecimiento y tres años de caída libre, la legitimidad del sistema político en Argentina es “un milagro de la ciencia política”, según la definición de José Luis Manzano en el libro “El peronismo de Cristina”.

Hasta hoy fuera de duda aunque mañana no se sabe, la paciencia social es atribuida a distintas razones en el propio oficialismo. Para algunos, son las organizaciones que responden a la vicepresidenta las que funcionan como garantes de la paz, apalancadas sobre un importante operativo de contención de daños; para otros, es la estructura histórica del peronismo: el sindicalismo, los gobernadores, los intendentes. Fuera de la alianza gobernante, también Juntos por el Cambio cumple su papel de contención en sectores de lo más diversos que se identifican con las consignas de la coalición antiperonista. Sea lo que fuere, la polarización doméstica que genera cada día tanta energía improductiva parece venir acompañada por una contracara virtuosa: la sensación de que en Argentina, por convicción o rechazo al otro todos se sienten representados por alguien. Eso es precisamente lo que las elecciones de la pandemia pondrán a prueba como nunca. 

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