Opinión - Perdón que interrumpa

Ni Moncloa ni Moncada: un acuerdo para salir de la pobreza y que la economía crezca

Martin Rodríguez rojo Perdón que interrumpa

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Googleé “la Argentina necesita un pacto…” y el predictivo completó: “de sangre”. 

La Argentina no tuvo un Pacto de la Moncloa, pero tuvo la Multipartidaria. No tuvo un Pacto de la Moncloa, pero cuando los militares se sublevaron Alfonsín tuvo a Cafiero, Manzano y Ubaldini a sus espaldas. No tuvo un Pacto de la Moncloa, pero en 1999 nadie tocaba el 1 a 1 y ganó la oposición a Menem que era quién más prometía sostenerlo. Parafraseando al inmenso Machado: se hacen acuerdos al andar. 

La Moncloa vive como metáfora. Andrés Malamud lo piensa como marca. Dice: “En Argentina se usa birome para bolígrafo, gillette para hoja de afeitar y Moncloa para pacto. Son marcas que se usan como genéricos. Cuando Argentina te parte la cabeza no pedís ácido acetilsalicílico y un acuerdo de unidad nacional, pedís dos aspirinas y una Moncloa”.

Pero a los argentinos nos gusta más pedir la ceremonia del acuerdo que hacerla. Tan así que el que se hizo y firmó a la luz tuvo pésima prensa: el Pacto de Olivos. Dio lugar a una nueva Constitución, pero tardó años en despegarse de su barro de la Historia: la prédica de que sólo sirvió para la reelección de Menem. Alfonsín pagó un precio caro por su firma. Fuego de noche nieve de día: se nos babea la boca pidiendo el acuerdo, pero en la mesa de luz tenemos a Carl Schmitt.

La cuenta es fácil: si los gobiernos débiles son los que piden acuerdos, el único acuerdo que se podría dar en Argentina es el que pida un gobierno fuerte. No uno contra las cuerdas. Ahora el gobierno se ampara en un contexto indisimulable que ya no puede sólo endilgar a la “herencia” o la pandemia. Pobreza e inflación. Lo lógico será que para la oposición el llamado al acuerdo será -si se repite el resultado de septiembre- un manotazo de ahogado para un acuerdo de gobernabilidad, y de cara al FMI. El mundo no peronista piensa: les toca hacer el ajuste a ellos. Ni Consenso de Washington ni viento de cola y boom de los commodities los salvan esta vez. Lo que se preguntaba Ignacio Fidanza al principio del gobierno de Alberto: ¿cómo será un peronismo sin plata? Peronismo piel y hueso. 

El periodista Tomás Di Pietro, desde Barcelona (donde vive hace años), pone en contexto la argentinizada palabra Moncloa: “En la España de 1977 había objetivos comunes (dejar atrás la dictadura y la crisis), intereses intercambiables (todos tenían con qué negociar), existía una voluntad real de acuerdo (consolidar la democracia) y un lugar común al que llegar: Europa. Esa Europa que fue brújula y destino para España desde la muerte de Franco en el 75 y hasta que lo consiguió en el 85. Los pactos de la Moncloa pueden ser interpretados como un gran gesto de responsabilidad dirigencial, de generosidad o de grandeza. Pero no puede obviarse que se daban en ese momento todas las condiciones.” 

Dice Di Pietro, entonces, que para este clima argentino, “si el objetivo es compartir el precio de un ajuste no es incentivo suficiente”. Redondea: “En aquella España había consenso respecto a lo que se tenía que hacer, cuáles eran los objetivos y entonces así se pudo llegar a un acuerdo común. No se puede pactar en la incertidumbre. Los pactos de Estado no son solo un espíritu dialoguista y voluntarismo. Hace falta además que la Historia toque la flauta. Y que la sociedad acompañe el diagnóstico.”

¿Toca la flauta la Historia? El que tocaba la flauta era Nito Mestre, quien fue el que hizo dupla con Charly, y sobre Charly, en estos días de festejos, Ernesto Semán escribió: “El 15 de diciembre de 1983 la democracia tenía cinco días de vida y García se interrumpía extemporáneamente a sí mismo en medio del recital de Clics Modernos para hacer una serie de bromas sobre aquello que ni siquiera sabíamos de qué se trataba. ‘Ahora todos dicen que soy un genio, ¡qué bueno! El año pasado no decían eso. ¿Será porque vine de New York? ¿Será porque me pinto los ojos? ¿Porque me visto de blanco? Ah, ¡ya sé porqué es, sí, ahora sé! No hay que salir de gira al interior.’ Y un segundo después, ‘El fútbol es como el rock pero peor ahora, ya no existe más, Racing se va al descenso, la gente se mata, cuchillos’, y sobreactuando un acento castizo, ‘Estamos en democracia, ¿qué es lo que quieren?’”. Semán escucha ahí ese casete gastado, el del pedido del acuerdo, pero sin subtítulos. Sigue: “¿Por qué carajos García se reía de los españoles hablando de democracia? Andá a saber. Él siguió con el recital, con un sonido que era distinto a todo, el de Clics Modernos, robado de afuera y de adelante, nunca del presente. La banda de sonido de aquellos meses utópicos debe haber sido infumable para él. La banda de sonido de la transicioncita dentro de la transición eran las loas al Pacto de la Moncloa y el monólogo autocelebratorio de José Sacristán en Solos en la Madrugada: ‘No podemos pasarnos otros cuarenta años hablando de los 40 años’. ¿Cómo sería una historia de la transición democrática si corriéramos su inicio apenas cinco días y no más de seis cuadras, del 10 de diciembre en la plaza, al 15 en el Luna?”. Así cierra Semán. 

La política argentina no puede seguir sin mostrar resultados. ¿Hay ejemplos de acuerdos? Hay ejemplos de acuerdos a los ponchazos, construidos en el tiempo. El Mercosur, el acuerdo de juzgar delitos de lesa humanidad, el acuerdo de una política social (AUH), son acuerdos. Son acuerdos que funcionan porque existen, porque tienen el consenso encima pero no porque estén grabados en protocolos. No es que en Argentina no hubo nunca voluntad de acuerdo, sino que no hubo ni hay voluntad de protocolizar el acuerdo. Se hace sin solemnidad. Se sedimentan. Recordemos: El Padrino, a su hijo Michael, le dice que el que le pida la reunión es el traidor. Acá, el que pide el acuerdo es el que tiene la papa en el fuego. La oposición tiene una salida fácil: patear al Congreso lo que haya que discutir, el ámbito natural. Los polos extremos de cada coalición tiran más que una yunta de bueyes. Muchos dicen que no hay acuerdo si no se sientan en definitiva Cristina y Macri. Al “acuerdo de moderados” se lo morfan las águilas. Los polos hacen trotskismo: toman listas de quiénes van o no a marchas, de quiénes votan a o no leyes, auditan sus fuerzas. En estos días Massa insistió en poner sobre la mesa la necesidad de un acuerdo.   

Lo cierto es que los años de la grieta están vencidos. El “conflicto” alimenta ríos de tinta pero no bocas. Con esta cantidad de pobres, celebrar medidas políticas por su “raíz ideológica” (expropiaciones, controles de precios) pero desvinculando sus resultados reales suena a lujo. El juicio final de cada gobierno no es sólo su “norte ideológico” sino su capacidad de hacer crecer la economía y bajar la pobreza. Ideas y resultados.

Alberto Fernández hasta acá quiso hacer algo sin precedentes en la vida política: una presidencia sin liderazgo. La gobernabilidad del peronismo primero, para la gobernabilidad del país después. Pero el vaciamiento de votos demuestra que los momentos virtuosos del peronismo son cuando hay un peronismo para la Argentina y no una Argentina para el peronismo. En algunas cosas fue un prescindente (hacer un kirchnerismo anticipatorio para que no se lo pidan como Vicentín mezclado con una vocación de avenida de la nada con iniciativas como la Mesa del Hambre). No hay presidencias sin misión histórica. La política del desacuerdo nos convierte en un país de gobiernos bloqueados, con triunfos pírricos muy cada tanto. Los números (los de la pobreza, los de la inflación, los electorales) son contundentes: no se trata más de quien tiene “la razón”. Con la razón no se come, ni se cura, ni se educa.

MR

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